Embajada de la República de Cuba en la República Bolivariana de Venezuela

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De barrio en barrio un solo corazón

Lisandra Noa Rivero agradece a las revoluciones cubana y venezolana el vivir una experiencia histórica. Foto: José M. Correa

Casi todos aún andan por la mocedad veinteañera. Se les ve por los empinados cerros citadinos, laberinto de callejuelas y casitas de bloques de arcilla roja. Por los populosos barrios humildes del valle de Caracas. Por pequeñas ciudades de llanos y costas.

Han aprendido a tocar y a bailar al ritmo de los tambores de Barlovento, con su sonido lúdico —de carnaval— y sus evoluciones sincrético-religiosas; confluencia hispana y africana, también indoamericana. Venezuela está hecha de esas tres culturas. Son el mismo torrente.

Han aprendido a manejar a sus anchas el cuatro y el arpa. Joropo. Inconfundible ritmo que puede irrumpir de repente en cualquier esquina de Barinas sin que nadie se queje.

No dejan escapar a los cultores populares que consiguen: hombres y mujeres recios, albaceas de un arte genuino, único. Aprenden de ellos todo, desde su artesanía a los íconos más entrañables del ser venezolano, la pintura, el teatro…

Son arrastrados por niños que los aúpan o se esconden en su regazo; a veces, para juguetear; otras muchas, para sentir la protección de muchachas y muchachos cálidos que se les han entregado con la limpieza, la nobleza y la bondad de lo cubano.

Conmueve ver jugar-enseñar a los miembros de la Brigada José Martí de Instructores de Arte con los niños de los barrios todavía pobres. Es una lección de verdadera naturaleza humana.

Con los adultos de la tercera edad te ríes al compartir sus ocurrencias —siempre preñadas de querencias— sobre la cooperación cubana en la misión Cultura y sobre este o aquel colaborador: algunos que están; otros que ya regresaron.

Los jóvenes de la Brigada José Martí han tenido que superarse a sí mismos. Saltar sobre la protección de una sociedad como la cubana. Sobreponerse a una realidad a veces dolorosa, en ocasiones violenta, que a pesar de 14 años de Revolución aún no ha podido ser eliminada en la magnitud que se quisiera. Siglos de exclusión no pueden borrarse de un día para otro.

Joselín tiene siete años. Fabián, diez… Aquel, ocho… Son los más habladores de casi una veintena de niños de la escalera La Esperanza. «Camino» de unos 200 escalones del cerro El Paraíso, donde viven decenas de familias colombianas en un amasijo de casitas que parece un colmenar.

El guantanamero Yoendris Almenares Claro, instructor de arte, ha logrado que los padres de esa escalera dejen que sus hijos socialicen, se conozcan, departan.

Antes apenas salían de sus casas, por miedo a quedar entrampados en una imprevista refriega entre pandillas.

A pesar de sus 26 años de edad, esta es la segunda misión de Yoendris en Venezuela. Es miembro de la Brigada José Martí.

Oriundo de Yateras. Trabaja en el alto oriente como instructor de arte, donde ha desarrollado un grupo de iniciativas comunitarias que le han valido más de un premio en la Isla.

Su experiencia con el proyecto El amor toca tu puerta, de Yateras, lo ha trasladado a El Paraíso. Zona pobre, revolucionaria, chavista, pero que todavía arrastra la violencia secular a que el capitalismo obligó a los barrios marginales de Caracas como estrategia de supervivencia.

Las políticas inclusivas de la Revolución Bolivariana se abren paso. La misión Cultura Corazón Adentro es parte. Los cubanos, también. Cuando llegan a la escalera de La Esperanza o a otra cualquiera, los rostros se transforman. Es alegría.

Los niños han aprendido a convivir, departir, protegerse. Los padres, también. A veces se quedan en silencio. Disfrutan la sonrisa de sus hijos. Yoendris no para de trabajar en la nueva obra teatral que los mismos niños han elaborado. Siempre termina cansado. Subir los cerros es duro. Agota.

Un chofer venezolano nos llevó a la cima. Y dice: «Nunca ningún periodista del mundo ni de aquí había subido. Tampoco lo dejarían. Ustedes los cubanos no tienen límites. Gracias».

Yuliesky Manso Recio ya debe estar en Cuba cuando salga este reportaje. Camagüeyano, es miembro de la segunda graduación (2005) del movimiento de escuelas de instructores de arte que impulsó Fidel en la primera década de este siglo. Recién cumplió dos años de misión internacionalista en Venezuela.

El primer año estuvo en los cerros; el segundo, en uno de los centros de rehabilitación de la misión Negra Hipólita —un programa para atender a personas en situación de calle y adicciones— en la parroquia San Juan, casi en el centro de Caracas. Nunca había enfrentado una situación así, dice.

