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Ni un solo día de consuelo

Fabio Di Celmo. Foto: Archivo

Después que el 4 de septiembre de 1997 una bomba colocada por un mercenario pagado por la CIA en el Hotel Copacabana, de nuestra capital, provocó la muerte de su hijo Fabio, Giustino Di Celmo no ha tenido un solo día de consuelo.

Una de esas tantas horas sin sueño, en la solitaria habitación de ese hotel, tomó un bolígrafo y un papel y escribió:

«A Fabio, mi hijo: Estabas aún en el/ vientre de tu madre/ y de alegría, / lloré./ Eras un niño y/ por tus fiebres y/ tus caídas,/ lloré. / Eras un joven y/ por el temor y la angustia/ a la decisión de tu vida, lloré./ Cuando la bomba asesina/ apagó tu joven vida,/ no tengo más lágrimas/para llorar».

La noticia de su asesinato en el Copacabana conmovió al pueblo cubano y a la opinión pública internacional. Se expandió a todo el mundo en cuestión de minutos. El nombre del joven italiano salió en las páginas de todos los periódicos.

Perdió la vida con solo 32 años. Era, como su padre, un hombre de negocios, un empresario italo-canadiense, no un turista como a veces se ha dicho. El disfrazado de turista fue el asesino, el mercenario salvadoreño.

Tres amigos de la infancia —Fabio, Enrico Gallo y Francesa Argeli— se reunían en el lobby-bar de la instalación turística. La pareja de coterráneos estaban de luna de miel, invitados por Fabio. El matrimonio tenía pasaje de regreso el mismo día 4 de septiembre, a las tres de la tarde. Se despedían. Italia sería el lugar de su próximo encuentro. Explotó la bomba, provocó la muerte y se rompieron, junto con las ventanas, los cristales y muebles, los sueños y los planes.

El más pequeño de los tres hijos del matrimonio Giustino Di Celmo y Ora Bassi había caído mortalmente herido con una esquirla de metal del cenicero donde el mercenario colocó el explosivo, clavada en la arteria carótida.

Ese jueves al mediodía fueron víctimas del terrorismo los hoteles habaneros Copacabana, Chateau Miramar y Tritón, entre las 12:11 p.m. y las 12:31 p.m.

Al otro día, el 5 de septiembre, a las 8 de la noche, en una oficina de la Clínica Cira García, sita en calle 20 número 4101, esquina a Avenida 41, en Playa, muy cerca de donde estuvo el cadáver de Fabio, su padre Giustino brindaba su testimonio al oficial instructor del caso, declaración que obra en la foja número 294 del expediente de instrucción de la causa contra los actores del criminal acto de terrorismo.

Dijo que esa noche del 5 llegaría de Canadá su otro hijo, Livio, para los trámites del cuerpo de Fabio, porque él estaba afectado emocionalmente.

Declaraciones de Giustino

Giustino expresó durante el proceso de instrucción que hacía responsable de estos hechos a Estados Unidos, a la mafia de Miami y a todos sus secuaces. Que él, como veterano de la II Guerra Mundial y luchador contra el fascismo, es un hombre progresista y quiere la paz para Cuba, por lo que ha ayudado modestamente al país y lo seguirá haciendo.

Aseguró que actos como este persiguen destruir los potenciales turísticos cubanos, cada vez más crecientes, para que los viajeros no lleguen a nuestro país, entre ellos los italianos. Pero que seguirá abogando en su nación porque las personas vengan a Cuba, tal como hacía el mismo Fabio.

Giustino, con 76 años, declaró que él y Fabio tenían negocios con el Ministerio de Comercio Interior de nuestro país y por eso habían llegado a proveer a la Isla de madera, textiles y disímiles artículos para hoteles y otras entidades.

Precisó que tenían visa como comerciantes. Que Fabio vino del exterior el 3 de septiembre y se albergaba en una vivienda en calle 46 A. número 303, altos, entre 3ra. y 3ra. A, en Playa.

Giustino —que estaba en el hotel— iba a reunirse en el almuerzo con los tres jóvenes. Oyó la explosión. Pensó que había sido una cocina de gas. A los pocos minutos lo llamaron desde la carpeta para decirle que su hijo estaba gravemente herido en el cuello y fue llevado con urgencia hacia la Clínica Cira García. El matrimonio también fue trasladado para ser atendido por los médicos.

Ese mismo día explotó también una bomba en La Bodeguita del Medio, a las 11 de la noche.

Con esta última explosión, eran ya 11 los artefactos explosivos colocados en lugares turísticos, entre estos el colocado en abril de ese mismo año 1997 en la discoteca del hotel Meliá-Cohiba.

Capturado el asesino

La Seguridad del Estado detuvo el mismo día 4 al terrorista salvadoreño Raúl Ernesto Cruz León, quien había llegado al país como turista el 31 de agosto, procedente de Guatemala.

El detenido dijo que entró al país explosivo del tipo C-4, utilizado en estos hechos. Y confesó ser el autor material de las cuatro explosiones, incluidas las de los hoteles Capri y Nacional, del 12 de julio de aquel año.

