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¡Aquí está, compadre!

Chávez sigue siendo sencillo y accesible como en vida. En el Cuartel de la Montaña, donde fue «sembrado» su cuerpo, se le rinden honores militares permanentes, con la solemnidad que le corresponde como Presidente fallecido en ejercicio, pero las personas pueden tocar su tumba, llorar, reflexionar sobre ella. Reírse, cantar. Solo son interrumpidas —apuradas— por quienes vienen detrás y exigen su espacio.

La mitología ya rodea al Comandante Hugo Chávez. Se dice que él mismo dijo que fuera así. No puede asegurarse. Pero conociendo cómo fue, debe estar muy alegre de que ocurra.

Era un hombre aferrado a la vida. Quería vivir. Hasta el último momento lo deseó, según cuentan quienes lo acompañaron en el final de su estancia física.

Mas si algo hubiera añorado, en caso de fallecer, era seguir cerca. Estar a la mano de los «pata en suelo», «los desdentados», los «merienda de negro» y demás descalificativos que la oligarquía siempre ha empleado contra su gente, el pueblo que tanto amó y al que le dio lo mejor de sí: sus grandes energías positivas, su entusiasmo siempre juvenil, su salud, su vida.

El Cuartel está a la vista de la parte vieja de Caracas, en la altura que muchos ahora le dicen Colina de Chávez.

Todos los días, a las 4:25 de la tarde —hora exacta en que falleció el Comandante Presidente el pasado 5 de marzo—, se hace más cercano, cuando un cañón de montaña del siglo XIX, que el propio Líder Bolivariano mandó a reparar hace algunos años, dispara una bala de salva.

El estallido ocurre a unos metros de la tumba, sale en dirección exacta al Balcón del Pueblo del Palacio de Miraflores, desde donde en las mañanas, al abrir su despacho, se tomaba una taza de café mirando hacia la colina.

Es probable que, al salir al balcón con su taza de café, el Cuartel de la Montaña fuera inspiración. Desde allí dirigió la rebelión cívico-militar del 4 de febrero de 1992, el «pequeño motor» que dio inicio a la Revolución Bolivariana.

También es posible que más de una vez recitara desde allí Por aquí pasó, uno de sus poemas preferidos, y que su autor, otro hijo de Barinas, Alberto Arvelo Torrealba, dedicó a Simón Bolívar. Por aquí pasó, compadre,/ hacia aquellos montes lejos./ Aquí va su estampa sola;/ grave perfil aguileño,/ arzón de cuero tostado,/ tordillo de bravo pecho./ De bandera va su capa,/ su caballo de puntero,/ baquiano, volando rumbos,/ artista, labrando pueblos,/ hombre, retoñando patrias,/ picando glorias, tropero.

JR

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