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Descubriendo El Laberinto

Muchas mujeres han encontrado su realización en las labores que desarrollan en estas tierras, que suman casi 2 700 hectáreas, antes abandonadas por latifundistas.

Muchas mujeres han encontrado su realización en las labores que desarrollan en estas tierras, que suman casi 2 700 hectáreas, antes abandonadas por latifundistas.

Allá, donde se dibujan contornos cercanos a Colombia y la carretera parece interminable, nos fuimos un lunes en la mañana. Rodamos tanto que decíamos en broma que el mapa debía de estar equivocado y que ya habíamos traspasado la frontera.

De la capital de Zulia salimos pensando hallar una comunidad agrícola; pero encontramos mucho más. Al mediodía, llegamos por fin al llamativo El Laberinto, el nombre de la ciudad comunal que crece en el municipio de Jesús Enrique Losada, a la vista de la emblemática Sierra de Perijá, en el noroccidente venezolano.

Allí encontramos palabras de una lengua aborigen, historias de un pasado forjado a latigazos, mujeres que se desvelan por un trozo de tierra y otros detalles que nos sorprendieron.

Y enseguida entendimos que esta comunidad, formada mayoritariamente por descendientes de la etnia wayúu, no hubiera podido florecer en otro tiempo, cuando los terratenientes arrojaban al camino a los que osaran ocupar «sus tierras».

Los que ahora habitan El Laberinto —más de 4 000 personas— llegaron desde distintos lugares; estaban dispersos por cualquier lado, sin tierras ni esperanzas, y se agruparon para poblar esta colectividad, la que forma parte del Proyecto (o Empresa) de Desarrollo Agrario Socialista de la Planicie de Maracaibo, impulsado por el Gobierno Bolivariano.

«Estas tierras siempre fueron de nosotros, fueron de nuestros padres y abuelos, que eran los originarios de este suelo. Los latifundistas nos las robaron. El Presidente Chávez, cuando inauguró el Proyecto en 2007, hizo un acto de justicia histórica», nos dijo la trabajadora agrícola María Alejandra González al lado de una de las 28 casas de cultivo tapado.

Ella y otras dos de su mismo apellido, Mercedes y Yuglenis (aunque no son familia), nos contaron cómo se expandió la ciudad de casas con techos bioclimáticos, la lucha que emprendieron contra ganaderos explotadores, cómo se instalaron los 96 sistemas de riego y empezaron los sembradíos a llenarse de maíz, viandas, hortalizas, moringa, producción ganadera…

Hoy no es una utopía lograr la soberanía alimentaria, algo que los moradores se plantearon en principio. Tampoco nadie puede negar el cambio en el estilo de vida de los habitantes de El Laberinto.

Ellas tres, quienes tienen familias muy numerosas y no rebasaron el sexto grado de escolaridad, antes no podían hablar de derechos agrarios, salarios decorosos, ganancias de producción, agricultura familiar o empresa socialista. Mucho menos de vivienda y empleo.

Les sucedía como a Paolo González, Luigüi Urdaneta y Pedro Villalobo, tres jóvenes que no llegan a los 30 años y tenían que trabajar de ordeñadores o desbrozadores de montes cuando eran contratados, temporalmente, por los terratenientes.

Mirándoles las sonrisas cobijadas por sus enormes sombreros, cualquiera adivina el ansia que ahora habita en sus vidas para preñar la tierra y seguir ensanchando la ciudad, que posee mercados socialistas, canchas deportivas, un centro comunal y de servicios, la escuela técnica integral Ernesto Che Guevara, un módulo de Barrio Adentro…

En este último saludamos al doctor artemiseño Antonio Pino Águila y a las enfermeras Malvis Sardá y Maricela Fernández, de Las Tunas y Pinar del Río, respectivamente. El galeno nos confirmó que acaso por el clima —llueve allí «diluvialmente»— las enfermedades respiratorias agudas son las de más incidencia en la comunidad, aunque también se reportan casos de mordeduras de serpientes.

Yoendris Peña y Miskael Vilches, ambos de 21 años, quienes trabajan en la planta procesadora y conservadora de alimentos, subrayaron que tener a estos enviados de la salud ha sido una bendición para todos allí.

De las mujeres, Yuglenis González nos insistió en que no dejáramos de destacar la labor de los «asesores». Se refería a más de 25 cubanos, entre técnicos e ingenieros, que han colaborado en el florecimiento de El Laberinto.

«Aquí no hemos venido a imponer nada. Sugerimos y aprendemos al mismo tiempo», nos comentó el ingeniero agrónomo José Manuel Rey, de la provincia de Pinar del Río. Algo parecido expuso el granmense Luis Enrique Duarte, un técnico con vasta experiencia en los cultivos tapados.

Así, en una burbuja de tiempo se nos fue la jornada. Antes de irnos, Gualberto Cogoyo Jiménez, uno de los 891 trabajadores de la empresa, reveló parte de su historia. Narró que en 1980, a los 13 años, había llegado desde un caserío de Colombia, país que del lugar está a solo dos horas de camino. «A mí me dolían las manos de desyerbar tanto potrero; ahora trabajo en 14 casas de cultivo, a la sombra, y eso no puedo dejar de agradecérselo a este proyecto, que busca la producción, pero sobre todo la inclusión social».

Pero las últimas palabras que escuchamos salieron de Mercedes González, en idioma wayunaiki: «Anayawatchije jia, juunna numa Maleiwa» (Que todos estén bien, vayan con Dios).

Partimos rumbo a Maracaibo, ya casi llovía en plena tarde. Regresamos contentos. Habíamos descubierto, aunque solo en parte, El Laberinto.

Juventud Rebelde

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