Embajada de la República de Cuba en la República Bolivariana de Venezuela

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Las sobradas capacidades de la cooperación

Colaboradores cubanos

CARACAS.— Pese al acoso y la crisis, todavía está intacta la Venezuela de amplias avenidas, combustible barato y vehículos veloces al centro de una maraña moderna que a menudo termina en accidentes. En uno de ellos, Bianka Cartenacci Uceche sufrió fracturas maxilofacial, en el radio y en el húmero que la obligaron a alojar en su cuerpo extrañas piezas de platino y titanio junto con tornillos que hasta entonces le parecían accesorios exclusivos de mecánicos y carpinteros.

Contra el acoso y la crisis, sigue en pie la Venezuela de la solidaridad que siempre comienza en un abrazo: desde hace una semana, Bianka es atendida sin costo alguno en la Sala de Rehabilitación Integral (SRI) Argelia Laya, del estado de Miranda. En los momentos más tristes todos le daban, como mejor receta, una recomendación: para fisiatría, ve con los cubanos. «Muchas personas que sufrieron accidentes y recobraron la movilidad me lo aconsejaron. Yo misma, que tengo poquito tiempo aquí, me asombro de los avances. En pocos días puedo tocarme la boca, bajar el brazo derecho. ¡Mire, hoy lo bajo más!», muestra entre asombro y emoción.

La fe hace milagros. Tras el de Bianka, que apenas comienza, puede estar en efecto la mano de El Médico de los Pobres venezolano que en pocos años de vida hizo mucho bien, a principios del siglo pasado, al punto de que el Vaticano lo nombró Venerable, pero también está la obra de miles de especialistas cubanos en respaldo a la Misión llamada como aquel, José Gregorio Hernández, programa que cumplió diez años dedicado a atender enfermedades genéticas y discapacidades.

Por lo que comenta Bianka, el prestigio de los colaboradores de la salud de la Isla no es nada accidental: «Todos hablan bien de las terapias que dan. Hasta en otros hospitales me decían que ellos son los mejores. No he conocido a alguien que me sugiriera ir a otro lado. Uno sale contento de aquí. A veces puedes pagar una consulta privada, pero ni te ven la cara al hablarte. Con ustedes se siente una sonrisa, una mirada, el calor de las personas… es bonito eso, y más cuando uno se siente mal…».

Venezuela enseña a caminar

Junto a Bianka está esa mañana el licenciado cubano en terapia física y rehabilitación José Blas Méndez Afonso. El espirituano está terminando su tercera misión en Venezuela, pero no se cansa de hacer el bien. «Se trata de luchar porque todos los pacientes salgan adelante. He visto muchos accidentes encefálicos, fracturas, artrosis, artritis… pero estoy aquí para dar el máximo, para pelear al lado de ellos con tal de que puedan reincorporarse a la sociedad».

Blasito, como es conocido en su Yaguajay natal, siempre quiso venir a Venezuela. La vida le dio tres oportunidades y en ellas ha cosechado anécdotas interminables. «Tuve un paciente accidentado —cuenta—, de solo 34 años, que quedó como un vegetal. Cuando en menos de un año lo pusimos a caminar no había quien los contuviera: ¡querían ir a Cuba a agradecerles a nuestras familias! Esta experiencia es única. Sí, yo creo que también Venezuela me ha enseñado a caminar a mí».

El cuerpo humano, que es una de las autopistas más anchas que se conoce, también es escenario de atascos y colisiones que pueden ser fatales. Franklin Chirino Manrique sufrió hace seis meses un accidente cerebrovascular y se puso en manos de los rehabilitadores cubanos. «Estaba inmóvil y ahora estoy de maravilla. Siempre me han atendido muy bien. Me siento satisfecho, pues, luchando, palante. Todavía falta; esto es poco a poco, pero todo bien. Llegué tirado en una silla de ruedas, me atendieron con paciencia y me fui recuperando».

