Embajada de la República de Cuba en la República Bolivariana de Venezuela

Bruno Rodríguez Parrilla

Cuba en la ONU: “La manera en que enfrentemos el cambio climático hoy, tendrá un efecto directo sobre las perspectivas de desarrollo de una gran parte de la humanidad”

Puntos principales de la intervención del Ministro de Relaciones Exteriores de la República de Cuba en las Mesas Redondas interactivas de la sesión de alto nivel de la Asamblea General de Naciones Unidas sobre Cambio Climático. Nueva York, 22 de septiembre de 2009

Es indispensable finalizar un acuerdo sobre cambio climático en Copenhague, durante la 15 Conferencia de las Partes de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre Cambio Climático.

La evidencia aportada por la ciencia es inobjetable y la constatación práctica es abrumadora. Diez de los últimos doce años fueron los más calurosos. Continúa disminuyendo el grosor del hielo ártico. Se retraen los glaciares. Sube el nivel del mar y aumenta la frecuencia e intensidad de los ciclones. Se ha alterado el régimen de lluvias. La capa de ozono se ha debilitado. Se han perdido otros 100 millones de hectáreas de bosque. Los desiertos han crecido. Un 30 por ciento de las especies desaparecerá si la temperatura global se incrementa entre 1.5 y 2.5 grados centígrados. Pequeños estados insulares corren el riesgo de desaparecer bajo las aguas.

La temperaturas promedio han crecido en 0.8 grados centígrados desde 1980, según el Instituto para Estudios Espaciales de la NASA. El ritmo de calentamiento está creciendo. Las últimas dos décadas del siglo 20 fueron las más calurosas de los últimos 400 años y posiblemente las más calurosas de varios milenios. Según el Panel Intergubernamental de la ONU sobre el Cambio Climático, 11 de los últimos 12 años están dentro de la docena de años más calurosos desde 1850. Las temperaturas promedio en Alaska, el oeste canadiense y el este de Rusia han subido a un ritmo al doble del promedio mundial, según el Análisis del Impacto Climático llevado a cabo entre el 200 y el 2004. El hielo del Ártico está desapareciendo rápidamente, y la región puede experimentar su primer verano completamente libre de hielo tan pronto como en el 2040. Ya los osos polares y las comunidades indígenas de la zona están sufriendo por la pérdida del hielo.

Las actuales concentraciones han alcanzado el equivalente de 380 partes por millón (ppm) de dióxido de carbono, cifra que supera el rango natural de los últimos 650 mil años. En el transcurso del siglo XXI o algo más, el promedio de la temperatura mundial podría aumentar en más de 5 grados C. Para poner esa cifra en contexto, se trata del equivalente al cambio de temperatura ocurrido desde la última era glacial, una era durante la cual gran parte de Europa y América del Norte se encontraba cubierta por más de un kilómetro de hielo.

Las concentraciones en aumento de dióxido de carbono, junto con otros gases de efecto invernadero, han levantado ya la temperatura media global 0.8 grados centígrados y más de dos tercios de este aumento provenía de los años 80. Este calentamiento está afectando ya a los sistemas naturales de todo el mundo: los científicos climáticos han documentado tendencias de más olas de calor, sequías más largas ymás intensas, un nivel del mar más alto, situaciones de altas lluvias más frecuentes y huracanes más fuertes.

La falta de una acción internacional clara y decidida para mitigar el cambio climático amenaza con socavar las esperanzas de generaciones enteras para erradicar la pobreza y alcanzar niveles adecuados de salud, nutrición y educación.

La manera en que enfrentemos el cambio climático hoy, tendrá un efecto directo sobre las perspectivas de desarrollo de una gran parte de la humanidad. El fracaso en concebir un acuerdo ambicioso, justo y balanceado, destinará al 40 por ciento más pobre de la población mundial, unos dos mil 600 millones de personas, a un futuro con muy escasas oportunidades, exacerbará las profundas desigualdades existentes entre las naciones desarrolladas y en desarrollo, y socavará los esfuerzos por alcanzar un sistema mundial más inclusivo.

Los países desarrollados deben aceptar claramente que, tanto por el impacto de sus emisiones históricas como actuales, son los responsables del cambio climático. Ellos concentran una mayoría abrumadora de las emisiones de gases de efecto invernadero atrapados en la atmósfera, mientras que los países en desarrollo son quienes pagarán el precio más alto por los efectos de este fenómeno global.

