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Sorpresa en Maturín

Maturin

La vida sigue remachándonos que el mundo es una pequeña pelota giratoria, cuyas complejas rotaciones hacen coincidir a algunos seres humanos en los lugares que menos imaginan.

Si no, pregúntenles a Jorge Luis de la Torre y a Ricardo Álvarez Cardoso, dos obreros humildes, de 45 y 52 abriles, respectivamente, que han compartido coordenadas durante 20 años en los sitios más insospechados.

Ambos trabajaron como operadores eléctricos de un turbogenerador de 12 000 kilowatts en el central Argelia Libre, de Manatí, en Las Tunas, hasta que un día el complejo agroindustrial tuvo que abrocharse su garganta moledora y se vieron envueltos en los cambios emanados de la tarea Álvaro Reynoso. Así, andando el tiempo, confluyeron en el montaje y puesta en marcha de los primeros grupos electrógenos en su municipio.

Más tarde el azar los llevó a converger varias veces en las movilizaciones surgidas de las emergencias de los ciclones tropicales. Estuvieron «batidos» después del Ike, por ejemplo, en la provincia de Holguín.

Pero un buen día a Jorge le propusieron marchar como colaborador para la República Bolivariana de Venezuela y, como buenos amigos de dos décadas, se despidieron con un abrazo y con la promesa de verse a los dos años en alguna calle de Manatí.

A él le asignaron la tarea de trabajar en la central eléctrica Cruz Peraza, ubicada en las afueras de Maturín, estado de Monagas. Allí existe una batería de grupos electrógenos (de 8 000 kilowatts), que se activa por lo general en los momentos de alta demanda, para ayudar al sistema.

Como había sido pionero del funcionamiento de los electrógenos en Las Tunas, fue elegido, junto a siete venezolanos, para operar la planta. Esta, como otras, busca garantizar la seguridad eléctrica nacional, una de las directrices del Gobierno Bolivariano.

En abril de 2012, dos meses después de su llegada a la ciudad capital de Monagas, Jorge fue sorprendido con una noticia: había llegado Ricardo desde Las Tunas a laborar también como operador en Cruz Peraza.

«No puedes imaginar la alegría que nos dio, qué coincidencia más grande; pudieron haberme ubicado en cualquier otro lugar de este país, que es inmenso, pero mírame aquí junto a mi amigo», dice el último en tocar tierra de Chávez.

Desde esa fecha ambos, junto a la pinareña Midiala Padrón y los siete venezolanos, llevan las rutinas de la central eléctrica: revisan los parámetros, cambian aceite… y sincronizan las diez máquinas.

«No venimos a enseñar nada, sino a dar nuestro modesto aporte con la experiencia que tenemos de trabajar en contingencias con grupos electrógenos», asegura Jorge Luis.

Ahora en los descansos, después de turnos de 24 horas, evocan a los hijos que dejaron en su pueblo. Hablan de los cumpleaños de Nuris, Keren e Isac, hijos de Jorge. O de los sueños de Richard, Julio Enrique y Yanet, retoños de Ricardo.

«Estuve en Angola, de 1984 a 1986, y echaba de menos, pero aquí a veces el gorrión te agarra y te arrastra hasta que echas la lagrimita», confiesa en voz baja Ricardo.

De ese modo ambos cruzan las largas guardarrayas de los tiempos recordando no solo a los suyos, sino también las bromas en las madrugadas cuando el central molía, el color de sus casas, los pedazos sagrados del terruño.

Vadean el viejo campo de fútbol que tantos goleadores dio, la chimenea del ingenio más recta con el tiempo, los postes, las esquinas. Escuchan a Barbarito Diez —Bárbaro en la distancia— y el susurro de las olas. E imaginan la costa que les aguarda con más sol y más espuma.

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