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Cómo perder la guagua en La Habana

La calidez y la hospitalidad en Cuba hacen que se pierda la noción del tiempo y olvidar tres veces el transporte

La Habana

Una de las mejores tazas de café que he probado en mi vida ha sido en la casa de Rayda Batista Hernández, una mujer humilde que vive en la calle San Ignacio de La Habana Vieja. Y digo esto por la extensa y amena conversa que tuve con aquella habanera amable.

Eran casi las 2 pm y apenas ella y yo teníamos minutos de habernos conocido. El frente de su casa estaba forrado de plantas y me llamó la atención el orégano orejón que tenía. Ella, muy curiosa por las propiedades de la planta, me pregunta de dónde somos, estaba con un colega argentino-venezolano.

Empezó la conversa en la calle y sale el tema de Hugo Chávez debido a la nacionalidad venezolana de ambos. “Cuando Chávez murió todos nos pusimos triste”, comentó y nos invitó una taza de café.

En una greca pequeña prepara el café cuyo aroma era dulce. Ella vive en un galpón que fungió como centro de peso de harina de trigo. Ese lugar fue adjudicado a Ricardo López Ibáñez, su ex pareja de hace 20 años, luego de que su anterior vivienda se había desplomado por una fuerte lluvia. La necesidad los obligó a vivir todos juntos en total armonía.

Dijo que poco a poco va arreglando ese espacio con lo puede conseguir. A pesar de que la Revolución le ofreció otro lugar, ella decidió quedarse con sus hijos allí.

Rayda siente amor por Venezuela, y expresó una gran simpatía por el comandate Hugo Chávez el cual lo comparó con Fidel Castrol.

También habló que en Cuba ella se siente tranquila y segura de andar por las calles a cualquier hora. Refirió que la mayoría de la población cuenta con educación universitaria y salud gratuita, tanto para el cubano como para el extranjero residenciado en ese país.

En eso menciona que no se siente pobre, pues ella tiene a su familia, comida y calor de hogar. “Yo puedo estar limitada económicamente, pero uno resuelve. En mi país tengo libertad y no ando pasando trabajo”, mencionó.

La mujer recordó el caso de una amiga española que fue a Cuba a hacerse un trabajo odontológico, el cual era muy caro en el país europeo.

“Fíjate, en otros países los pobres no tienen dientes. Aquí, quien quiera hacerse una endodoncia le sale gratis o paga muy poco, depende de la premura que tenga”, dijo.

También relató que lo que paga el cubano en salud son los medicamentos y estos son muy económicos. Igual ocurre con el servicio veterinario. Durante el recorrido vi pocos perros callejeros.

Fueron tantos los temas que se tocaron con Rayda sobre Cuba: el éxodo de Mariel, de cómo ella ahorra en un chochinito de yeso para luego comprar algo grande a final de año, que no le falta la comida. También comentó con tristeza de que los jóvenes estén más pendiente de ir a una discoteca que de trabajar por su patria, influenciados por su vecino norteño.

Contó que tiene una libreta para comprar comida subsidiada; de las limitaciones económica, que hay panaderías en cualquier parte. Igualmente sobre la restauración de la Habana Vieja, de cómo Cuba se ve ante el mundo, que Fidel Castro ha sido el presidente más atacado y que (Barack) Obama solo visitó ese país para “ver” otra vía para entrar en Cuba.

Con su acento melodioso me habló de lo difícil que fue el periodo especial de 1992, que duró más o menos tres años; sobre el bloqueo y sus consecuencias economía.

Con orgullo expresó cómo ama su patria “La patria es el pueblo luchador, es su esencia”, dijo, y agregó que algún día le gustaría visitar Venezuela

Fue larga la conversa que no me di cuenta que ya eran las 5 de la tarde. Habían otros lugares por conocer. Unas lágrimas de emoción rodaron por mi mejilla al despedirme de mi nueva amiga. Agradecí el fabuloso café, y me despedí de sus nietos, su nuera, su perrita y el gallo que tienen de mascota.

