Embajada de la República de Cuba en la República Bolivariana de Venezuela

Bailes

Con la desbordante energía caribeña al cubano le es afín el movimiento como expresión de alegría, plenitud y felicidad.

La historia recoge desde el descubrimiento de Cuba en 1492, expresiones del Almirante Cristóbal Colón, quien dijo ver los cuerpos desnudos o semidesnudos de los aborígenes, quienes danzaban al compás de un auténtico baile nombrado areíto, el mismo que algunos diccionarios no se encargan de recoger, aun cuando Colón dio fe de ello en sus crónicas de viaje.

Más tarde, cuando exterminaron a los indios y trajeron a los negros africanos, el oído del español conoció los primeros toques del tambor, y vio alucinado el rítmico movimiento de los hombres y mujeres de la lejana Africa.

La vocación por el baile de los cubanos de HOY tiene una herencia indígena, africana, y española que se fusiona a la cultura cubana con el propio arraigo de la música, para añadir un sabor más al ajiaco de la identidad nacional.

Durante el siglo XIX las influencias europeas marcaron la música, y el baile adquirió connotación de popular cubano en las modalidades de la habanera, la danza, el danzón y la criolla. Mientras se asimilaban elementos de ascendencia africana, como los instrumentos de percusión.

Tendencias clasistas quisieron separar el baile por orígenes y etnias, dividiéndolos en los de salón y los de solar, de los grandes casinos o las cuarterías, el bailado en las sociedades para blancos y en las sociedades para negros y mestizos.

En la seudorrepública crearon el carné de baile, en el que la muchacha anotaba cada pieza bailada y el nombre del compañero.

El propio hecho de bailar danzón en un solo ladrillito y ser al mismo tiempo un ritmo que requiere de un vestir elegante (guayabera o traje), dice desde su concepción cuánto tiene de nuestras autóctonas raíces, pues resulta innegable que lo bello se une a lo cadencioso.

Con el afán de rescatar el baile nacional a lo largo del país proliferaron grupos de danzoneros, quienes han mantenido la tradición de hermosura y la autenticidad de esa música surgida en Matanzas hace casi dos siglos. Pero que, pese a su añejamiento, aún involucra a muchos jóvenes.

Bailes hay muchos, y habrá mientras existan bailadores que gusten del mambo, de la rumba, del guaguancó, cha cha chá o de una conga, esa que estremece la tierra primero y luego los pies, entonces el corazón late y el cuerpo se mueve, el repicar de las cornetas entra en una, y hay que irse tras esa multitud de polvo, sudor y movimiento.

Porque quien resista impasible ese u otro ritmo, sin mover un átomo de sí, entonces realmente no es de este país tan bailador como lo califica García Márquez, y de seguro, tampoco es cubano.

Miguel Failde, creador del baile nacional

Como todo arte verdadero, el danzón prueba su trascendencia en el arraigo popular en Cuba. Se conserva vivo, no sólo en la memoria de los mayores, sino también en fiestas, salones de baile y hogares.

Miguel Faílde Pérez, un mulato nacido el 23 de diciembre de 1852 en la ciudad de Matanzas, 100 kilómetros al este de Ciudad de La Habana, fue el creador del danzón, quien lo estrenó en 1879 en el Liceo de su urbe natal.

Acerca del surgimiento del baile nacional cubano, el propio Faílde expresó que se bailaba por aquel tiempo en Matanzas un baile de cuadros que llevaba el mismo nombre de danzón. Este baile lo formaban hasta veinte parejas provistas de arcos y ramos de flores. Era realmente un baile de figuras y sus movimientos se ajustaban al compás de la Habanera, que es el compás verdadero que debe dársele al danzón.

El que dirigía este baile de figuras invitó a Faílde para que escribiera una música ad hoc, pues hasta entonces las parejas ejecutaban las figuras cantando a viva voz. Y al escribir esa música se le ocurrió la idea del baile que hoy se llama danzón. Gustó a todo el mundo, tanto a los músicos como a los bailadores, y se hizo popular en muy corto tiempo.

Las Alturas de Simpson se nombró el primer danzón, del cual el maestro Jorge Anckermann realizó una especial adaptación, basándose en originales escritos por Faílde, cuya orquesta, lógicamente, no alcanzó la época de grabaciones.

Dando continuidad a la obra de Miguel Faílde, muchos han sido los cultivadores y aplaudidos maestros de la música que hicieron aportaciones de valor al danzón y contribuyeron a su difusión. Entre estos artistas están Antonio María Romeu, Cheo Belén Puig, Orestes López, Antonio Arcaño, Rodrigo Prats, Abelardito Valdés, Joseíto Valdés y Armando Valdés Torres.