Embajada de la República de Cuba en la República Bolivariana de Venezuela

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Hace 134 años Martí visitó la Patria de Bolívar

Bolívar-y-Martí

EL APÓSTOL EN LA TIERRA DE BOLÍVAR

Aquellos hombres (Bolívar y Martí) pensaron y se fueron a la batalla y murieron y dieron todo por la libertad y por llevar a la realidad sus ideas revolucionarias, sus ideas de justicia, de independencia y de libertad; pues vamos nosotros a estas nuevas batallas de hoy.
Hugo Chávez Frías
Aló Presidente No.49.
29 de octubre de 2003

BUSCANDO AL CREADOR DE PATRIAS

El 8 de enero de 1881 partió Martí desde Nueva York a bordo de la embarcación Felicia, rumbo a la tierra de Bolívar, de la cual referiría posteriormente: “(…) Venezuela, donde nació América (…) donde Bolívar, que engendró un mundo, pensó en redondearlo con la libertad de las Antillas”.

Para el momento estaba próximo a cumplir 28 años de edad y ejercía la presidencia del Comité Revolucionario Cubano en Nueva York, desde donde promovió el desarrollo del levantamiento armado de liberación de Cuba contra España y lucha contra la esclavitud, más conocido como la Guerra Chiquita, el cual contó con la conducción del general Calixto García. En esta etapa, debido a su condición de exiliado y a su activismo político, era vigilado constantemente por las agencias a favor del Gobierno de España: Davie´s Detective Agency y la Pinkerton´s National Detective Agency.

Tras el fracaso de la Guerra Chiquita por diversos factores adversos, decidió viajar a Venezuela para establecer relaciones de apoyo político y económico para la causa de liberación de su amada Cuba, pero, sobre todo, guió al poeta en su búsqueda por alcanzar la independencia el deseo de visitar la tierra del más grande héroe de la América, aquel que luchó y ganó al ejército del imperio más poderoso para el momento: el Padre Bolívar. Sería entonces el amor al ideal libertario y a la Patria Grande motivación suficiente para venir tras la huella de Bolívar.

Carmen Miyares de Mantilla, cubana de nacimiento que había vivido de joven en Venezuela, le animó a viajar. Carmita, como la llamaba Martí, era familia de Inés de Mancebo, quien fue madre de pecho del Libertador por una temporada y, a su vez, pertenecía a las familias que apoyaron a los patriotas que se alzaron con Carlos Manuel de Céspedes en La Demajagua durante la Guerra de los Diez Años en Cuba. Junto a su esposo, Manuel Mantilla, emigró en 1870, primero a Santo Domingo y luego a Nueva York, y su casa fue refugio para todos aquellos revolucionarios cubanos que salían en destierro. Sería reconocida posteriormente como la patriota del silencio y guardiana de la obra de Martí, junto a Gonzalo de Quesada.

De modo tal que si un tema era constante en la casa de los Mantilla era la libertad de Cuba, lo que implicó que ese espacio fuese un hervidero de ideas a favor de la libertad donde confluían patriotas cubanos tales como: Antonio Ignacio Quintana y su esposa Clara Pujals, los Baralt Peoli, Pintó, Carrillo, Guerra y Quesada así como prestigiosos intelectuales y políticos latinoamericanos, a los que se sumaron los venezolanos Nicanor Bolet Peraza, Juan Antonio Pérez Bonalde, Jacinto Gutiérrez Coll y Miguel Tejera, también en condición de exilio, por ser oponentes al gobierno del proclamado Ilustre Americano, Antonio Guzmán Blanco.

Estos intelectuales venezolanos, amorosos de las letras y afiebrados por las causas justas, le advertían al poeta sobre el verdadero carácter despótico del gobierno de Guzmán Blanco. Sería Nicanor Bolet Peraza, quien antes de partir le escribiría: “Mi Patria, señor Martí, no es un lugar a propósito ahora para sus ideas. En Venezuela el éxito corruptor, con su mano enguantada de oro, todo lo somete. Solo tiene voz el ditirambo en la literatura, la denuncia en el periodismo y la loa bizantina en la tribuna”. Sin embargo, la decisión estaba tomada: vendría a la tierra de Bolívar.

