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Nemesia: El rostro de esta mujer no engaña

Eso me dije la tarde en que abracé a Nemesia, La Flor Carbonera. El ataque a Girón, en la Ciénaga de Zapata, no solo la había dejado huérfana de sus anhelados zapaticos blancos, cuando pretendían escapar de la comunidad de Soplillar donde vivían, bajo aquel bombardeo. Mas a pesar de los años, no había perdido la humildad, la sencillez ni la frescura infantil de aquella niña campesina.

Nemesia aún vivía el asombro de que un gran poeta como el Indio Naborí la hubiera inmortalizado en sus versos, cuando escribiera aquel estremecedor soneto donde decía, más con el corazón que con la poesía, “Vengo de allá, de la Ciénaga,/ del redimido pantano./ Traigo un manojo de anécdotas/ profundas, que se me entraron/ por el tronco de la sangre/ hasta la raíz del llanto./ Oídme la historia triste/ de unos zapaticos blancos…”

No recuerdo por qué extraño sortilegio saltó de sus labios, en aquella conversación, el nombre de Vilma y se le encendieron los ojos como dos carbones especiales, dentro de aquella tierra carbonera entre ciénaga y pantano. Quizá me quería decir, y no le alcanzaban las palabras, que a ella le hubiera gustado estar en la piel de alguna de las heroínas que abrazaron a la Revolución desde la propia Sierra. La “trepadora” Celia que lo envolvía todo con su pasión de orquídea aferrada al tronco de su pueblo que le daba la sabia para que respirara, había mandado a Naborí a escribir los meridianos versos, cuando ahora los zapatos blancos (como aquellos de rosa “guardados en un cristal…”) son la evidencia más atroz, desde el museo donde reposan, de la barbarie yanqui y los sueños destrozados de una niña.

“El rostro de esta mujer no engaña”, pensé, también, la tarde en que conocí a Vilma, cuando, como presidenta de la Federación de Mujeres Cubanas, me entregaba un premio en un concurso literario sobre la mujer. Era la altivez de la palma mezclada con la sencillez diáfana del río. “La revolucionaria más bonita” —como le había llamado su hija Celia Hart Santamaría en un artículo lleno de dolor y admiración por no haber podido estar presente en aquel junio de 2007, cuando palideció la mariposa y se deshizo en humus—, había estrechado mi mano y me había dado un beso para premiarme doblemente.

Después, el pasado año, mientras retrataba en el desfile del Primero de Mayo, esta mujer me sorprendió desde detrás del lente, cuando en la apresurada marcha pasaba frente a la tribuna y recordé la misma frase. La fortaleza de su estampa me hizo creer que el mapa patriótico de este país hubiera quedado incompleto sin el trazo de luz de una Mariana, de una Leonor, de una Celia, de una Vilma, de una Nemesia…

Hoy, cuando veamos a tantas y tantas mujeres, desde las filas del Congreso, el ímpetu de la delicadeza humana, ese ingrediente exacto que ennoblece la bravura, estará bordando otra vez nuestra Bandera, la misma de Céspedes y una nueva, esa que nos toca alzar a todos los cubanos ahora, para que la Patria tenga, una vez más, los tonos “de un verde claro y de un carmín encendido” en ese rostro que nos conmueve siempre.

Tomado de http://www.invasor.cu/

A continuación Elegia de los zapaticos blanco del poeta cubano El Indio Naborí

Vengo de allá de la Ciénaga,
del redimido pantano…
Traigo un manojo de anécdotas
profundas, que se me entraron
por el tronco de la sangre
hasta la raíz del llanto.
Oídme la historia triste
de unos zapaticos blancos…
Nemesia flor carbonera-
creció con los pies descalzos,
¡Hasta rompía las piedras
con las piedras de sus callos!
Pero siempre tuvo el sueño
de unos zapaticos blancos.
Ya los creía imposibles,
los veía tan lejanos
como aquel lucero azul
que en el crepúsculo vago
abría su flor celeste
sobre el dolor del pantano.
Un día, llegó a la Ciénaga,
algo nuevo, inesperado,
algo que llevó la luz
a los viejos bosques náufragos.
Era la Revolución,
era el sol de Fidel Castro.
Era el camino triunfante
sobre un infierno de fango.
Eran las cooperativas
del carbón y del pescado.
Un asombro de monedas
en las carboneras manos,
en las manos pescadoras,
en todas, todas las manos.
Alba de letras y números
sobre el carbón despuntando.
Una mañana…¡qué gloria!
Nemesia salió cantando.
Llevaba en sus pies el triunfo
de unos zapaticos blancos.
Era la blanca derrota
de un pretérito descalzo.
¡Qué linda estaba el domingo
Nemesia con sus zapatos!
Pero el lunes…¡despertó
bajo cien truenos de espanto!
Sobre su casa guajira
volaban furiosos pájaros.
Eran los aviones yanquis,
eran buitres mercenarios.
Nemesia vio caer muerta
a la madre. Vio sangrando
a sus hermanitos. Vio
un huracán de disparos
agujereando los lirios
de sus zapaticos blancos.
Gritaba trágicamente:
¡Malditos los mercenarios!
¡Ay mis hermanos! ¡Ay mi madre!
¡Ay, mis zapaticos blancos!
Acaso el monstruo se dijo:
“Si las madres están dandoo
hijos libres y valientes,
que mueran bajo el espanto
de mis bombas…¡Quien ha visto
carboneros con zapatos!”
Pero Nemesia no llora,
sabe que los milicianos
rompieron a los traidores
que a su madre asesinaron.
Sabe que nada en el mundo
-ni yanqui ni mercenario-
apagará en esta Patria
este sol que está brillando,
para que todas las niñas
¡tengan zapaticos blancos!

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