SEGUIR EL RECORRIDO

Mi amigo y yo seguimos por la calle San Ignacio, sin un rumbo en específico y nos topamos con la escena de los niños uniformados saliendo de sus escuelas y la gente regresando de sus trabajos. Las calles parecían activarse pues se veía más movimiento en ellas.

El cubano en horas del medio día le huye al intenso sol, y por las tardes sale a compartir con sus semejantes. Ellos, están tan acostumbrados a ver a los turistas que en ocasiones posan ante las cámaras de estos, y si alguno le cae muy bien, los invita a la intimidad de sus hogares, para tomarse un café y compartir una amena conversa.

Al llegar a la Plaza Vieja, una zona más turística, a unas tres cuadras desde la casa de Rayda, los paladares (restaurantes privados) ofertaban cervezas artesanales así como música cubana en vivo.

Las calles parecían pistas de baile. Todo el que quería podía acoplarse a los ritmos caribeños que los músicos invitaban a compartir.

El corto tiempo no daba para adentrarme más en La Habana. Habría que estar más de un día para visitar las barriadas, galerías, mercados y el Malecón. Este último es punto de encuentro para deportistas y turistas que quieran sentir la brisa marina.

Pero apenas pude apreciar de algunas iglesias, plazas, monumentos, restaurantes, la famosa Bodeguita del Medio y famosos hoteles donde han estado novelistas, artistas plásticos, poetas y músicos famosos.

En Basílica de San Cristóbal hubo un concierto de música de cámara que duró más o menos dos horas. Al terminar todos quedamos atascados por la fuerte lluvia producida tras el intenso calor del día.

Los hundimientos propios de una calle empedrada se llenaron de agua. Al otro lado de la Basílica nos habían invitado a un cóctel, y decidimos atraversa los charcos.

En el salón nos advirtieron que sería corta la estadía, pues el bus recogía todos en un punto para partir a Miramar (lugar donde estaban los hoteles).

Entre conversas con personas de diferentes países el tiempo se fue. El bus en el que yo llegué a La Habana se había ido. Perdí la primera guagua. Afortudamente otros guías del grupo de vistantes no tuvieron problemas en trasladarnos cerca del hotel donde nos quedabamos.

Teníamos media hora para comer y cambiarnos, el autobús nos recogería a las 10 pm para disfrutar del espectáculo del conocido cabaret Tropicana. A las 2 am regresamos al hotel.

CHÁVEZ Y EL CONGRÍ

Al día siguiente, a las 8 am, no esperaba el autobús a Fortaleza, donde se estaba desarrollando la 36 Feria Internacional de Turismo de Cuba 2016. Me desperté a las 7:55 am. Recordé que los cubanos suelen ser muy puntuales con su programa. Como pude salí, sin desayunar y con sueño.

Fortaleza de La Cabaña es un lugar parecido al fortín de la Galera en Juan Griego, pero inmenso. Está ubicado en una zona militar.

En el salón Ambrosio representantes cubanos de cultura, turismo y salud, hicieron presentaciones. Pero en mi ansiedad por conocer el stand de mi país, decidí ir al recorrido en aquel enorme fuerte.

El melodioso sonido de los gorriones desde los muros me llenaba de paz, se escuchó todo el camino. Caminé bajo el sol ardiente hasta llegar al stand de Venezuela. Cerca de ahí se divisa La Habana.

Converso con mis compatriotas, dejo mi celular cargando, disfruto de la música en vivo. Seguido me dispongo a regresar al Salón Ambrosio si aun están allí.

No tenía noción del tiempo voy en busca de mi celular y en el camino me percato que eran las 12:30 pm. Entonces, perdí la guagua que me llevaría al restaurante El Aljibe (muy famoso) para almorzar.

Los nervios me dominaron, pienso en qué voy a comer ahora, pues no desayuné, no tengo dinero y no conocía sino a los venezolanos que estaban limitados.