EL VIAJE

Durante doce días Martí se meció en las olas del Caribe, en cuya travesía, pasados ocho días de navegación, haría escala en Curazao, para luego llegar a territorio venezolano por Puerto Cabello y, finalmente, en unas pocas horas más a La Guaira.

Este recorrido sería descrito posterior y detalladamente en su crónica intitulada Un viaje a Venezuela en la cual expresó: “Venezuela bien vale el viaje que hay que hacer para llegar hasta ella: hay que atravesar durante doce días, bajo un cielo siempre azul, un mar también azul. Son como para desear la tormenta, ese cielo y ese mar implacablemente bellos”.

El desembarco en La Guaira sería el viernes 21 de enero de 1881. Cerca de las 3 de la tarde emprendería viaje en un carruaje para ir a Caracas, del cual referiría: “Al comienzo del camino, en La Guaira, al tomar la diligencia, el carruaje en el que se hace el viaje, uno quisiera despojarse de todos los vestidos: tan rudo es el calor. A mitad de la ruta busca uno los vestidos del vecino, porque los propios son insuficientes: comienza el frío. ¡Y qué bella ruta! Es una carretera sobre precipicios: se respira un aire bueno durante el camino –el sabroso aire del peligro. No hay que mirar hacia abajo: el vértigo nos invade”.

En esta ruta, a la altura de Puerta de Caracas, en el denominado hoy día Camino de Los Libertadores, se erigió un monumento, con las figuras en relieve de Simón Bolívar y José Martí, a fin de recordar el paso del viajero antillano.

Para el momento, según refiere Domingo Miliani, el país contaba con tan solo 2.075.245 habitantes, de los cuales 69.873 se ubicaban en el Distrito Federal, es decir, Caracas y zonas aledañas.

CARA A CARA CON BOLÍVAR

Esa tarde, “sin sacudirse el polvo del camino, no preguntó donde se comía ni donde se dormía sino cómo se iba a la estatua de Bolívar. Cuenta que el viajero lloraba frente a la estatua, que parecía que se movía, como un padre cuando se le acerca a un hijo… El viajero hizo bien, porque todos los americanos deben querer a Bolívar como a un padre. A Bolívar, y a todos los que pelearon como él porque la América fuese del hombre americano”. Así, cuenta Martí años después su encuentro “cara a cara” con Bolívar en su publicación La Edad de Oro, en la historia Tres héroes, dedicada a Bolívar, Hidalgo y San Martín.

LA ESTANCIA CREADORA

Martí traía en sus manos cartas de presentación de Carmita y de Nicanor Pérez Bolet para amigos e intelectuales entre lo cuales destacan: la caraqueña Mercedes Smith de Hamilton, prima de Carmita, mujer revolucionaria que prestó grandes servicios a Cuba durante la Guerra de los Diez Años y quien, además, era descendiente del coronel Smith, de la legión Británica que participó con los lanceros de Páez. A su vez, para don Fausto Teodoro de Aldrey, director del periódico La Opinión Nacional.

En su breve estancia en Caracas, vivió en la casa de habitaciones de Carmen Smith, situada en el número 26 ½, en la intersección de las calles Santa Capilla y Mijares, donde hoy día se encuentra un busto. A los pocos días de llegar, el 28 de enero, estaría de cumpleaños, y Aldrey publicaría en el diario La Opinión Nacional la siguiente nota: “Don José Martí. Este ilustrado cubano, que en años pasados redactaba en México la Revista Universal, se halla en Caracas, donde se propone fijar su residencia. Hemos tenido el gusto de tratarle en la visita que se ha dignado hacernos y se ha granjeado nuestras sinceras simpatías. Deseamos cordialmente que sea feliz entre nosotros para que adopte a Venezuela como su segunda Patria tan generosa y providente como la que le dio el ser”.

