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Cinco abrazos igualitos

Algunos pronosticaron lágrimas. Pero no. Quizá se quedaron en ese abrazo apretadísimo en el que se fundieron tío y sobrino. Desde hacía 15 años Antonio Guerrero no veía a Carlitos.

A pocas semanas de cumplirse 14 años de injusto encierro ocurrió el encuentro, el abrazo, la amplia sonrisa y la frase del muchacho: «Tío, estás igualito». El tiempo, el tiempo… quince años es mucho tiempo. Junto a Carlitos, también visitaron a Tony, Mirta —la madre—, Maruchi —la hermana—, y sus hijos, Tonito y Gabriel… «un quinteto de seres queridos».

Según contó Tony en una crónica publicada por Cubadebate, las horas con los suyos en la prisión de Marianna lo llenaron de amor y alegría. Y uno piensa en un bálsamo que se riega despacio sobre una herida, que trae la risa y la paz, aunque sea por un breve espacio. Cuánta desazón hasta que llega el día de la visita de un lado y otro de las rejas. Cuánta tristeza a espantar en la última jornada, cuando unos y otros saben que pasarán meses hasta que vuelvan a tener una visa para repetir los abrazos… (Olga y Adriana ni eso).

La alegría atrapada en la foto que tomó ese recluso «buena gente» guiado por la propia Mirta, dan fe de esa alegría que emana de la razón, del orgullo de haber hecho lo correcto por salvar esas mismas vidas estrechadas por unas horas, y las de otros tantos en la patria y en los propios Estados Unidos. Luchar contra el terrorismo es una tarea noble. Y aunque ciertamente la saña de un caso meramente político los retenga y los haya privado de tanto durante más de 5 000 días con sus noches, ellos han superado cada prueba de crueldad.

Desde la altura de los héroes, los Cinco se han ganado el respeto, no solo de cientos de miles en los más distantes rincones del planeta, sino también de los carceleros, de otros presos que reconocen en cada uno de ellos a seres humanos de una calidad extraordinaria, valientes como pocos. De no ser estos hombres y su causa lo suficientemente legítimos, no sería posible que fueran los hijos que son, los padres que han sido, a pesar de esta distancia forzosa; los amigos que no olvidan ni a los de antaño, ni a los nuevos, aún sin rostros, pero que se desviven por la causa a través de cartas y pequeños y grandes gestos solidarios.

«Nada podrá matar esa felicidad en la que en el fondo vibra el amor; la tranquilidad que da la pureza y la inocencia, y vibra el cariño de los amigos (…)», apuntó Tony.

Tiene razón y quizá es ahí donde está la clave de lo que son y lo que hacen. Seguramente por eso, a pesar de los 15 años trascurridos, Tony resultó estar exactamente igual que como su sobrino lo recordaba. Los Cinco no han cambiado, ni aun en medio de las más bárbaras presiones y chantajes.

Han envejecido, sí, pero son los mismos que resistieron los 33 meses y cinco días antes de enviar un mensaje al pueblo cubano, al que se entregaron a costa de sus propias vidas.

Ponerse en la piel de estos hombres y sus familias podría ser algo más que desgarrador y, al mismo tiempo, un ejercicio necesario para intentar elevarse como ellos y traerlos de vuelta a casa. Catorce años encarcelados es mucho tiempo…

Vuelve el guerrero Antonio a mostrarnos el camino de lo verdadero: «La gente dirá aquí en Marianna lo mismo que dijeron seguro en Florence: Esta gente está medio loca o loca y media. En nuestro grupito de amor la risa es constante (y más cuando Carli mete la pata con la baraja que debe tirar). Las canciones las cantamos a coro, dirigido ya saben por quién, mi madre. Mis hijos no cantan porque son canciones de los 60 y 70, pero participan con sus rostros encantados. Las ocurrencias de Tonito, secundado por Gabo nos sacan hasta las lágrimas con la risotada».

La risa frente a la tristeza, el amor frente al odio de que han sido víctimas por salvarnos. Quienes no entienden de las honduras de los compromisos quizá se pregunten de dónde sacan el optimismo los Cinco, cómo pueden, a pesar de que están impedidos de comunicarse entre ellos, ser cada uno la voz de los otros cuatro. Son cinco historias que bien podrían ser una sola. Una historia que merece traspasar fronteras para que otros sepan que todavía nacen hombres así de valiosos.

Cinco abrazos envía Tony siempre que puede escribir. Como siempre fueron cinco los abrazos que repartió cuando contó de ese encuentro especial con los suyos en el que por fin pudo estrechar a su sobrino Carlitos. Sí, Tony, el mismo de hace 14 años, lo mismo que Gerardo, René, Fernando y Ramón. Los pronósticos de lágrimas siempre estarán equivocados. Pesa más la alegría de tenerse, de existir, de ser quienes son. Habrá que seguir buscando los modos de hacerlos venir y luego, borrarles tantas lágrimas contenidas a fuerza de abrazos… Quizá entonces no falte quien reconozca que los Cinco, nuestros Cinco, están igualitos.

Juventud Rebelde

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