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Duele cada minuto lo que han hecho

Treinta y cinco años hace que los terroristas internacionales Luis Posada Carriles y Orlando Bosch Ávila planificaron e hicieron estallar en pleno vuelo aquel avión de Cubana, cerca de Barbados, donde murió Carlos Leyva González junto a sus compañeros de esgrima, once ciudadanos guyaneses, cinco coreanos y la tripulación de la nave: 73 víctimas inocentes en total.

“Yo no sé si cuando mi padre despidió a Carlitos presentía la desgracia —medita con voz grave Maricela—; recuerdo que le dijo: ten cuidado Chicho con esos aviones. Lo que sí puedo asegurar es que al recibir la noticia del crimen echó canas en el corto trayecto del ferrocarril a la casa. No estoy exagerando: mi padre encaneció en unas pocas cuadras.

“Jamás se recuperó de aquel terrible golpe” —añade Carlos, quien lleva el mismo nombre de su hermano mártir.

“A pesar de la insistencia familiar se negaba a comer, beber agua, alimentarse; no podía oír hablar de aviones o del mar. La tristeza lo fue matando poco a poco. Siete años después murió”.

Similar fue el trauma de Gudila González, madre del joven deportista asesinado.

“Su sistema nervioso nunca volvió a funcionar como antes —dice Maricela—; se fue debilitando. El ajetreo del trabajo diario la reconfortaba un poco, pero el desconsuelo era muy grande y sufrió un infarto cerebral que la mantuvo 15 años en una silla de ruedas, hasta que también la perdimos, en 1995″.

LO QUE EL TERROR NO PUEDE MATAR

Pudo el terror impune (financiado y protegido por la mayor potencia del mundo) poner fin a la vida de 73 personas, llenar de luto a un pueblo entero, calcinar la alegría en hogares como el de Leonardo McKenzie Grant (también tunero, fallecido en el atentado), pero no ha podido incinerar recuerdos, anécdotas, valores, principios.

Con frecuencia Maricela vuelve a sentir la sensación de aquel 6 de octubre de 1976, cuando se preguntaba ansiosa si Carlitos llegaría a tiempo, como prometió, para disfrutar el primer cumpleaños del sobrino Williancito (al día siguiente). Triste esperanza: tal vez a esa hora la nave se precipitaba envuelta en llamas hacia el mar.

Otras veces recuerda cómo el joven le comentaba las ocurrencias de “papá Carlos” (humilde obrero), quien casi todos los días le enviaba hacia La Habana una carta llena de abrazos y consejos, quizás para seguir liberando la ternura que derrochó con él, desde niño, cuando jugaba con otros chicos del barrio, al iniciar la escuela, luego de comenzar la práctica de gimnástica o más tarde cuando se decidió por la esgrima.

“Mi hermano fue excepcional —asevera Carlos– con la familia, amigos, compañeros de equipo y vecinos. Muchas veces no lo encontrábamos en la casa porque estaba en alguna otra vivienda cercana, donde lo querían como a un hijo. Eso no se impone a la fuerza. Se gana con cariño, con sencillez, con modestia. Pero ya ves: esos son los jóvenes que nos asesinó el terrorismo aquel día.

“Y es —interviene Maricela— la crueldad que siempre usan quienes odian a Cuba. Ahí está la injusticia con los Cinco Héroes, que solo pretendían impedir crímenes como el de Barbados. Mira lo que quieren hacer ahora con René al negarle venir para acá cuando sea liberado. Y ahí están las enfermedades introducidas en el país, los ametrallamientos desde lanchas rápidas, las bandas contrarrevolucionarias a inicios de la Revolución.

“Ojalá hubiéramos podido dedicar el 6 de octubre a la alegría de los niños, a la paz, a la amistad o a cualquier otro sentimiento noble del ser humano —concluye Carlos. Ojalá nunca hubieran sucedido aquel y otros sabotajes, pero la huella del terror es inmensa y el dolor es irreparable.”

Tomado de Granma

Comentarios

9,octubre,2011 | 18:54 pm
ANTONIO RAMOSM M dijo:

El odio se apodera de las almas que proceden con arbitrariedad; crece a partir de una semilla donde no hubo semillas de odio anteriormente, apareciendo después en un lapso de tiempo que pudo ser corto o pudo ser largo, dependiendo precisamente de la falta de inteligencia en el primer caso y una pizca de inteligencia en el segundo.
La arbitrariedad atrae más arbitrariedad y tapona todas las salidas hacia la lucidez. El alma se densifica, se oscurece y deja de pertenecer al hombre para convivir con la bestia.
Gonzalo Montero les enseñó a sus hombres a manejar la calumnia como un recurso de combate. La infamia no debía faltar nunca en la agresión informativa. No había en él ni en ellos un control de sí mismos sino que su comportamiento lo operaba el alma densa y oscura; eso era él; eso eran ellos; no eran hombres o seres humanos a pesar de tener forma humana. Cuando se está bajo la arbitrariedad, a los monstruos se los considera ángeles y se siguen sus normas.”

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