Las estrategias de mitigación (reducción y absorción de las emisiones de gases de efecto invernadero) y adaptación (disminución de la vulnerabilidad ante el impacto del cambio climático) no serían efectivas si no cambian los patrones insostenibles de producción y consumo de las sociedades opulentas que son las responsables fundamentales del daño ambiental en todo el planeta.

El 76% de las emisiones acumuladas de gases de efecto invernadero se han originado en los países industrializados y estas crecieron un 12% entre 1990 y 2003. Las emisiones de Estados Unidos aumentaron un 20%. Son los países ricos los responsables de asumir el peso de la mitigación. Deben cumplir los exiguos compromisos del Protocolo de Kyoto y fijarse objetivos más ambiciosos.

Un estadounidense consume como promedio 25 barriles de petróleo anuales, un europeo 11, un chino menos de 2 y un latinoamericano o caribeño menos de 1.

Nuevas guerras no evitarán que el petróleo se acabe.

Cerca de 1 000 millones de ciudadanos del primer mundo derrochan alrededor de la mitad de la energía del planeta mientras que 2 000 millones de pobres carecen de electricidad. Treinta países, incluidos los de la Unión Europea, consumen el 80% del combustible que se produce.

Es necesario un cambio radical en el uso de la energía hacia la disminución del consumo por parte de los países por los países desarrollados. Deben hacerlo los gobiernos porque el mercado no lo hará.

El acuerdo de Copenhague debe reflejar claramente la responsabilidad de los países desarrollados, partes y no partes en el Protocolo de Kyoto, mediante compromisos reales de reducción de sus emisiones en las propias fuentes. Para comenzar a tomarlos seriamente, dichos compromisos no deben ser inferiores a una reducción del 45 por ciento respecto de los niveles de 1990 para el año 2020. Sin embargo, no es esa la determinación que se percibe en las actuales negociaciones

Las eventuales metas de reducción de emisiones que algunos de los principales países desarrollados han anunciado que estarían dispuestos a considerar, incluido los Estados Unidos, que con tan solo el 4,6 por ciento de la población mundial concentra el 20 por ciento de las emisiones globales, se distancian abruptamente del rango necesario que permitiría estabilizar el incremento de la temperatura del planeta en un nivel que impida una catástrofe irreversible.

En adición, las cifras hasta ahora anticipadas no sólo están condicionadas a una mayor apertura en los mecanismos de flexibilización del Protocolo de Kyoto, sino también a mayores compromisos por parte de los países en desarrollo. La intención de modificar el año base de referencia validado por la comunidad científica, la Convención y el Protocolo, significaría, además, condonarle a esos países todo el incremento que experimentaron sus emisiones entre los años 1990 y 2006. Este curso es inaceptable y representa un serio obstáculo para el avance de las negociaciones.

La situación no es diferente en cuanto a las discusiones sobre finanzas y transferencia de tecnologías, incluido el tratamiento de los derechos de propiedad intelectual, cuestiones todas esenciales para una participación de los países en desarrollo en un acuerdo de cooperación a largo plazo para combatir el cambio climático.

Dicho acuerdo, que no puede significar un obstáculo adicional para el desarrollo de los países en desarrollo, debe contemplar un fuerte esquema de financiación pública nueva y adicional para asistir a estos países en sus acciones de mitigación y adaptación al cambio climático. Según algunos cálculos, sólo con fines de adaptación podría requerirse hasta el año 2015 alrededor de 86 mil millones de dólares en financiamiento nuevo y adicional. Ello tan solo representa una décima parte de lo que los países desarrollados destinan al gasto militar.

Hay recursos suficientes para ello:

¿Por qué no se usa una pequeña parte de los dos millones de millones destinados a salvar bancos y empresas especuladoras?
¿Por qué no se cumple el compromiso del 0,7% del PIB en Ayuda Oficial al Desarrollo que permitiría adicionar 141 mil millones de dólares a los montos actuales?
¿Por qué no se condona la deuda, pagada ya más de una vez, cuyo servicio significa 400 mil millones de dólares anuales que se sustraen al desarrollo?
¿Por qué no se eliminan los 300 mil millones de subsidios agrícolas anuales en los países desarrollados y se invierten en la seguridad alimentaria, en la reducción de la pobreza rural y en asegurar precios justos a nuestros productos de exportación?
¿Por qué se sustraen recursos humanos calificados a los países pobres en vez de contribuir a la formación de estos?

