Embajada de la República de Cuba en la República Bolivariana de Venezuela

Edmundo Hurtado Rayugsen | Opiniones

Comandante Che Guevara nuestro

 
“… debemos mirar con optimismo el porvenir,
¡Y buscaremos siempre en el Che
la inspiración en la lucha,… en la tenacidad,
… en la intransigencia frente al enemigo
y …en el sentimiento internacionalista!”
Fidel Castro (18 / 10 / 1967)

En el supuesto que Ernesto Guevara de la Serna, (Rosario, Argentina, 14 de junio de 1928, cuando ocurrió su primer nacimiento, / La Higuera, Bolivia, 9 de octubre de 1967) estuviese físicamente entre nosotros se estaría preparando para celebrar, el próximo año, su nonagésimo cumpleaños; y podría verificar cuanto de lo avanzado por su premonitoria visión se ha materializado dentro de nuestra realidad.

Pero su inveterada vocación de desfacedor de entuertos al servicio de los más desvalidos llevó a que el imperialismo, al que nunca dejó de combatir un instante durante su breve tránsito vital, lo asesinase vilmente un día como hoy, hace cincuenta años; cuando aún no había cumplido cuatro décadas de existencia y en el momento en que los expoliados pueblos del mundo tenían cifradas sus esperanzas de redención y justicia social en el impoluto proceder del Che.

Para pararnos ante tan augusto auditorio, acatando la orden emitida por los organizadores de este acto, en gesto que –además de honrarnos- supera nuestros modestos merecimientos; hemos pedido al Comandante Fidel Castro su guía; que ha servirnos de brújula para orientarnos en la navegación frente a tan amplio horizonte y para poder estructurar estas palabras, por ello el epígrafe con que abrimos nuestra disertación; que queremos pronunciar como un sencillo homenaje a la apasionantemente múltiple y coherente figura del Guerrillero Heroico. Hilvanación que les rogamos escuchen con indulgencia.

Cuando ha transcurrido medio siglo desde su ajusticiamiento y se cuentan por centenares los libros, ensayos, discursos y artículos sobre su mítica vida y obra, no hemos encontrado una manera simple para referirnos a tan compleja existencia. Por ejemplo, no basta con resumir las líneas maestras de su existir usando citas a propósito, para comprender al ser multivocacional en que se convirtió, y –mucho menos- al revolucionario sin dobleces; que pareció sentenciar axiomáticamente, no solo cada uno de sus pasos, sino que –inclusive- hoy creemos que labró a cincel sobre metal los aspectos vertebrales por los que la humanidad –cada día en mayor medida- guardaría incólume su memoria.

Si hiciese falta un botón para verificar el anterior aserto les propondríamos que comparáramos el temor que despertó, entre los que lo asesinaron a mansalva, con su gesto inconmovible frente al tránsito hacia la inmortalidad, avizorado en su afirmación: “En una revolución se triunfa o se muere, si ésta es verdadera”.

Su primera existencia podemos entenderla como el planteamiento de una constante lucha contra la enfermedad respiratoria, que lo aquejó desde los dos años, sin que lo obligara a claudicar frente a ella. Por el contrario, siendo muy joven se dedicó a la práctica de deportes sumamente exigentes como el futbol, y el rugby, además del golf y el ajedrez; en éste último llegó a adquirir tan notoria capacidad que se permitió enfrentar con solvencia a Grandes Maestros Internacionales; y en los dos primeros son numerosas las anécdotas de que, mientras él estaba en la cancha, siempre había un amigo que corría presto por los laterales para auxiliarlo con el inhalador que socorría sus angustiados pulmones.

Viendo esta confrontación Asma contra asmático, no creemos exagerar al decir que a través de ella comenzó a pergeñarse la recia personalidad que lo definió durante toda su vida. No menos importantes fueron sus prácticas de vuelo a vela, la pasión por pilotear aviones, que lo acompañó siempre, igual que su gusto por la navegación y la exploración de territorios, cada vez, más lejanos.

Dentro de tantos aspectos que los numerosos estudiosos de su deslumbrante tránsito encuentran durante su infancia y adolescencia como elementos premonitorios de su futuro que hacer, están los constantes viajes y desplazamientos familiares, incluso los aconsejados por el padecimiento del vástago mayor del matrimonio entre Ernesto Guevara Lynch y Celia de la Serna. Igualmente resaltan su afán de articular sus estudios con su identificación social; tendencia que radicalizaría en su etapa universitaria; así lo vemos vinculado desde su infancia con sus compañeros, sin detenerse en prejuicios clasistas o raciales.

