Embajada de la República de Cuba en la República Bolivariana de Venezuela

Noticias

Al paso del Comandante

Cuando Julia Pereira, con su nieta entre los brazos, abrió la puerta de la casa, se dio de pronto con el hombre de piel cobriza y cabellos ensortijados que venía al volante del auto color negro, y quien al bajarse le tendió la mirada y el saludo.

chavez en cuba

“Epa, pues, déjame cargar la carajita”.

“Dios mío, pero si es el presidente Chávez” exclamó la mujer y el hombre de la camisa roja le cortó la sorpresa con su sonrisa franca, al tiempo que comenzó a arrullar a la infante de seis meses de nacida.

La acunó en su pecho y luego entonó la canción pueril con su dejo folclórico llanero: “Duérmete María, duérmete mi amor”.

Segundos después la avenida Marcelo Salado, en Remedios Villa Clara, se colmó de gente gozosa que emprendió a gritar: “¡Qué viva Chá-vez!, ¡qué viva Chávez!”, y el presidente bolivariano, al saberse identificado, corrigió en su voz el vitoreo:

“Qué viva Fidel, qué viva Fidel”.

Esto ocurrió el 26 de diciembre del 2009 cuando el mandatario venezolano Hugo Rafael Chávez Frías y su familia regresaban de visitar la cayería norte de Caibarién. Dagoberto, un vecino de la cuadra, y Florencio, el hermano de Julia, discrepan del tiempo transcurrido, “pues si ya hubieran pasado casi cinco años no se recordaría con tanta nitidez”.

“A nosotros nos desgarró la noticia de su muerte”, dicen con los rostros compungidos los vecinos remedianos testigos del paso del Coman-dante. Luego dan otro vuelco a la expresión:

“Él de seguro va a pasar de nuevo por aquí y volverá a alzar en sus brazos al niño Frank Abel, a quien la madre le puso el nombre glorioso que llenó de entusiasmo al presidente”.

Dice Sonia, la hija de Julia, que Chávez usó este ardid para que lo dejaran marchar:

“Me tengo que ir, pues el Comandante Fidel me está esperando”.

Alayo, de la seguridad personal, descubre hoy, desde su silencio militar, que respiró aliviado aquella tarde cuando el auto de color negro enfiló hacia Santa Clara, mas súbitamente en el kilómetro 14 de la carretera de Remedios, el presidente giró hacia la otra cuneta y penetró en el patio de Mariela Hernández, muchacha de rostro hermoso dispuesta a tender en un cordel del patio su ropa lavada.

“Cuando lo vi parado en la sala de mi casa me quedé muda. Él me abrazó y me dijo: ‘Permítame, pues, que María y mi nieta entren al baño. Luego le propuso a la otra hija que se bajara y esta le contestó: “Papá, es que el niño está dormido’”.

“Yo le dije: Tengo dos hijos: Laurin y Ángel Ernesto y mi esposo Rolando trabaja en la empresa ganadera. En la media hora que estuvo aquí se presentó como un hombre muy simpático y afectuoso. Me hizo preguntas de todo tipo sobre mis hijos y mi familia.

“Al otro día cuando los niños hicieron el cuento en la escuela, sus compañeros sonrieron incrédulos. No fue hasta que llegaron las fotografías que todo el mundo nos creyó”.

La casa rural de mampostería, pintada de color azul, tiene una entrada lateral que escoltan dos hileras de palmas enanas reverdecidas que semejan estar dándole la bienvenida eterna al presidente.

Hacer un comentario.

Nombre

Correo

Los comentarios expresados en esta página sólo representan la opinión de las personas que los emiten.

Este sitio no se hace responsable por los mismos y se reserva el derecho de publicación. Aquellos comentarios que sean denigrantes, ofensivos, difamatorios, que estén fuera de contexto y/o que atenten contra la dignidad de una persona o grupo social, este sitio se reservará el derecho de su publicación. Recuerde ser breve y conciso en sus planteamientos.

Comentario