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Una historia de amor grande

Cultura corazon adentro

COLINAS DE SAN LORENZO, Cojedes, Venezuela.—En este lugar de polvo blanco, ranchos pobres y mucha, muchísima humildad, no son tales las colinas; a no ser por las alturas tremendas de la virtud hu­mana, que se empina diariamente al paso de los tres cubanos que allí habitan y trabajan.

Son tres, pero a la vista nunca están ellos solos, porque arrastran consigo donde quiera que van al grupo grande de niños de la zona, varias veces con padres incluidos, y en cada casa que abordan en­cuentran puertas abiertas, suman a la familia y se hacen parte de ella.

En Colinas de San Lorenzo radica la única Base de Misiones del mu­nicipio de Tinaco, en el estado de Cojedes. La institución garantiza pa­ra este asentamiento de extrema pobreza el acceso integral a los servicios de salud, cultura y deportes que ofrecen los jóvenes cubanos.
Con ellos, dicen los vecinos, la Revolución Bolivariana se hizo más grande en el lugar, y la comunidad cambió de un modo que, si no se acude allí a comprobarlo en los testimonios de su gente, no hay forma de creerlo.

LA OTRA MADRE DE ELIÉCER

La casita de Omaira, por ejemplo, no tiene cerraduras para ellos. Especialmente María Milagros, la colaboradora deportiva, ocupó en aquel hogar un espacio de segunda madre, porque el niño que un día le presentaron en calidad de paciente para rehabilitación, hoy se agita en la camita y ríe exaltado, cuando la voz de la muchacha atraviesa sin permiso la pequeña sala.

Eliécer Quiñones, tiene 14 años, pero el padecimiento de una parálisis cerebral infantil, complicada con sifoescoliosis, limita severamente el movimiento del cuerpo y lo obliga a la quietud de la cama, la silla de ruedas… o los brazos de María.

“Él es mi vida…”, solo alcanza a decir antes de amarrar la voz con un nudo de lágrimas. Siempre lo carga en sus piernas después de cada se­sión terapéutica, y es así como, ahora, cuenta su historia la mulata cienfueguera.

“Llegué a la comunidad como quien viene a cumplir una tarea, pero muy rápido se convirtió en recompensa, y en eso el caso de Eliécer fue esencial.

“Conocerlo a él y a su mamá es lo mejor que me ha sucedido en Ve­nezuela, sentir que puedo ayudar. Después de la terapia, hago cualquier cosa aquí, desde cocinar, hasta dar las medicinas al niño, su comida, bañarlo incluso. Me siento como en mi propia casa, y puedo dar todo cuanto tengo de amiga y de madre, porque en Cuba me esperan dos pequeñas”.

Pero el hogar de Eliécer es la expresión familiar, digamos que en pequeña escala, de lo que logró Ma­ría Milagros en la comunidad; porque el carisma y la generosidad contagian masivamente; trastocando el caserío antes apático y frío, en la agitación física del círculo de abuelos, la escuela, el kinder, o la bailoterapia que moviliza las tardes en el patio.

“El mayor resultado ha sido la integración de la gente a la base de misiones. Hoy somos el centro de la comunidad, y con nuestro trabajo ha mejorado mucho el ambiente, de seguridad, de las propias relaciones entre los vecinos.

“La gente se suma sola a los proyectos, pregunta espontáneamente, manifiesta su interés, la juventud so­bre todo. Ocurrió cuando hicimos el gimnasio rústico, y con el aporte de todos resultó una obra envidiable.

“El impacto de la base ha crecido como un niño que nace, lo cargas, lo acaricias y cuidas hasta que se hace mayor. Así quisimos hacerlo, y definitivamente, hemos marcado un an­tes y un después”.

UN ARTE MATERNAL

“Hemos marcado…”, enfatiza Ma­ría al decir, porque en todo lo que es hoy Colinas de San Lorenzo hay una firma de tres.

Digamos que el concierto asistencial que representa allí la Base de Misiones, tiene también el sello de una nota musical muy distintiva: la gracia de una instructora cultural de Mayajigua. Ella vino desde los predios espirituanos del Ya­gua­jay a los contornos rurales del Ti­naco co­jedeño, para sembrar la se­milla del arte y recoger los frutos multiplicados de su vocación.

Con 27 añitos, Jhoamna López adelanta también sus cualidades de madre, y anda por el asentamiento como dueña de todos los pollitos: “Cuando me buscan no preguntan por la profe de Cultura, sino por la mamá de los niños aquí. Esa soy yo”.

Y es que su historia, como la de Ahmed, el médico habanero, empezó con la Base de Misiones, incluso cuando la obra civil aún no se culminaba.