Igual hizo con sus trabajos, cuando pensó estudiar ingeniería, se empleó en la Dirección de Vialidad de la Provincia de Córdoba y, como reconoce uno de sus jefes de entonces, se negó a realizar pactos con los estafadores de los dineros públicos.; ni siquiera para asegurarse los alimentos, que el ente estaba obligado a suministrarle. Más adelante, condicionado por la enfermedad terminal de su abuela paterna, a la que cuidó hasta sus últimos momentos, decidió matricularse en medicina (aunque algunos vinculan esta decisión con la grave afección que sufrió su señora madre),

Cuando toma esta coyuntural decisión, que lo aleja del área centro norte argentino y lo instala en la capital federal, el joven Ernesto Guevara estaba frisando los cuatro lustros vitales y había transitado un poco más de la mitad de su discurrir. Quedaría incompleta esta relación, si no apuntáramos que, anteriormente, con apenas dieciocho años y peregrinado por el norte de su país natal, comenzó a manifestar su afán por conocer nuevos territorios, convivir con sus habitantes y, sobre todo, indagar e identificarse con la problemática económico –social que los atosigaba.

Su libre transitar inicial lo condujo a recorrer más de cuatro mil quinientos kilómetros por las doce provincias aledañas. Mas tarde y sin darse un año de reposo, inicia, en compañía de su gran amigo Alberto Granado, el periplo que lo llevó desde las costas del Atlántico Sur, hasta las del Pacífico y las del Mar Caribe; desde las pampas argentinas hasta las cumbres de Machu Pichu; desde la cuenca del Río de la Plata, hasta la del Mapocho y la del Amazonas. En sus anotaciones destaca sus experiencias al constatar las duras condiciones de vida de los pobladores originarios, de los mineros y de los recluidos en los lazaretos.

Desde aquí, Venezuela, donde su compañero de viaje se quedaría trabajando en Cabo Blanco, se montaría en un avión que transportaba ganado caballar y que, haciendo escala -supuestamente de un día- en Miami, retornaría a Buenos Aires. Lo cierto es que, por averías de la nave, debió permanecer un mes en esa urbe, mientras intentaba sobrevivir con el solo dólar que tenía en los bolsillos.

Vino un tercer viaje. Luego de recibirse como Médico emprende, con Carlos Ferrer, en junio de mil novecientos cincuenta y tres, en nuevo desplazamiento que los condujo a Bolivia, Ecuador, Panamá, Costa Rica, El Salvador, Guatemala; donde ocurre su segundo nacimiento porque empieza a ser llamado “Che”; y México. Aquí se involucra en los prolegómenos de la invasión contra la dictadura que asolaba la patria de Nicolás Guillen, conoce a Fidel Castro y da inicio a la parte más motivante de su existencia. Originando, coetáneamente, su tercer nacimiento: el del revolucionario a carta cabal.

Los puntos cimeros de su incesante peregrinar los encontramos en su presencia en la Guatemala que intentaba zafarse de los tentáculos del latifundismo imperialista, donde conoció los síntomas del golpe de Estado y buscó inútilmente organizar la resistencia armada; y –sobre manera- en su cenit vivencial de la Revolución cubana, proceso que lo adoptó como hijo preclaro, le otorgó la nacionalidad cubana por nacimiento, apenas el segundo después de Máximo Gómez, (1852 – 1905), y le confío elevadas responsabilidades en las que brilló por su elevada dedicación y su proba administración. Así lo vemos naciendo por cuarta vez; esta vez como el administrador sin mácula de los recursos que se le confiaron.

Estas etapas, como sabemos, fueron sucedidas por su estancia en los territorios del África húmeda, negra y subsahariana, que luchaban contra los relíctus del inhumano colonialismo europeo, así como por sus visitas a países que se asumían vencedores del viejo flagelo como: Egipto, Argelia y China. De su constante y combativo peregrinar es imprescindible resaltar su fulgurante presencia en la Conferencia de las Américas, en Punta del Este, (1961); en el cuarenta y sieteavo aniversario de la Revolución Soviética, (1963); en la Conferencia Mundial de Comercio y Desarrollo, en Ginebra, (1964); en la decimo novena Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas, (1964); y en el Seminario Económico de Solidaridad Afroasiática, en Argel, (1965).