Entre las amistades que cultivó en su estancia en el país se encuentran Arístides Rojas, Diego Jugo Ramírez, Guillermo Tell Villegas, Heraclio Martín de La Guardia y Don Cecilio Acosta, quienes le apoyaron y rápidamente lo incorporaron al mundo intelectual y político. Ya en febrero impartía clases de literatura y gramática francesa en los colegios Santa María y Villegas.

En marzo pronunció el discurso de clausura de una importante y concurrida velada artístico literaria en el Club del Comercio, y a partir de cual, la casa donde se alojaba comenzó a ser concurrida por jóvenes estudiantes interesados en conocer al maestro, presentarles sus escritos y aprender de él.

Es así que el Dr. Guillermo Tell Villegas, en cuyo colegio Martí ya enseñaba literatura, le facilitó un salón donde fundó una cátedra de oratoria que funcionaba de 8 a 10 de la noche y en la que participaron: Luis López Méndez, César Zumeta, José Mercedes López, Víctor Manuel Mago, Andrés Alfonso, Lisandro Alvarado, José Gil Fortoul, Gonzalo Picón Febres, entre otros, que se convertirían en poco tiempo en grandes personalidades y que se conocerían después como la “Generación del Centenario”.

El 4 de mayo se presentaría nuevamente en una velada en el Club Comercio, la cual fue también muy exitosa y comenzó a escribir un libro dedicado a su pequeño hijo, Pepito, el cual publicaría posteriormente en Nueva York. De igual modo, en esa temporada colaboró en el periódico La Opinión Nacional.

REVISTA VENEZOLANA

Estimulado por amigos y conocidos fundó la Revista Venezolana, cuyo primer número de 32 páginas fue escrito en su totalidad por él y circuló el 1ro. de julio de 1881. Aparecen artículos como un ensayo de vocablos del diccionario de vocablos indígenas por Arístides Rojas, Venezuela Heroica por Eduardo Blanco y La Venezolanidad por J. Núñez de Cáceres. Igualmente informa que la revista contará con la colaboración de Arístides Rojas, Cecilio Acosta, Soublett, Guillermo Villegas, Eduardo Saluzzo, Núñez de Cáceres, Morales Marcano, Aveledo, Eloy Escobar, Diego Jugo, Pardo, Armas y otros.

Mientras este primer número estaba en circulación, falleció el 8 de julio don Cecilio Acosta, escritor, abogado, periodista, filósofo e intelectual profundamente humanista con quien Martí se había relacionado de manera intensa desde su llegada y con quien compartía su pasión por Bolívar. Con frecuencia Martí visitó la humilde casa de Acosta para participar en tertulias junto con el arzobispo Guevara y Lira y Lisandro Alvarado, entre otros personajes.

Sobre estos encuentros Alvarado escribirá: “…tuve oportunidad de conocer personalmente al orador (José Martí), en ocasión de hallarme en casa del licenciado Cecilio Acosta. De visita llegaron al mismo tiempo el arzobispo, Martí y el señor Rincón, colombiano… Lo que era posible para mí era callar delante de aquellos hombres. ¡Cuán interesante me fue la personalidad de aquel hijo de Cuba! Sus modales, cortesanos y distinguidos; su conversación, viva y afable, su imaginación, presta e inquieta. Mantenía una sonrisa benévola, un aire de ingenuidad que servía para disimular su vasta erudición”.

