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Colaboración cubana en la alfabetización en Venezuela ayuda a abrir nuevos caminos

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EL PALMAR, Amazonas, Venezuela.—No todo en la selva es humedad ni tierra fértil. Muy cerca de los grandes ríos también hay zonas de aridez que complican la vida del nativo en dos sentidos: por un lado la labranza del suelo, y por otro, la de su educación.

Al sur de Venezuela, allí donde el Ori­noco se hace más ancho con las aguas del Meta y señala el vértice de tres estados mo­rochos y Colombia, está una de las entradas a la gran selva amazónica, la más extensa del mundo.

Pero en las primeras leguas del camino que después del cruce en patana sigue hasta Puerto Ayacucho —la ciudad capital del estado más sureño del país— todavía el paisaje no es la jungla espesa e intransitable de los filmes; sino un performance exquisito de montañas aisladas y redondas, de una roca pelada, coronada a veces por otras más pequeñas en formas curiosas.
Parecen colocadas a propósito, como para dar textura al llano, puestas entre los arbustos o los montes dispersos de árboles grandes donde es posible encontrar la anaconda, el oso pampero o algún felino cazador; pero donde hay hombres también, que las habitan.

“La tierra aquí es muy caliente, mala para el cultivo —adelanta el indígena Edilberto— pe­ro por muchos años ha sido nuestra; la tierra de las familias jivis, y de amigos como los cubanos”.

EL AULA BAJO EL MORICHE

El templo de la comunidad es, ahora mismo, el aula para las clases de alfabetización: un sencillo andamiaje de horcones y pencas de moriche (tipo de palma) que tiene al profesor, una pizarra, y por alumnos una docena de adultos del asentamiento indígena El Palmar.

Empiezan a las cuatro de la tarde y por tres horas, todos los días; después de una jornada larga en que pasaron la mano al cultivo de la yuca o la piña —lo único que se da en la zona—, o hicieron buena tanda de cazabe, ma­ñoco y catara (picante tradicional), o te­jieron un lote grande de bolsos y sombreros de fibras de moriche, para ir a venderlo en la ciudad.

En seis grupos como ese (les llaman ambientes) el 80 % de la tribu aprende —bajo los auspicios de la Misión Robinson y por medio del método cubano Yo sí puedo— a leer, escribir, y hasta a hablar mejor el español; pues los guahibos (gentilicio de la etnia jivi) tienen su propio dialecto.

“Necesitan el español para comunicarse en la ciudad, hacer documentos, insertarse mejor en la sociedad, y lo asumen con tremendo entusiasmo; aunque ciertamente eso hace el proceso de enseñanza un poquito más largo y difícil”, explica Dairi Castillo, académica venezolana de la misión.

Pero ellos aprenden bien y lo disfrutan. Se les nota en la atención, el interés, en el rostro la satisfacción del saber nuevo, y resalta lo distendido del ambiente, con chistes en dos idiomas y canciones típicas de la etnia.

“A mi edad no pensaba tener la oportunidad. Soy una abuela que no sabe leer, o no sabía, porque ya empecé. Lo mejor es la clase al lado de la casa, a una hora que no afecta a la familia, la labor en el campo, y no tienes que pagar nada, venir y ya”, destaca Luz Marina, sentada en la última fila.

“A mí se me ha quitado hasta la pena, porque cuando uno sabe se hace más valiente. No más me gradúe y seré una de las profesoras”, revela en su entusiasmo Mireya Rodríguez, de las aventajadas.

El grupo entero de adultos atiende al profesor, más joven que todos ellos, dueños de un orgullo fino por ver al pariente casi niño enseñándoles las letras; porque Alexander Ro­dríguez es hijo jivi de El Palmar, y descendiente, además, de las misiones sociales que lo hicieron maestro. “Primero la Robinson, luego el bachiller en la Ribas, y ahora como facilitador formado de la mano de los asesores cubanos”, dice el muchacho, mientras señala a Emilio, el pedagogo antillano que justo hoy supervisa la clase y aprovecha la ocasión para ensayar algo de sus años frente a un aula.

UN CUBANO EN LA TRIBU

Aún con poco tiempo en el país, el manzanillero Emilio Barbán conoce de Venezuela lo que ha aprendido de la gente humilde de Amazonas; tanto de los que asisten a sus talleres metodológicos, para ir luego a alfabetizar a sus comunidades, como de los indígenas que reciben clases en la propia tribu.
“Del taller lo más emocionante es el reto de enseñar lo mismo en 23 lenguas distintas, incluidas tres colombianas. Hay un nativo en cada etnia que traduce, pero algo siempre se pega.

“Sin embargo, lo mejor de todo son las visitas de asesoría pedagógica a estos caseríos aborígenes. Aquí es donde de verdad sientes estar en ‘tierra mágica’, como dicen ellos. So­breviven a la aspereza de la zona, pero la adoran, la protegen y se aferran a ella.

“Es admirable su generosidad y sentido del respeto. Para ellos, los cubanos no somos profesores, sino médicos. Nos llaman doctores y todo. Será porque sienten que la educación también los cura.

“Definitivamente es un lugar al que vienes una vez y quieres volver, por la fidelidad y el calor que te ofrecen. No es tu cultura, pero te apropias rápido de ella, motivado por el enorme interés que tienen de aprender.

“Solo en libros y películas había encontrado historias de la selva, pero nunca imaginé que la conocería de estos modos, sirviéndole a su gente y siendo útil dentro de ella, desde mi profesión”, cierra Emilio.

Al final de la jornada, la misma gratitud que inició la clase, la concluye al filo de la no­che; cuando una ola de mosquitos endémicos recuerda al visitante que está en un lugar ajeno.
Pero a Edilberto no lo perturban las picadas. Un zancudo no va a hacerle perder las últimas notas dictadas por el maestro. Lleva 58 años aquí, dice, y su avanzada edad provoca al reportero una pregunta que él responde en su dialecto: “Cae epa ata apocuene rrowinae woja yapü toeneja”.

Como en sus talleres multilingües, Emilio y el joven jivi lo traducen.

La oración concluyente del indígena es a la postre una lección, y un concepto claro de lo que significa la misión educativa que Cuba ayuda a impulsar en Venezuela: “No, nunca es tarde para aprender”.

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