Esta múltiple presencia, como brillante exponente de la política exterior de la triunfante Revolución, que daba sus primeros pasos en la patria del Apóstol José Martí, hizo factible que entrara en contacto con figuras de la talla de Jawarharlal Nehru, Achmed Sukarno, Jean Paul Sartre, Simon de Beauvoir, Mao Zedong, Nikita Jrushchov, Ahmed Ben Bella, Laurent Kabila, Gamal Abdel Nasser y tantos otros.

Todos los estudiosos de la vida, acción y obra del Che están contestes en cuanto a que en ellas está indeleblemente presente la impronta imperecedera de su adorada Madre, por ejemplo; pero también destacan que en su ya definida actuación como revolucionario hubo dos figuras estelares que lo influenciaron notoriamente: Camilo Cienfuegos y Fidel Castro.

Del primero son extrapolables las expresiones de mutuo afecto y admiración, exteriorizadas; verbigracia, durante la triunfal campaña conocida como “La Invasión”, sobre las Sierras Bamburanao y Escambray, ubicadas en la céntrica Provincia de Las Villas, en la que Camilo dirigió la Columna 2, denominada “Antonio Maceo”, y el Che la 8, distinguida bajo la eponimia de “Ciro Redondo”; con tal precisión triunfal que ante su indetenible avance, materializado en la toma de Santa Clara, el 31 de diciembre, se precipitó la huida, pocas horas después, del tirano, y la entrada victoriosa de ambos a La Habana; ciudad sobre la que desarrollaron una operación tipo pinza que le permitió al habanero tomar la Ciudad Militar de Columbia, y al sureño la Fortaleza de San Carlos de La Cabaña.

Cuando Camilo murió, en 1959, el Che le dedico su invalorable “La Guerra de Guerrillas”, (1960), con sentidas palabras en las que, luego de dolerse porque aquel no pudo corregirle el trabajo que consignaba, lo identificó como:”El compañero de cien batallas, el hombre de confianza…en los momentos difíciles de la guerra y el luchador abnegado que hizo siempre del sacrificio un instrumento para templar su carácter y forjar el de la tropa…”. Esta relación guarda tal magnitud que a su primer hijo varón, nacido en 1962, lo llamó Camilo.

Su vinculación con Fidel ha sido objeto de numerosos análisis; pero de ella, que se mantuvo incólume desde 1955 hasta su partida de este plano, lo que más resalta es el sentido absoluto de identificación plena, fidelidad y disciplina con que la asumió el rosarino y la coherente correspondencia que obtuvo por parte del Comandante. Los abundantes pasajes de la misma son suficientemente conocidos, por lo que hoy debe bastarnos un somero paneo de ellos.

Se conocieron en México, cuentan testigos del primer encuentro que fue tal el impacto mutuo que la entrevista efectuada en horas de la noche duró diez horas, al final de la cual, ya con los albores del amanecer, el Che -según sus propias palabras- estaba enrolado como el médico de la futura expedición. Más adelante vino; amén del riguroso entrenamiento que avanzaron en Chalco, comunidad rural sita a unos 50 kilómetros de Ciudad de México, el hostigamiento por parte del gobierno en connivencia con la dictadura; que produjo el carcelazo durante cincuenta y siete días de Ernesto bajo burocráticos argumentos; que hicieron que Fidel, retrasando la partida del Granma, se negara a dejarlo en suelo mexicano, garantizándole: “No te abandonaré”.

Nuestro biografiado destacó, en tal medida, ese gesto del doctor Castro Ruz, para con las personas que estimaba, que, no solo se carteó con sus familiares encomiándolo, sino que escribió un poema, a propósito, para exaltar lo que llamó la lealtad fanática que el líder inspiraba. Menos de una década después (1965), en su misiva de despedida a Fidel, ratificará, con palabras de madurada reflexión, esta admiración sin par, al decirle:

“Haciendo un recuento de mi vida pasada, creo haber trabajado con suficiente honradez y dedicación para consolidar el triunfo revolucionario. Mi única falta de alguna gravedad es no haber confiado más en ti, desde los primeros momentos de la Sierra Maestra y no haber comprendido con suficiente celeridad tus cualidades de conductor y de revolucionario”.

Luego de mutar en siete los cuatro días de navegación, inicialmente previstos, para surcar entre Tuxpan y Cabo Cruz, y de padecer una tortuosa y accidentada travesía; hubieron de encallar frente a Las Coloradas; experiencia que fue resumida por Guevara quien asentó en sus anotaciones, con su habitual ironía: “no fue un desembarco, sino un naufragio”. Siendo recibidos a fuego cerrado por el ejército y la aviación del régimen. Posteriormente tuvieron que enfrentar, prácticamente inermes, el bestial ataque en Alegría de Pío, desigual combate que él calificó como “su bautismo de fuego y el inicio de la forja del ejército rebelde”.