«Son personas difíciles, muy fuertes. Ejercen presión, prueban fuerza. Pero el arte todo lo puede. Poco a poco me los fui ganando y ahora más de uno lloró cuando supo que ya terminaba la misión. Me convertí hasta en su confidente. Me llaman para todo; incluso cuando alguien que es dado de alta tiene una recaída con las drogas, al primero que busca es a mí».

Chichi, como le dicen, logró consolidar un grupo musical en el centro de rehabilitación. Se han paseado con su ritmo por buena parte de Venezuela. Uno de los momentos más conmovedores de su estancia aquí fue cuando el conjunto hacía una presentación televisada en el Teatro Municipal y el presidente Hugo Chávez los llamó para felicitarlos y agradecer a Cuba.

Instructora de arte en la especialidad de Teatro, Lisandra Noa Rivero vive en el municipio de Manuel Tames, Guantánamo.

Llegó a Venezuela el 28 de febrero. Buena parte de los últimos siete meses los ha dedicado a trabajar con los niños del barrio 5 de Julio, en el cerro de Petare, estado de Miranda.

El lugar donde vive, que comparte con otros colaboradores, se ha convertido en una verdadera casa de cultura, adonde acuden pequeños, jóvenes, adultos y personas de la tercera edad.

Lisandra le da continuidad al trabajo de una brigadista que ya concluyó su labor. «Ha sido una experiencia divina; al inicio me sentía cohibida y los niños también, porque tenían que acostumbrarse a “su nueva profesora”, pero poco a poco ellos y yo fuimos superando la distancia y hoy somos una familia.

«Son muy talentosos. Saben tocar el cuatro, dominan los bailes tradicionales, se expresan de una manera envidiable, incluso tienen una flexibilidad física tremenda, pues el proyecto une todas las manifestaciones, incluido el circo.

«Y todo esto es parte de un esfuerzo continuo que cubanos y venezolanos han desarrollado durante ya más de cuatro años de la misión Cultura Corazón Adentro. Estoy recogiendo la cosecha de quienes ya estuvieron. Ahora me toca continuar sembrando.

«Es bueno saber que cientos de cubanos, muchos compañeros míos de la Brigada José Martí, han abonado un camino del que todos debemos sentirnos orgullosos. Somos un solo corazón».

Corazón adentro

La misión Cultura Corazón Adentro es un programa impulsado por el presidente Hugo Chávez para desarrollar en los mayoritarios sectores populares del país lo más raigal del arte y la cultura venezolana y visibilizar el hacer local en los antes elitistas circuitos de legitimación del arte.

La cooperación cubana en esta iniciativa tiene más de cuatro años. Los jóvenes colaboradores de la Brigada José Martí, al igual que el resto de los trabajadores de la Cultura de la Isla con los que comparten labor, no enseñan artes y costumbres antillanas, sino que contribuyen a desplegar en su más amplia expresión lo autóctono de esta nación sudamericana.

Con un fuerte movimiento artístico y una experiencia acumulada, como es el caso del emblemático movimiento de Orquestas Juveniles e Infantiles de Venezuela, las políticas inclusivas de la Revolución Bolivariana están convirtiendo al país en un centro cultural de referencia continental y mundial.

Los colaboradores cubanos trabajan con énfasis el área metodológica y técnica en la enseñanza del arte en los núcleos poblacionales antes excluidos, donde desarrollan todo su magisterio con los diferentes grupos etáreos de las comunidades.

El éxito de su trabajo también es acompañado por los activadores (promotores culturales) de cada lugar: hombres y mujeres que les brindan una ayuda inestimable en su hacer misionero.

Ariadna Padrón García, representante de la José Martí en Venezuela, señala que más de 800 brigadistas han cumplido misión aquí. Hoy hay unos 400 en ocho estados del país.

«Nuestros compañeros se desempeñan en instituciones educativas y culturales, con proyectos y procesos comunitarios que incluyen hasta el mejoramiento del entorno sonoro y visual.

«Los principales resultados han sido las unidades artísticas: la concreción de puestas teatrales, orquestas, espacios de artes plásticas, el movimiento de Las Colmenitas…

«Consideramos a la Brigada como la vanguardia política de la juventud en la misión Cultura. En cada parroquia donde estamos, tenemos representantes que contribuyen a consolidar la colaboración en el orden ideológico y el trabajo en sí.

«Los logros no son pocos, tanto nuestros como del resto de los colaboradores, y de los activadores culturales venezolanos, a quienes formamos técnica y metodológicamente y de conjunto buscamos entender, diagnosticar y atender los procesos de la comunidad, mediante la cultura.

«Este 20 de octubre, cuando celebremos el octavo aniversario de la Brigada, que será en la Casa Nuestra América José Martí, de Caracas —donde también rendiremos homenaje al Apóstol—, debemos agradecer esta oportunidad única que nos dio la vida, la Revolución y el compañero Fidel, nuestro fundador».

Tomado de Juventud Rebelde

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