Veo a José Antonio Espinoza, un vigilante del Salón Ambrosio. Le pregunto cómo hacer para ir al Aljibe y me sugiere que vaya al centro de información. Voy pero fue infructuosa mi visita en esa oficina. La atención dócil con que me atendieron chocaba con mi desesperación caraqueña.

Aproveché para tomar algunas impresiones de los visitantes de la Feria. Calmada y resignada me dirijo a donde está Espinoza.

¿Tú todavía aquí?, me pregunta. Le explico que no tengo dinero para ir al lugar y que me quedé sin comer. “¿Tú lo que tienes es hambre?¿Tú eres chavista?”, asiento a sus preguntas.

De una bolsa plástica blanca saca una caja de cartón y la coloca en el escritorio, una cuchara y un vaso amarillo con agua y me los dispone. “Siéntate y ábrela”, obedezco cual niña y para mi sorpresa la caja contenía congrí (arroz con frijoles rojos), papas fritas y una carne mechada seca. Estaba fría.

Sin vacilar pruebo el primer bocado. Yo sentía que tenía el mejor anfitrión y un plato que nada tenía que envidiar los sibaritas.

Mientras comía, él estaba pendiente de su trabajo. Me contó, entre sus cortas pausas para atenderme, que es de la provincia de Marianao, es historiador, químico, museólogo y licenciado en información científica y identificó como fidelista y chavista y secretario del partido comunista

Me relató que conoció a Chávez, en una visita al aula magna de la universidad de La Habana, en el que escuchó sobre Bolívar y que le interesa la historia de Venezuela.

Termino de comer, le agradezco la atención. Y me señala que: “La patria es quien ama a su país. Porque se puede ser extranjero y amar otra patria”, dijo.

Yo no había caído en cuenta que detrás de mí estaban las fotos de los comandantes Chávez, Fidel y Raúl Castro, las cuales él con orgullo me las muestra.

Relató que quedó huérfano, y a los 13 años que lo primero que hizo al Revolución cubana fue liberarlo culturalmente al darle la oportunidad de estudiar las carreras que hoy lleva consigo.

EL CHÉ

El tiempo pasaba y yo escuchando sobre qué fue la Fortaleza y qué había ahí, de los turistas que llegaban al lugar, y me señaló que a unos metros de ahí estaba la casa donde vivió Ernesto Che Guevara.

Veo que ahí ya estaban los autobuses azules. Sabía que a las 4 de la tarde partían de regreso al hotel. Yo estaba entre escuchando a Espinoza y volteando a ver los autobuses. Veía el reloj también. Eran las 3:50 pm. Y veo que solo quedan dos autobuses. Me disculpo y voy corriendo detrás de un bus a ver si lograba detenerlo.

Sin embargo veo otra guagua de la misma compañía de turistas y le pregunto a la guía llamada Alba si puedo irme en ese transporte.

Dada la suerte decido visitar la casa de El Che, pero esta vez consultando qué tiempo disponía. Alba me dijo que media hora.

Voy, y chequeo a cada rato la hora veo la base militar, camino unos 300 metros hasta llegar al lugar. Ahí estaba el Cristo de La Habana. Veo a mi alrededor en un paneo rápido. El tiempo jugaba al enemigo.

Tomo algunas fotos, respiro el aire fresco, y me dispongo a entrar a visitar la casa. Una mujer rubia me indica que debo pagar 1 CUC (cubano convertible). En Cuba se manejan dos tipos de monedas el peso cubano y el Cuc que equivale casi a un dólar.

Ni mis ruegos ni lo venezolana me ayudaron en ese momento. Me quedé con la curiosidad y decido regresar rápido al autobús con unos canadienses que con mucha amabilidad me integraron.

Los días siguientes no perdí guaguas. Sin embargo, por descuido o complicidad del destino, me permitió conocer más gente amable y maravillosa que son parte de la escensia de la Cuba revolucionaria.

Publicado en Ccs

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