En este sitio, nuevamente, debió tomar una decisión trascendental para su futuro; dedicarse al ejercicio de la medicina o ser soldado revolucionario. Ciertamente, teniendo que cargar con una mochila de medicamentos y una caja de balas, optó por ésta; selección que, aparte de salvarle la vida durante la contingencia de la confrontación, en la que una ráfaga –después de rebotar en aquella- lo hirió levemente en el cuello, lo convenció de cuál sería su inmediato porvenir.

La dictadura consideró que los rebeldes estaban liquidados y así lo hizo difundir por los medios que le servían. Como consecuencia de ello, su familia en Buenos Aires, creía morir de angustia ante las alarmantes noticias. Así llegó el 31 de diciembre de 1956 y todo el ambiente estaba impregnado de la profunda tristeza que les causaba el aparente ajusticiamiento del Che; de quien solo habían recibido una carta, fechada el 6 de julio y enviada desde la cárcel de la Gobernación, en la que les informaba su total incorporación a la fuerza expedicionaria. Cuenta su padre que, como a la diez de la noche un cartero, anónimo, deslizó por debajo de la puerta un sobre que contenía una hoja desglosada de una pequeña libreta de apuntes con una esquela, de la cual extractamos: “Queridos viejos; Estoy perfectamente, gasté solo dos y me quedan cinco… Teté”. ¡El Quijote contemporáneo vivía, y el mundo por construir podía albergar toda la bienaventuranza posible!

Los acontecimientos se precipitaron con rapidez inaudita. Después de los explicables descalabros iniciales, se sucedieron los combates victoriosos. El Che se encargó de dejarnos suficientes testimonios de la evolución cubierta por la confrontación; son varios los discursos, artículos de prensa, entrevistas radiales y a medios impresos en los que nos dio a conocer su versión de los envolventes años de 1957, 1958 y de la explosión de la primavera, acaecida en enero de 1959. De esta manera encontramos cómo, ya siendo el Jefe Militar de la Fortaleza, escribió un artículo para una revista, que apoyó en los primeros momentos al proceso cubano y luego se alineó con la contra revolución, en el que describió con precisión el final de la guerra.

La versión más completa y sistematizada que él nos entregó sobre esta extraordinaria epopeya, la encontramos en Pasajes de la Guerra Revolucionaria, que vio la luz 1963. Sus ciento setenta páginas abundan en narraciones de los episodios en los que él participó, dejando asentado que: “[la] limitación personal, al luchar en algún punto exacto y delimitado del mapa de Cuba durante toda la contienda, nos impidió participar en combates y acontecimientos de otros lugares:…”. La narración destaca los enfrentamientos de La Plata, Arroyo del Infierno, Altos de Espinosa, Uvero, Bueycito, El Hombrito, Mar Verde, Pino del Agua, en el que resalta la importancia estratégica de la locación y las complejidades del desarrollo de la acción, al tratarlo a lo largo de tres momentos y trece folios, que concluyen con una exhortación al Comandante en Jefe que está suscrita por todos “sus hermanos de lucha e ideales”.

También forman parte de tan apreciado trabajo sus reflexiones en torno a los momentos difíciles que vivió el movimiento, las contingencias experimentadas, los esfuerzos por instalar el temple necesario y superar las amarguras sufridas, la urgencias surgidas en la búsqueda de provisiones, pertrechos y aliados, los estragos causados por traiciones y delaciones, la lucha contra el bandidaje, la aplicación de fuertes medidas disciplinarias y los necesarios balances, durante la lucha y después del triunfo.

Al comienzo de este incunable, en el Prólogo, se nos presenta como el metódico disciplinado seguidor del pensador de Tréveris, aquel que nos instruye acerca de que nadie puede ser más duro con el ser revolucionario, como siempre se consideró el Che, que él mismo, cuando nos plantea que:

“Muchos sobrevivientes quedan…cada uno de ellos está invitado a dejar también constancia de sus recuerdos. Solo pedimos que sea estrictamente veraz…que nunca… diga algo incorrecto. Pedimos que, después de escribir algunas cuartillas en la forma…que pueda…se haga una autocrítica lo más seria posible…”

La entrada victoriosa en la consentida del Almendares ocurrió el día 3 en horas de la madrugada, y el Comandante Ernesto Guevara, de inmediato, se dirigió a cumplir las instrucciones que portaba; y tomó posesión del emplazamiento militar que le habían asignado. Su futura esposa –quien se iniciaría en esa ocasión como su Secretaria- cuenta la diferencia que encontraron entre la tropa –soldados jóvenes, desmoralizados por la derrota y desarmados-, a la que el nuevo Comandante decidió no pasar revista, y la oficialidad comprometida con la dictadura –que permanecía, con sus armas cortas, en el Club Militar- a la que ordenó terminar de desarmar y reducir. Dando inicio a su fulgurante actuación como uno de los más deslumbrantes conductores de la triunfante revolución.

