Embajada de la República de Cuba en la República Bolivariana de Venezuela

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El orgullo adicional de estar entre los primeros

Medicos cubanos

GUANARE, Portuguesa, Venezuela.—Aunque la esencia mis­ma de la solidaridad es dar sin esperar algo a cambio, su práctica, como acto físico y de amor, ni cansa el cuerpo ni consume el espíritu.

Por eso es que la apariencia y la actitud de los médicos Zuzel y Adrián, irradian la misma vitalidad de los años aquellos en que hace 12 almanaques —ella con 38 y él con 29— pisaron por vez primera el suelo de esta nación del sur americano.

En aquella ocasión vinieron con apenas dos bultos: la mo­chila de doctor y la única certeza que les explicó Fidel —en contacto personal— sobre la misión tremenda que vendrían a cumplir.

Entonces, en el 2003, no estaban los consultorios, ni los centros de diagnóstico integral (CDI), ni una obra consolidada que hi­ciera suponer una acogida cantada; solo una gran sociedad que arrastraba todavía los males acumulados de una exclusión secular, y una Revolución menor de edad que bregaba a toda prueba por borrarlos de la raíz de su pueblo.

“A eso vinimos, a ayudar a materializar la aspiración más honda que en materia de salud tenía el Comandante Chávez. Pero tuvimos que empezar de cero, a librar una pelea cuerpo a cuerpo con la incredulidad y la desesperanza, en el centro mismo de los barrios humildísimos… y así lo hicimos”, co­mienza Zuzel.

EL PASO AL FRENTE

“Imagínese llegar dos años después a Cuba, de la selva montañosa de Guatemala, y no tardar 15 días en volver a salir, sin la certeza de lo que encontraría en Venezuela”, relata la doctora Zuzel Sosa, una habanera curtida en el carácter y la profesión por la experiencia de darse más allá de las fronteras.

“Salí de la segunda graduación de médicos generales in­tegrales formados en el país, de los que no tuvieron el tiempo de un pestañazo para irse a otros países del mundo a de­mostrar el alcance práctico de esta idea genial del Co­man­dante en Jefe.

“En apenas dos años y 15 días por medio, vine de Gua­temala a Venezuela. Nada de ciudad, ni hospital, ni barrios modernos. Me instalaron en medio de un lugar pobrísimo de los Valles del Tuy, en el estado de Miranda, para empezar a abrirle paso al sueño chavista de la salud para todos”, dice.

“Fue difícil”, resalta Adrián Rodríguez, un cienfueguero de Cumanayagua que empezó el mismo trabajo por Cabima, un municipio del Zulia.

“Mucha gente creía la propaganda de que estábamos allí para expiarlos en sus casas, y no abrían las puertas cuando íbamos para dispensarizarlos; pero volvíamos el segundo día, el tercero, el cuarto, a la par que atendíamos y ayudábamos a todo el que se acercaba.

“Hubo momentos de dormir en un garaje, en colchones en un piso que se inundaba al llover, y debíamos levantar todo, de pie contra la pared, hasta que escampaba, se secaba y podíamos tirarnos, para seguir al otro día.

“Las personas solo se convencían cuando empezaban a ver los resultados. Al inicio nos íbamos en la tarde, dos días a la semana, a construir la óptica con nuestras propias manos, a hacer mezcla y poner bloques. Hubo una pared que levantamos 15 veces, y al terminarla parecía una serpiente. La

tumbábamos y la hacíamos de nuevo, hasta que el barrio tuvo su óptica, y la población quiso otra y se sumaron a hacerla”, cuenta Adrián.
“De esos ejemplos vivimos miles, de ir sumando el pueblo a cuentagotas, de incomprensiones iniciales, del rechazo a nuestras indicaciones médicas en clínicas y farmacias, de condiciones precarias, de situaciones peligrosas que fueron venciéndose con el trabajo y la constancia”, calza Zuzel.

DE AYER A HOY

Ambos dicen que el orgullo es la palabra que más les define el tiempo que ha pasado hasta hoy, “porque es como ver el árbol frondoso de una semilla que vinimos a sembrar, casi sin nada, desde cero”, destaca la doctora.

“Ahora son cientos de CDI, de consultorios populares, de centros de alta tecnología que ofrecen en cualquier parte servicios antes negados y que llegan al pueblo en manos de los cubanos.

“Pero están también los resultados de otra tarea grande, que demuestra que nuestra ayuda no es oportunista, ni a cambio de nada; porque a la vez hemos ido formando como médicos a los propios hijos de Venezuela, ahí, al lado de nosotros, en el terreno, en la consulta, en la cirugía”, sigue diciendo, con la autoridad de la profesora que ha sido a la par de la doctora, ahora encargada de la docencia en el estado occidental de Portuguesa.

“Cuando vine no había ni uno, y hoy ya son casi 19 000 venezolanos graduados por nuestros médicos aquí, en las mismas comunidades”, apunta.
Adrián también saca cuentas, de cuando llegó como doctor y fundador de un Convenio Integral de Cooperación que hoy 30 cumple 15 años.

“Lo mejor de todo es que siguen siendo jóvenes los que se baten más fuerte, los que están donde un día estuvimos noso­tros. A pesar de que las coyunturas políticas tienden a complicarse continúan viniendo esos muchachos a los cerros, a las selvas lejanas, a los caseríos más pobres”.

“Esas son las cosas —vuelve Zuzel— que nos impiden desprendernos tan fácil de esta noble misión, porque nos sentimos parte de este mismo ejército bisoño, porque creemos que aún tenemos la misma edad de ellos, y porque hemos visto crecer en nuestras manos una Revolución que de algún modo, ayudamos a construir”.

Zuzel calla un momento, con la vista perdida en un pasado que ahora mismo repasa. Suspira y cierra.

“Esa es la única gloria que sentimos, la que nos mantiene jóvenes y firmes 12 años después”.

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