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Un Bolívar, dos películas

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La cinta venezolana Libertador, de Alberto Arvelo, se suma a la lista de presentaciones especiales del Festival de La Habana y le hace compañía al anunciado filme Bolívar, el hombre de las dificultades, de Luis Alberto Lamata, también producida en la tierra que vio nacer al prócer latinoamericano.

Ambos filmes se lanzan por el camino de la ficción a correr el velo de los tiempos y traernos de vuelta a Simón Bolívar, tratando de abarcar sus múltiples dimensiones: el estratega militar y el político, con sus debilidades humanas, sus pasiones, e indetenible ante la lucha por la soberanía de los pueblos americanos.

Pero aunque Libertador y Bolívar… apunten a una misma persona, por supuesto no se trata de la misma película. La de Arvelo apuesta por un cine monumental, impecable en su puesta en escena para tratar de recrear de la manera más fiel posible los lugares de la época y el vestuario. Es una cinta que se apoya en la producción, en un elenco internacional de primer nivel, y prefiere abarcar toda la historia de Bolívar, si es que eso es posible, para brindarnos una mirada panorámica, de seguimiento biográfico en el que se barre desde la niñez, su despertar político y sucesos trágicos que le sacudieron la vida como la muerte de sus padres y de su primera esposa, para entonces lanzarse a ensalzar las epopeyas del vencedor de Carabobo.

Es este un Bolívar que también tiene sus dificultades. Y su humanización consistió, según el propio realizador, en «tratar de alejarse de las pinturas de los museos y del cine de historiadores, y concentrarse en el hombre».

Desfilan por la pantalla primeras figuras internacionales que aseguran un reparto de lujo. De esta manera la española María Valverde, ganadora de un Goya por su papel en La flaqueza del bolchevique, encarna a la esposa, María Teresa Rodríguez del Toro; mientras que a la apasionada Manuelita Sáenz le da vida la colombiana Juana Acosta. El reparto de la cinta cuenta además con el español Imanol Arias (Cecilia, Camila, Brigada Central), en el rol del general realista español Domingo de Monteverde, y el actor estadounidense Danny Huston (21 gramos) en el papel de Martin Torkington, un británico con intereses exclusivamente comerciales en las independizadas ex colonias españolas.

Pero no solo un selecto reparto respalda esta cinta. El resto de los involucrados en esta propuesta también luce credenciales de peso: su guionista es el estadounidense Timothy J. Sexton, nominado a un Óscar por su trabajo para Hijos del hombre (2006), de Alfonso Cuarón, mientras que el montaje descansó en las certeras manos del indio Tariq Anwar, también postulado a la estatuilla por El discurso del rey. La lista de especialistas la completan el director de orquesta Gustavo Dudamel, venezolano y titular de la Filarmónica de Los Ángeles, quien compuso la banda sonora; la vestuarista española Sonia Grande (Medianoche en París); el diseñador de producción Paul Austerberry (Crepúsculo), y el director español de fotografía Xavi Giménez, ganador de un Goya por su trabajo en Ágora, de Amenábar.

En tanto, el Bolívar de Lamata no pretende ser tan abarcador y escoge para el relato solo un segmento de su vida, y no precisamente el más áureo. Es mayo de 1815, y luego de caer estrepitosamente la Segunda República, un Simón Bolívar derrotado sin ejército ni recursos se refugia en Jamaica y luego en Haití.

«Ese es probablemente uno de los años más difíciles de la vida del Libertador, pero también un año que conocemos poco. ¿Por qué es ese un Bolívar que va a llamar la atención de la gente? Primero porque es un Bolívar de a pie, pobre, exiliado, discutido, es un Bolívar que tiene que ganarse su liderazgo. No es alguien que dice este soy yo, Bolívar, soy el jefe. No, no, no, él tiene que ganarse el liderazgo en la película. Eso era algo interesante para nosotros; no es un héroe invicto, conoce la derrota, pero su gran virtud es saberse levantar de ella. No es un superhéroe; es un ser humano extraordinario», explicó en una entrevista el autor de Jericó (1990), Desnudo con naranjas (1995), Miranda regresa (2007), El enemigo (2008) y Taita Boves (2010).

El filme de Lamata también se afianza en un soporte internacional al ser una producción de la Villa del Cine y contar con la colaboración del Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos y de TVE de España. Gran parte de esta película se rodó en Cuba, con la participación de elenco y técnicos cubanos. Las locaciones que remiten a la época colonial se encontraron en La Cabaña, El Morro y en la ciudad de Trinidad, en Sancti Spíritus.

Curiosamente los actores que dan vida a Simón no son otros que Roque Valero y Edgar Ramírez, quienes estuvieron juntos en la pantalla en Punto y raya, de Elia Schneider, donde interpretaban a dos soldados de bandos contrarios, pero aunados por las circunstancias. Vuelven nuevamente Roque y Edgar a disputar ante el público, esta vez en la ardua tarea de encarnar al héroe mítico, cuya imagen va ligada al imaginario popular del continente todo.

A Ramírez muchos lo conocimos gracias a su retrato de Ilich Ramírez Sánchez, conocido como el Chacal, en la película Carlos, y también lo vimos interpretar a un personaje real en la cinta Che, de Steven Soderbergh, donde dio vida al luchador cubano Ciro Redondo. Este joven actor, quien participó además en Zero Dark Thirty, la cinta de la ganadora del Óscar, Kathryn Bigelow, ya ha cosechado en su carrera varios lauros significativos como el premio César y una nominación a los Globos de Oro.

Roque también ha seguido una carrera cuesta arriba después de llevarse el Coral a la mejor actuación masculina y el Sol de Oro en el Festival Internacional de Cine Latinoamericano de Biarritz, ambos por su desempeño en la cinta de Schneider. Su trayectoria artística incluye el rol protagónico de la telenovela Ciudad bendita, además de su incursión en la música profesional con sus discos Cae el Amor y Todo va a salir bien, los dos galardonados con el Disco de Oro.

Más que coincidencia o reiteración temática, hay riesgo en la cinematografía venezolana al proponer a la vez dos visitas a la inquietante historia del líder latinoamericano, un hecho que habla de la vigencia de su figura, y de que las complejidades humanas no se agotan con un guión ni con mil. Atreverse con la historia de nuestros pueblos y poner rostro a nuestros héroes es la manera natural de validar que nuestras proezas son tan dignas de contarse en el celuloide como las de Atila, Alejandro Magno o Leónidas. Que el Libertador, entonces, continúe desmoronando dificultades.

 

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