Franklin tiene planes para cuando deje la silla: «Los planes son largos. Yo soy contador público y pienso reanimar mi carrera, trabajar para salir adelante en la vida. Que el señor me ayude», dice antes de otro intento por andar entre las barras de la sala.

La dedicación milagrosa

La doctora cubana Carmen Maday Canosa Carballo, asesora nacional de la José Gregorio Hernández y de las Salas de Rehabilitación Integral, recuerda que esta misión fue una idea de Chávez y Fidel que tuvo como antecedente el estudio sicosocial, pedagógico y clínico genético realizado en Cuba, entre 2001 y 2003, a personas con discapacidad y a sus familiares.

«El 15 de marzo de 2008 Chávez lanzó la constitución de la Misión José Gregorio Hernández y empezaron las visitas casa a casa para ayudar a estas personas y lograr ciudadanos plenos y felices. En 2014 estaban registradas en Venezuela 336 200 personas con discapacidad, con predominio de las físico-motoras, seguidas de las intelectuales», afirma la doctora.

La Misión incluye la atención a embarazadas de alto riesgo obstétrico y coloca en manos del pueblo un programa genético de alto nivel científico, pero esta vez Maday refiere detalles de la terapia física y la rehabilitación.

«Tenemos en Venezuela 586 Salas de Rehabilitación Integral, dedicadas no solo a la curación, pues también hacemos actividades de promoción encaminadas a fomentar estilos de vida saludables y a desarrollar labores para prevenir discapacidades. Trabajamos con las familias y comunidades para integrar a estas personas a la sociedad con igualdad de derechos y oportunidades», explica.

En total, tenemos más de      2 000 colaboradores de la salud en estas instalaciones, en cuatro perfiles: medicina física y rehabilitación, terapia física y rehabilitación, defectología y podología. En algunas salas se les suma personal venezolano, integrado sobre todo como fisioterapeutas y terapistas ocupacionales.

Articulando los afectos del mañana

En uno de los locales de la SRI Argelia Laya, el niño Elías Gutiérrez escucha a la especialista cubana: «¿Qué fruta es esta, la lechosa o la guayaba? ¿Cuál te gusta más?». Elías no responde: descubre la cámara y se desconcentra, pero Dailín Rivero Junco, la joven Licenciada en Logofono audiología, no pierde detalles de cómo evolucionan los trastornos del habla con que el pequeño llegó un día a su consulta. La joven tiene paciencia, repite y conquista.

Al lado de Elías está su mamá, Edita Soto Márquez, quien bendice el avance que Dailín ha estimulado en los diálogos de su hijo.

La licenciada lleva dos años en Venezuela y también atiende a adultos, pero los niños siempre son pacientes especiales. «Satisface mucho consultarlos a ellos y a sus familias. Nuestro objetivo es que, cuando termine su terapia, el niño se exprese correctamente, tenga un amplio vocabulario, acorde con su edad, y se comunique bien», comenta.

Yailín insiste en que su primera tarea es asesorar a las familias para favorecer en los niños el desarrollo del lenguaje, sobre todo entre los dos y los seis años. «Trabajamos con ellos desde el nacimiento; la familia debe estimularlos, no se puede esperar a que lleguen a la escuela», responde Yailín, quien se emociona al referir que muchos llegan con palabras aisladas, casi sin hablar, y luego salen expresándose con fluidez. «Los padres me preguntan qué hice. Yo no soy maga, simplemente los oriento y ayudo», señala.

Usted, por ejemplo, toca el corazón de este niño, ¿pero cómo él ha tocado el suyo?

«Elías y todos ellos. Vienen de hogares diferentes, de padres diferentes, pero siempre son especiales. Me gusta trabajar con ellos por la inocencia, por la risa que sacan en medio de la terapia, porque les dices algo y para ellos significa otra cosa. Desde aquí sé que ayudo a formar un hombre nuevo, más preparado para el futuro de Venezuela. Ellos me tocan el corazón porque despiertan en mí la parte más sensible y humana que todos tenemos».

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