Es egoísta, inmoral e inefectivo comprar a los países pobres sus certificados de reducción de emisiones de gases de efecto invernadero o, incluso, tratar de establecer cuotas, en vez de contribuir a su desarrollo económico y social.

De igual modo, los derechos de propiedad intelectual constituyen una barrera real para la transferencia y acceso de los países en desarrollo a las tecnologías existentes y futuras viables para mitigar y adaptarse al cambio climático. Un marco de cooperación a largo plazo también debe incorporar medidas efectivas para responder a esta limitación.

Necesitamos un mecanismo de transferencia expedita de tecnologías limpias en condiciones preferenciales hacia los países en desarrollo, con prioridad en los pequeños estados insulares y los países menos adelantados; la asignación de recursos nuevos y adicionales y un mecanismo de apoyo financiero para la implementación de acciones de adaptación.

El logro de un acuerdo justo y balanceado en Copenhague es todavía posible, si encaramos el proceso de negociación con una nueva actitud política. Permitir la perpetuación del egoísmo y la irresponsabilidad es ética y políticamente inaceptable. La batalla contra el cambio climático puede y debe ser ganada. No esperemos a que sea demasiado tarde.

En un discurso de 1992, el Presidente Fidel Castro señaló: “… una importante especie biológica está en riesgo de desaparecer por la rápida y progresiva liquidación de sus condiciones naturales de vida: el hombre (…) la solución no puede ser impedir el desarrollo a los que más lo necesitan (…) si se quiere salvar a la humanidad de esa autodestrucción, hay que distribuir mejor las riquezas y las tecnologías disponibles en el planeta. Menos lujo y menos despilfarro en unos pocos países para que haya menos pobreza y menos hambre en gran parte de la Tierra”.

Cuba ha podido hacerlo mediante la sustitución de 9,5 millones de bombillos y más de 3 millones de equipos electrodomésticos de alto consumo. Ello ha significado una disminución de la máxima demanda de más de 360 MW, lo que equivale a ahorrarnos inversiones por valor de casi 400 millones de dólares. En adición, se han dejado de quemar 680 mil toneladas de combustible anualmente, lo que significa dejar de emitir a la atmósfera 1 millón 210 mil toneladas de CO2 por año.

Con la instalación, en apenas dos años, de grupos electrógenos de alta calidad y eficiencia, en un sistema de generación distribuida, nuestro país ha incrementado en 2 103 megawatt, un 66%, su capacidad de generación, todo ello con mucha mayor eficiencia en la generación y una reducción de las pérdidas de transmisión.

Se trabaja intensamente, además, en el desarrollo de fuentes renovables de energía.

La población mundial aumenta más rápidamente que la producción de alimentos. La iniciativa del Presidente Bush de convertir alimentos en combustibles, en un mundo donde hay 850 millones de hambrientos, es criminal. Sus efectos se aprecian ya de manera devastadora en los crecientes precios de los alimentos. En el caso del trigo, el incremento es de dos veces y media del precio del 2005; en el del maíz y la soya del doble, y en el de la leche de 2,3 veces. Por cada punto porcentual, la desnutrición alcanza a 16 millones de seres humanos.

Este orden mundial insostenible ha dejado a 2 500 millones de seres humanos en la pobreza, a 1 100 millones de personas sin agua potable, a 2 600 millones sin servicios de saneamiento; ha producido más de 800 millones de analfabetos, más de 115 millones de niños sin escuela primaria. Un tercio de las personas con VIH/SIDA no recibe tratamiento regular, en África dos de cada tres carecen totalmente de antirretrovirales. Las llamadas Metas del Milenio son una quimera.

El mundo invierte en gastos militares más de un millón de millones de dólares y en publicidad comercial otro millón de millones. En drogas ilícitas se dilapida medio millón de millones. Se gasta en cosméticos 123 mil millones y en alimentos de animales afectivos 17 mil millones de dólares.

La mitad de la población del planeta dispone del 1% de la riqueza, mientras que el 1% más rico de la población mundial consume el 40%.

(Tomado de CubaMINREX)

Tomado de Cubadebate

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