El segundo número de la Revista, apareció el 15 de julio y Martí dedicó un artículo a Cecilio Acosta, a través del cual reconoció los méritos de esta figura, como hombre y como intelectual: “Ha muerto un justo: Cecilio Acosta ha muerto. Llorarlo fuera poco. Estudiar sus virtudes e imitarlas es el único homenaje grato a las grandes naturalezas y digno de ellas. Trabajó en hacer hombres; se le dará gozo con serlo. ¡Qué desconsuelo ver morir, en lo más recio de la faena, a tan gran trabajador! (…) Para él el Universo fue casa; su Patria, aposento; la Historia, madre. (…) A sus ojos, el más débil era el más amable. Y el necesitado, era su dueño. Cuando tenía que dar, lo daba todo; y cuando nada ya tenía, daba amor y libros (…) El no era como los que leen un libro, entrevén por los huecos de la letra el espíritu que lo fecunda y lo dejan que vuele, para hacer lugar a otro, como si no hubiesen a la vez en su cerebro capacidad más que para una sola ave. Cecilio volvía el libro al amigo y se quedaba con él dentro de sí; y lo hojeaba luego diestramente, con seguridad y memoria prodigiosas. (…) Era su mente como ordenada y vasta librería donde estuvieran por clases los asuntos, y en anaquel fijo los libros, y a la mano la página precisa”.

LA SALIDA DEL POETA

Sería la publicación de este homenaje, evidencia de una estrecha relación entre Martí y Acosta, el motivo de la intempestiva salida del poeta. El escrito despertó la ira de Guzmán Blanco, quien consideraba a Acosta su enemigo, razón por la cual exigió a Martí retractarse de los elogios o irse de inmediato del país. Fue así que el Apóstol, de altos valores éticos, decidió irse de Venezuela, no sin antes dejar carta a Fausto Teodoro de Aldrey, manifestándole: “Mañana dejo a Venezuela y me vuelvo camino de Nueva York. Con tal premura he resuelto este viaje, que ni el tiempo me alcanza a estrechar, antes de irme, las manos nobles que en esta ciudad se me han tendido (…) De América soy hijo: a ella me debo. Y de la América, a cuya revelación, sacudimiento y fundación urgente me consagro, ésta es la cuna (…) Deme Venezuela en qué servirla: ella tiene en mí un hijo.”

Luego de 184 días de incesante y creadora actividad política, intelectual y literaria, salió rumbo a Nueva York el 28 de julio de 1881 a bordo del vapor Claudius. Sería su amigo Arístides Rojas quien pagó su pasaje de regreso. Inevitablemente, la partida de Martí obligó al cese de la publicación de la Revista Venezolana, que es considerada por investigadores como el inicio del movimiento literario modernista.

En la carta a Aldrey, Martí indica explícitamente: “Por descontado deja de publicarse la Revista Venezolana (…) queda también, por tanto, suspendido el cobro de la primera mensualidad: nada de cobro ni podrá cobrar nadie en mi nombre, por ella; la suma recaudada ha sido hoy o mañana, devuelta a las personas que la satisficieron; obra a este objeto en manos respetables”.

LAZOS INDESTRUCTIBLES CON VENEZUELA

Aun cuando Martí tuvo que abandonar el país, continuó siendo colaborador de La Opinión Nacional a través de la columna Cartas de Nueva York y de la Sección Constante, para las cuales escribió durante cuatro meses bajo el seudónimo M de Z por petición de Teodoro Aldrey, y cuya identidad develaría posteriormente. En junio de 1882 dejó de publicar debido a un impasse con Aldrey y su hijo, quienes ejercían permanente censura sobre sus artículos por conveniencia política del diario con el gobierno de Guzmán Blanco.

Sin embargo, la relación con sus amigos venezolanos Diego Jugo Ramírez, Agustín Aveledo y Heraclio Martín de la Guardia se mantuvo a través de cartas. En mayo de 1882 envió impreso a Agustín Aveledo y a Diego Jugo Ramírez, el Ismaelillo. Contará también Martí que por esos días solía pasar sus tardes en Nueva York con Pérez Bonalde. De hecho será Martí quien realice el prólogo del Poema al Niágara, obra maestra del escritor y poeta venezolano.