“Comencé con seis niños y ahorita tengo 34”, detalla, y el venezolanismo se le escapa sin rubor, “porque si vives con ellos todo el tiempo, claro que se te pegan sus cosas, sus maneras de hablar. Eso mismo es un motivo permanente de broma entre los pequeños y yo; ellos corrigiéndome sus términos y yo puliendo el cubaneo. Es una fiesta.

“Fueron los niños los primeros que busqué al llegar aquí, y hoy es casi una compañía donde todos ha­cen de todo, porque no quieren perderse nada, y además, tienen el ta­lento para hacerlo bien: bailar, cantar, actuar, pintar…

“Armé una especie de Col­me­nita, pero llamada Avalancha en las Colinas.  Especialistas del municipio vienen a impartirles talleres de teatro, artes plásticas, música, dan­za, artesanía, literatura, y hay que ver el interés que prestan. Dedican todo el tiempo posible a estar aquí, en la base”.

Jhoamna explica la comunión del trinomio en el ejemplo de las bailoterapias: “Mientras las madres prac­tican, sus hijos están conmigo, ensayando, dibujando, montando las obras; aunque ya hace tiempo la confianza subió de nivel. Me los de­jan en casa cuando hay una presentación y sus padres no estarán para llevarlos, y hasta nos vamos con ellos al Mercal, a comprar comida o caminar el caserío.

“Un día propusieron, antes de irme de vacaciones a Cuba, hacer una pijamada en la casa. ¿Te imaginas todos esos muchachos? Los tres, Ahmed, María y yo aceptamos para complacerlos y terminó siendo una fiesta linda.

“Les dije que vinieran a las siete, y ya a las seis todos estaban en el portal con sus almohadas, hasta el otro día. Fue una locura con la casa llena de aquellos niños, de juegos, de cuentos, hasta que se quedaron dormidos. Esa noche, mirándolos rendidos, entendí bien por qué me veían como una madre, y a la Base de Misiones como la casa grande de todos ellos.

“Pensé en los milagros sociales que logra la cultura si lucha contra la marginación y la ignorancia; pensé en lo que persigue esta Revolución atenta a las necesidades de sus po­bres; pero pensé también en Cuba, en los cubanos, me vi allí… y me sentí orgullosa”.

AMOR Y BENDICIÓN

De tanto andar por el barrio, de puerta en puerta, a Ahmed Her­nán­dez lo estiman igual, tanto al sanar el dolor con la medicina exacta, co­mo cuando simplemente llega a cualquier casa, a preguntar por los enfermos y los sanos, con el “esteto” al cuello y una broma a flor de labios.
A él se han acostumbrado en las Colinas, trasgrediendo los patios y el polvo del camino, sin la más mínima seña de aquel que nació y creció en la urbanidad total de la capital cubana. Tal vez por eso resume, en el peregrinar, su mejor experiencia: “Caminar las casas, llegar a todos los lugares donde alguien pueda necesitarme”.

“Es que aquí no existía asistencia médica a la mano. Debían moverse al CDI (Centro de Diagnóstico In­te­gral) o al hospital lejano, después de en­contrar transporte. Esa es la carencia que vinimos a suplir, mientras ayudamos a formar sus propios mé­dicos. Tenemos que hacerlo bien”.

Al venir a Venezuela tenía ya 15 años de trabajo, pero junto a María y Jhoamna completó el trío excepcional de primerizos en una misión, que alentados por el ímpetu de quienes se estrenan, han logrado la aleación casi perfecta de un excelente equipo de trabajo.

“Lo mismo doy una bailoterapia que monto una obra de teatro, pero igual las tengo a ellas como mis dos mejores enfermeras. De eso se trata, que seamos los tres co­mo uno solo”, afirma Ahmed.

Los tres colaboradores se reencuentran en el portal de la casa de Eliécer, y al final de una canción interpretada por los mismos niños vecinos, Omaira Quiñones, la ma­má, sintetiza lo que han sido estos  muchachos para ella y su barrio pobre.
A través de las lágrimas que tiemblan en sus ojos, los repasa uno a uno y se detiene:

“En el cariño de María mi hijo se recupera, muy lento, pero feliz. To­dos sus sentimientos alegres le salen a flor de piel cuando ella está. Es su otra madre y mi hermana.

“Con las sorpresas hermosas que siempre se trae Jhoamna, Eliécer sonríe, mientras la madre se emociona más. Y gracias al doctor, a su presencia, no he vuelto a correr con el niño en brazos a la carretera, buscando salvación.

“Conozco médicos que apartan a los pobres por tener escabiosis, y también gente mala que me ha dicho con frialdad: hija, pon al niño en manos de Dios, no seas cruel, mira como lo tienes viviendo en este mundo.

“Pero con mis cubanitos aprendí que hay oportunidades para todas las personas, que no hay problema insalvable cuando el amor existe, ese amor grande que nos prodigan, solidario, de respeto, desprendido y sincero.

“Eso son ustedes, un amor grande, una bendición concedida a mi familia y a este pueblo”.

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