Embajada de la República de Cuba en la República Bolivariana de Venezuela

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Al final de las aguas

Guasdualito

GUASDUALITO, Apure, Venezuela.—To­­­­do libro tiene, en pocas páginas, sus giros trascendentales. El buen lector pasa por ellas con olfato de quien anda sobre un capítulo selecto, vive el clímax, pero se deja llevar hasta el final; que es cuando para, se vira y reconoce la dimensión real del episodio.

Cuba y los cubanos llevan años escribiendo un libro en Venezuela. Su trama tiene los nombres incontables de quienes ya estuvieron y de los que hoy están; de aquellos que vinieron sin pretensión de proezas memorables, sino a darse aquí como lo hicieran diariamente allá, a servir a los otros, a curar, a enseñar, a edificar.

Por eso la historia de los cubanos en la patria de Bolívar se va escribiendo de a poco, en líneas sencillas que cuentan los pasajes cotidianos de la solidaridad. Sin embargo, a ratos se nos dan pruebas que nadie busca ni provoca, pero que al final le pulsan la solidez a la hermandad.

Las aguas que inundaron Guasdualito fueron de todas, la más reciente prueba. A tenor de la emergencia, ninguno de los médicos llamados vaciló en responder, y aquí vinieron enseguida de otros lares, y estuvieron hasta ahora sin medir condiciones, estrechez, ni peligros.

Llegaron cuando las calles aún simulaban los ríos, y las casas sumergidas en lodo y agua estancada les declaraban los riesgos; las gentes en los tejados, en tiendas improvisadas sobre el lomo de las carreteras altas, niños y adultos descalzos hundidos hasta la cintura, sin percepción del peligro por la enfermedad latente o el veneno de la culebra abundante.

Los buses que llegaron, entraron a este pueblo con los ojos curiosos pegados a las ventanas, luego de una ruta larga, de lla­­­­­nos interminables anegados por los ríos desbordados, de los caimanes pequeños tendidos sobre el asfalto.

Asombraba y admiraba tanta juventud ve­nida, la mayoría con menos de 30 años; mu­chachos y muchachas de presencia elegante, como corresponde a la edad hermosa de la mocedad, pero aún más imponentes y gallardos cuando se les veía en el terreno la enorme seguridad.

Vestidos de batas blancas, otros con las mangas verdes, la gente de Guasdualito vio en ellos desandar por su pueblo a la esperanza.

Nunca tanto médico navegó sus calles todavía inundadas en busca de sus pacientes, ni atreverse en el fango para peinar cada casa, examinando al niño, preguntando a la madre, medicando a la abuela, aconsejando al padre acerca de las providencias sanitarias.

Fueron días incesantes de pesquisas, de atención en los refugios, en tiendas de campaña, algunos en los salones y en las consultas de guardia. No era el ritmo cotidiano, lo sabían, pero la urgencia estaba declarada en­tre la presión del tiempo y los riesgos tremendos de los animales muertos, las aguas putrefactas, las personas descalzas y las ca­sas anegadas.

Al menos en la apariencia, los que volvían en la tarde no eran los de las mañanas. Fueron jornadas enteras de soles en los hombros, de caras coloradas, de batas sudorosas, de ropas enfangadas que llegaban, casi con el ocaso, a los lugares en que se apretaban.

En las noches eran ellos y el cansancio, pero también las historias que contaban: Elizabeth de terreno en la canoa, Yoel sobre el estribo de un jeep por todo el fango, las trillizas que vio Néstor el pediatra, el bebé que Lisbet recibió en brazos, o las consultas a los indios del río Arauca.

Las aguas ya bajaron. Nadie murió. No hay epidemias mortales ni enfermos abandonados. Los médicos cubanos que vinieron de otros lares se van yendo. Quedan allí los del pueblo. Guasdualito ya está a salvo.

Mañana, cuando nadie se acuerde de los nombres, en este rincón del Alto Apure alguien dirá que una vez hubo aguas, “un río terrible que nos tapó todo el pueblo, pero ¡Gracias a Dios!, no fue más nada”.

En la Isla del Caribe nadie reclamará. Los doctores muchachos serán padres y madres de familias, médicos eminentes, hacedores de bien.

Para entonces, el libro de Venezuela habrá crecido en sus páginas, pero la gratitud aún guardará este capítulo con la esquina doblada.

A orillas del Arauca, alguien completará la invoca­ción: “… y a los cubanos, a los cubanos también”.

Dilbert Reyes (Granma)

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