Embajada de la República de Cuba en la República Bolivariana de Venezuela

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La temprana huella de Venezuela en Céspedes

Cespedes

Octubre suele intensificar el justo lugar que durante todo el año ocupa y merece en la historia Carlos Manuel de Céspedes: Padre de la Patria cubana y de quienes hemos habitado hasta hoy este archipiélago.

¿Qué niña o niño no lo “vio”, bandera y corazón en mano, liberando a sus esclavos en el ingenio La Demajagua, encabezando el alzamiento en armas que dio inicio a las guerras por la independencia de Cuba contra el dominio colonial español?

Fuertemente arraigado a lo más sensible de la memoria histórica, popular y cotidiana, ese pasaje sigue trascendiendo calendarios.

Con igual e intensa admiración, desde el pupitre escolar conocimos al Céspedes Presi­dente de la República en Armas, entregado sin descanso a la obra libertadora, capaz de dominar varios idiomas, más fuerte que las prisiones donde fue recluido en su preclara juventud, altruista sin par cuando negado a abandonar la lucha a cambio de la vida de su hijo, prisionero, expresó: “Oscar no es mi único hijo, lo son todos aquellos que mueran por nuestras libertades patrias”.

Lo que tal vez algunos no sabemos —y muy a la medida de estos tiempos viene bien conocerlo— es la presencia que tuvieron Bolívar y Venezuela tanto en el pensamiento como en la acción concreta de Céspedes, desde fecha tan temprana como el año 1855.

A ese singular instante me trasladó hace unos días lo apuntado por René González Barrios, presidente del Instituto de Historia de Cuba, al evocar en la agenda del 2014 la influencia directa y perdurable que dejó en Céspedes el venezolano Joaquín Márquez: hombre fiel a Bolívar y comandante en los ejércitos independentistas.

Preso junto a Céspedes —quien ya enarbolaba ideas emancipadoras—, Márquez cautivó a su compañero de celda, en el anclado buque de guerra Soberano (Santiago de Cuba, 1855) mediante relatos, anécdotas y hazañas acerca del Libertador.

No por casualidad, en congruencia con citas de González Barrios, al corresponder la simpatía del General y relevante político venezolano José Ruperto Monagas, Céspedes afirmó en misiva escrita el 10 de agosto de 1871: “Venezuela, que abrió a la América española el camino de la independencia y lo recorrió gloriosamente hasta cerrar su marcha en Ayacucho, es nuestra ilustre maestra de libertad, el dechado de dignidad, heroísmo y perseverancia que tenemos incesantemente a la vista los cubanos…”

Y, refiriéndose a Bolívar, en la misma epístola enfatiza: “Guiados por su benéfico influjo, estamos seguros de que alcanzaremos felizmente el término”.

Espacio que atesora rica correspondencia del Padre de la Patria, la Enciclopedia del Museo Casa Natal Carlos Manuel de Céspedes, permite acceder a frases o fragmentos así: “La Re­pública de Cuba considera como hijos propios a los naturales de Venezuela y demás Repúblicas sudamericanas… Los venezolanos de hoy son dignos hijos de los héroes de Carabobo, Junín y Ayacucho y como tales saben abatir la soberbia y arrogancia castellanas”.

También Ana Teresa Armas, especialista del citado museo bayamés, ha evocado la explícita gratitud de Céspedes, quien al dirigirse el 16 de junio de 1872 al presidente venezolano Antonio Guzmán Blanco ponderó la contribución hecha a la causa cubana por el General Manuel Garrido Páez (hijo de aquella tierra) y reiteró: “Nuestra Revolución, que mucho tiene que agradecer a Venezuela, y que espera confiadamente aún mucho de esa República, marcha, aunque con (el) trabajo inherente a toda guerra de independencia, hacia su triunfo”.

En esas y otras expresiones, por supuesto, estaban las tempranas enseñanzas de Joaquín Márquez dentro del buque Soberano, las solidarias expediciones de refuerzo a bordo del Virginius (con valiosos pertrechos y hombres como el General Manuel Garrido Páez) y subyacía la confianza de Céspedes en los venezolanos que formaron parte de su escolta, en dos ayudantes personales oriundos también de ese país y en el General José Miguel Barreto, a quien designó Ministro de la Guerra.

Con tal gratitud remontó las ingratitudes de su tiempo, hasta el fatídico 27 de febrero de 1874, cuando cayó con las botas puestas y el revólver humeante en su segura mano. Her­mosas palabras las de Manuel Sanguily ante la irreparable pérdida: “Céspedes no podía consentir que a él, encarnación soberana de la sublime rebeldía, le llevaran en triunfo los es­pañoles, preso y amarrado como un delincuente. Aceptó solo, por breves momentos, el gran combate de su pueblo: hizo frente con su revólver a los enemigos que se le encimaban, y herido de muerte por bala contraria, cayó en un barranco, como un sol de llamas que se hunde en el abismo”.

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