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Vencer lo insospechado

Degnis

Repasando lo que les ha tocado no es difícil entender que la vida no siempre resulta tan épica como solemos pintarla. Yendo a sus historias, por separado, comprendemos temores, dudas… penas normales en los seres humanos —sobre todo en los jóvenes—, pero a veces soslayadas en pro de realzar glorias.

Los tres tuvieron miedo y lograron vencerlo. Los tres se vieron enrolados en circunstancias que no imaginaron cuando se graduaron de Medicina; y ahora, lejos de su tierra, consiguieron imponerse.

Vivian y Degnis creyeron que el mundo se las tragaba al verse investidas con responsabilidades impensadas en el momento en que partieron de Guantánamo y Bayamo, respectivamente.

Y acaso el que sintió lo peor fue Alberto More González, quien con 25 años de edad llegó en enero de 2013 a territorio venezolano, procedente de Banes, en la provincia de Holguín.

Él sufrió lo que llaman síndrome de inadaptación, que le provocó crisis depresivas, estrés, llanto… en otras palabras: deseos terribles de regresar.

«Tuve que ir al psiquiatra. Llegué a decirles a mis padres, con dolor, que no iba a poder seguir», confiesa sin pena este muchacho, quien inicialmente fue ubicado en Caripito, una población situada a dos horas de viaje de Maturín, capital del estado de Monagas, a más de 520 kilómetros al este de Caracas. «Me atendió el doctor Ariel y después de hablarme de mil cosas me preguntó que por qué si otras personas pudieron yo no», cuenta.

Aún con aquella charla no estaba convencido, pero algo daría un vuelco al abatimiento sentimental.

¡Es urgente, doctor!

El paciente prácticamente llegó al consultorio sin vida. Jesús Brito, un compositor y cantante venezolano, había sufrido un infarto agudo de miocardio y el pronóstico no era muy favorable.

Y allí, en el modesto local que sirve para la guardia médica en Caripito, estaba Alberto, con una maraña de pensamientos en la cabeza.

«Eso fue el 10 de febrero de 2013. Logré sacarlo del paro siguiendo los procedimientos de la urgencia. Pero lo más emocionante estaba por suceder, porque me fui con él y una de sus hijas en la ambulancia para una clínica en Maturín», rememora este joven que cursó un diplomado como intensivista.

«Al llegar al Cuerpo de Guardia nos dijeron que no había especialistas y teníamos que esperar a que los localizaran. Grité que aquello era algo de vida o muerte. Entonces me dijeron que quedaba al frente del equipo e hice la traqueotomía, le coloqué el tubo y empezó la estabilización dentro de la gravedad», relata, erizándose de la cabeza a los pies.

Con aquel salvamento prodigioso, el primero de ese tipo en su corta carrera, Alberto cambió la perspectiva, comenzó a escalar en motivaciones y se dispuso a colaborar en el proceso de rehabilitación de su paciente, quien quedó inicialmente sin la capacidad de caminar.

«Desde entonces no fui el mismo. Llamé orgulloso a mi familia, les conté todo, me vi por los cielos, me motivé al máximo y comprendí mejor cuánto amo esta profesión y cuánta falta les hace a los seres humanos».

A la tercera…

Degnis Jacas Prado es, con 35 años, la «veterana» de los tres. Era la única de ellos que había cumplido misión internacionalista; estuvo en Bolivia entre 2009 y 2010, y luego tres meses en Ecuador, en sendos estudios sobre discapacidades físico-motoras.

Conoció alturas vertiginosas, pasó por zonas desérticas, vivió en temperaturas que congelan las pestañas, vio nevadas y supo de costumbres indígenas. Se sorprendió al ver a personas que se desplazaban arrastrándose o a individuos que, trabajando en la minería, perdieron ambas piernas.

Sin embargo, esta tercera experiencia en el exterior le ha trazado una línea divisoria. Vino a prestar colaboración como especialista y a los cuatro meses de estar en Caracas la designaron como coordinadora del programa de salas de rehabilitación del Distrito Capital.

De modo que desde hace más de un año tiene el encargo de supervisar y controlar en la principal ciudad venezolana a 44 centros en los que laboran 331 profesionales, entre fisioterapeutas, rehabilitadores, logopedas, podólogos, fisiatras…

«Al principio dudé, pero acepté el reto. Es un trabajo intenso y bonito, que requiere exigencia y muchísimo tiempo. Este servicio es altamente demandado en Venezuela; tiene una enorme aceptación entre la población. Solo en 2013 en el Distrito Capital fueron atendidos más de un millón de pacientes y se aplicaron más de ocho millones de técnicas», reconoce.

También aquí esta especialista en Medicina Física y Rehabilitación viviría algo insospechado: como reconocimiento a su labor fue seleccionada para atender a los peloteros cubanos que intervinieron en la Serie del Caribe, desarrollada a principios de febrero en la isla de Margarita.

«Nunca había trabajado en la rehabilitación de deportistas. La experiencia fue muy buena, estimulante. Aprendí y ayudé al mismo tiempo».

Creer en otros milagros

Vivian Gómez Romero es la más «corta» de los tres. Sin embargo, aún con esa timidez a cuestas, aceptó  desempeñarse como coordinadora del Centro de Diagnóstico Integral (CDI) ubicado en el poblado de Isnotú, en el estado de Trujillo. «Alguien tiene que hacerlo y tratar de hacerlo bien», comenta, para luego agregar que la institución más cercana de su tipo está «como a 30 kilómetros».

«Prestar servicio aquí tiene sus complejidades», señala, refiriéndose a la religiosidad del lugar, pues en ese sitio nació el 26 de octubre de 1864 el doctor José Gregorio Hernández, venerado médico, considerado un santo en toda Venezuela.

Al santuario erigido en su honor, no lejos del consultorio, acuden cada día miles de personas a pedirle milagros. Entonces, como expone Vivian, «hay que desarrollar la ciencia sin chocar con las creencias».

Para ella lo más estremecedor ha sido ver a pacientes muy devotos que llegaron ante la efigie de José Gregorio a pedir un milagro o cumplir una promesa; y después, con la misma fe, se fueron al CDI, para buscar una solución a sus padecimientos.

«Vienen muchas personas de Trujillo, pero también de Barinas, Mérida y Portuguesa; entonces la población que se debe atender supera los 11 776 habitantes de Isnotú», explica.

Esta muchacha de 29 años de edad dice que algunos pacientes, sobre todo los de más bajos ingresos, comparan a los médicos cubanos con José Gregorio, protector de los más humildes y quien brindaba sus servicios gratuitamente.

Y sentencia que dirigir este CDI ha sido algo inolvidable, por los extraordinarios profesionales que ha conocido, porque se ha probado a sí misma, por la hermosa historia de José Gregorio y especialmente por tanta gratitud reflejada en los ojos y en los corazones de miles de seres humanos.

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