BOLÍVAR Y MARTÍ: HOMBRES SOLARES

Fueron tantas y diversas las referencias y homenajes que rindió el poeta a lo largo de su obra al Libertador, que ha sido considerado albacea del pensamiento bolivariano, pues se dedicó, cual mandato, a retomar, actualizar y revivir el ideario para lograr hacer en sus propias palabras: lo que no pudo Bolívar. Cada texto dedicado al padre Bolívar es sublime y de exaltación preciosa donde honra y venera la entrega del héroe a la Patria y a la consecución de la unidad. Ideales que los unen y por los que ambos, en tiempos distintos, actúan con arrebatadora pasión desde la pluma, la palabra y las armas.

¿Pero cómo descubrió Martí al Libertador? Fue quizás a través de su maestro, el poeta Rafael María de Mendive, en cuya casa se realizaban frecuentemente tertulias literarias y políticas, de las que el joven participaba con destacado genio.

En ese ambiente, Pepe, como lo llamaba su maestro, aprendió el amor por la belleza, las letras y la fe en la Patria, a su vez, se despertó en él, el ansia por la independencia, pues Mendive apoyaba fervorosamente la causa independentista de Cuba. Allí empezó el sueño que le acompañará por siempre: Cuba libre. Quizás allí, la gesta bolivariana fue debatida, examinada, diseccionada como referente de lucha contra el imperio español.

En todo caso, si algo es seguro es que la idea de la independencia y la Patria llegaron con las letras, pues también, a través de obra poética de José María Heredia, conocido como el poeta de la libertad, cultivó Martí su convicción independentista, su vocación por la escritura y el amor por el héroe de la América Continental: Bolívar.

Heredia fue uno de los principales participantes del primer movimiento independentista en la Isla, denominado “Los Soles y Rayos de Bolívar” en el año 1823. Es reconocido hoy día como el poeta que inicia el camino de la poesía patriótica y revolucionaria en Cuba y quien vivió durante una breve temporada en Venezuela puesto que su padre, el magistrado José Francisco Heredia, fue oidor de la Audiencia de Caracas.

Destacan en el movimiento “Los Soles y Rayos de Bolívar” el colombiano José Fernández la Madrid, el peruano Manuel Lorenzo Vidaurre, el argentino José Antonio Miralla y el ecuatoriano Vicente Rocafuerte, cuyo jefe militar era el cubano José Francisco Lemus, coronel del ejército de Bolívar.

“Los Soles y Rayos de Bolívar”, evidente homenaje al Libertador, tenía por objetivo el derrocamiento del imperio español y la creación de una República para ser incorporada a la Gran Colombia que entonces presidía Simón Bolívar y abarcaba los actuales países de Venezuela, Colombia y Ecuador.

De hecho, debemos recordar que Bolívar, en 1815, en la Carta de Jamaica, ya había manifestado la necesidad de incluir a Cuba y a puerto Rico en el proceso de liberación, al señalar: “¿No son americanos estos insulares?, ¿no son vejados?, ¿no desearán su bienestar?”.

Sin embargo, a los pocos meses, la conspiración fue descubierta y Heredia condenado al destierro. En reconocimiento al gran poeta Heredia, en su discurso ofrecido en el Hardman Hall, Nueva York, el 30 de noviembre de 1889, Martí expresaría: “El que acaso despertó en mi alma, como en la de los cubanos todos, la pasión inextinguible por la libertad”.

De igual modo referiría en julio de 1888: “Heredia tiene un solo semejante en literatura, que es Bolívar. Olmedo, que cantó a Bolívar mejor que Heredia, no es el primer poeta americano. El primer poeta de América es Heredia. Sólo él ha puesto en sus versos la sublimidad, pompa y fuego de su naturaleza. El es volcánico como sus entrañas, y sereno como sus alturas”.

Quizás podamos ubicar allí las influencias de Bolívar, hombre de batallas con las ideas y con la espada, en Martí. Ideario y acción que fue enriqueciendo gracias a la angustia por conocer que tuvo el Apóstol, esa tan cercana a la urgencia de ser libre y que le hacía afirmar la necesidad de ser cultos para ser libre

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