Era agente mercenario reclutado en el exterior, entrenado y abastecido para realizar estas acciones. Por cada bomba le pagaron 4 500 dólares. Recibió entrenamiento en El Salvador, y allí también fue provisto de los medios necesarios, la lista de posibles objetivos, los boletos de avión y el dinero para sus gastos.

Declaró haber pertenecido al ejército salvadoreño, donde recibió entrenamiento como paracaidista y francotirador, esto último en el estado norteamericano de Georgia. Y dijo haber recibido curso de explosivos con instructores estadounidenses. Se autocalificó como aventurero temerario.

Así se comprobó el montaje y desarrollo de una operación minuciosamente organizada desde la ciudad de Miami, Estados Unidos, por una estructura subversiva subordinada a la llamada Fundación Nacional Cubano Americana (FNCA) dirigida por el cabecilla contrarrevolucionario Jorge Mas Canosa.

La Seguridad cubana sabía que en El Salvador operaba una red de mercenarios dedicada al terrorismo y al narcotráfico, estrechamente vinculada a la contrarrevolución cubana en Miami y hasta que esos contrarrevolucionarios mantenían relaciones con los escuadrones de la muerte salvadoreños.

Un dato clave: entre abril de 1994 y septiembre de 1997, el Departamento de Seguridad del Estado tuvo noticias de más de 30 planes terroristas contra Cuba desde Miami, entre estos más de 15 con explosivo C-4, organizados por la FNCA y otros grupos contrarrevolucionarios como el Alpha 66, el PUND (denominado Partido de la Unidad Democrática) y el grupo de Orlando Bosch, responsable del crimen de Barbados.

Uno de estos planes terminó en la detención, en marzo de 1995, de los terroristas de origen cubano Santos Armando Martínez Rueda y Jorge Enrique Ramírez Oro, residentes en Miami, que viajaron con pasaportes falsos como supuestos turistas de Costa Rica, para hacer estallar una carga explosiva en un hotel.

Se infiltraron en territorio de Las Tunas con 51 libras de explosivo C-4. Su intento fracasó y fueron sancionados a largas penas de prisión. Eran mercenarios que actuaban bajo cobertura para agredir el programa turístico y afectar así la economía del país.

Lo anterior fue informado entonces por el MININT, que afirmó que resultaba poco creíble que los experimentados y sofisticados servicios de seguridad e inteligencia de Estados Unidos no hubieran sido capaces de abortar estos planes y detener a sus responsables.

Todo fue un plan concebido para tratar de engañar y confundir a la opinión pública internacional.

En realidad Luis Posada Carriles, terrorista y veterano de la CIA, apodado «Bambi», estaba detrás de las bombas en nuestros hoteles. Se entrenó como experto en demolición para la invasión de Playa Girón y después ingresó al ejército norteamericano como segundo teniente.

Lo abandonó para unirse en 1965 a un grupo paramilitar de Manuel Arrimes. Escapó de la cárcel en 1985 y fue a El Salvador para un programa aprobado por la Casa Blanca encaminado a dejar abastecimiento a los contra nicaragüenses que asediaban al Gobierno sandinista, lo cual dio lugar al escándalo Irán-Contras.

Posada fue entrenado por la CIA en guerra de guerrillas en el decenio de 1960. Con increíble cinismo y desfachatez, calificó el hecho de la muerte de Fabio como «un accidente fortuito». Y al diario The New York Times confesó: «Duermo como un bebé… Ese italiano estaba en el lugar equivocado, en el momento equivocado».

La periodista Marie Claude Girard entrevistó para La Presse a Livio Di Celmo, quien dijo estar «consternado, enojado. Mi hermano amaba a Cuba y la visitaba frecuentemente. Esos son perros de la CIA, sin duda, los que han hecho explotar esas bombas».

Un padre entre el amor y el dolor

«A 15 años de la desaparición física de mi hijo, mi desconsuelo aumenta», confesó este lunes a JR Giustino Di Celmo. «Una coincidencia aumenta mi dolor. Mi querida esposa Ora Bassi murió a las ocho de la mañana del 1ro. de junio de este año y mi hijo menor, Fabio, nació el 1ro. de junio de 1965, también a esa hora», contó.

«No obstante, me siento tranquilo. Me parece que Fabio me acompaña por La Habana, como hacíamos siempre al salir a trabajar, a pasear o a hacer una visita».

El terrorismo no mata solo a una persona, a un ser querido; destruye a toda su familia, y eso fue lo que hizo con la mía, agregó.

«La muerte de Fabio es el dolor más grande de mi vida, junto a la de mi esposa, a quien tuve que dejar sola en Italia por estar en el lugar donde nuestro hijo murió. Yo moriré aquí en Cuba, al lado del pueblo que él admiró y amó», expresó Giustino.

Fuente: El muchacho del Copacabana, Acela A. Caner Román, Editorial José Martí, 1999. Información del MININT, La Habana, 10/09/1997.

Tomado de Juventud Rebelde

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