El dos de junio contrae nupcias con Aleida March y –apenas diez días después- inicia una gira por lo que se conocía como las naciones del Pacto de Bandung, antecedente del Movimiento de Países no Alineados. Ya Fidel y el Che habían avizorado la importancia de este, porque en el caso de una agresión internacional ese núcleo constituía un decisivo aliado en la ONU. En esta circunstancia; de acuerdo al relato de su esposa, se pone de relieve una de sus características fundamentales: su probidad. Fue un viaje difícil, tanto por lo reciente del vínculo, como por su extensión y duración, ella le pidió que la llevara, a lo que él se negó tajantemente; posición en la que no lo hicieron cejar, ni la mediación del Comandante en Jefe ni las lágrimas vertidas. El argumento central que utilizó fue que “ella además de [mi] Secretaria era [mi] esposa, lo que le concedería un carácter de privilegio a su presencia,…que sería censurado por sus compañeros de misión, quienes no podían hacerse acompañar”.

El veintiséis de noviembre de 1959 es nombrado Presidente del Banco Nacional, este mismo año fue encargado como Jefe del Departamento de Industrialización del Instituto Nacional de la Reforma Agraria, el cuatro de marzo de 1960 ocurre el sabotaje del buque La Coubre, que estaba cargado de armas y municiones, atentado que arrojó más de cien muertos y centenares de heridos; el Che, quien se distinguió por su asistencia -como médico- a las víctimas, fue inmortalizado en el funeral de éstas por el lente de Alberto Díaz “Korda”; en octubre USA decreta el embargo y en enero de 1961 rompe las relaciones diplomáticas con Cuba.

En febrero de 1961 asume el Ministerio de Industria; del diecisiete al diecinueve de abril ocurre la invasión por Playa Girón, que es derrotada por los revolucionarios en menos de setenta y dos horas; el 4 de agosto de 1962 encabeza la delegación cubana a la Conferencia de las Américas en Punta del Este. Entre octubre y noviembre ocupa el mando militar de la Provincia de Pinar del Río durante la crisis Cuba – Unión Soviética – Estados Unidos.

Nos atrevemos a afirmar que, después de esta experiencia, puso mayor énfasis en difundir los logros de la Revolución cubana, colocando su empeño supremo en relacionarse con el “balcón afroasiático”, y –sobre manera- con aquellos países que debieron emprender su propia construcción del socialismo, partiendo desde estadios sub industrializados, lo que les hizo pagar un precio muy alto en agresiones imperialistas. Esa es, creemos, la posibilidad más expedita para explicar la agudización de su natural don del desprendimiento y su afán por identificarse con los que desarrollaban arduos combates contra el fosilizado colonialismo; vehemencia que lo llevó a renunciar formalmente a los “cargos en la dirección del partido, [al] puesto de ministro, [al] grado de comandante, [a su] condición de cubano, [y a cualquier] atadura legal con Cuba; y a dirigir sus pasos, en primera instancia(1965), al Congo, y posteriormente (1966), a Bolivia.

País éste en el que ocurrió su quinto nacimiento; cuando el imperio y sus adláteres pretendieron invisibilizarlo, como habían hecho con Patrice Lumumba, y lo que hicieron fue convertirlo en la refulgente estrella que brillará eternamente, iluminando las luchas, que por su independencia, autonomía y soberanía plena, continúan dando los pueblos del mundo.

Con la venia de los circunstantes, trataremos de concluir este ligero recorrido por la vida y obra del Che, que nos ha resultado materialmente imposible sintetizar más, trayendo a colación algunas de sus memorables actuaciones y aseveraciones; con la sola intención de reforzar –aún más- la sólida convicción que nos asiste en cuanto su creciente vigencia.

Cuando aún era un niño, de unos nueve años, comenzó la etapa más feroz de la, muy mal llamada, Guerra Civil española. Debido a la orientación política de sus padres, su hogar era asiento de encendidas sesiones de apoyo a los republicanos y a menudo fue visitado por insignes exiliados, representantes de estos. El imberbe Ernesto seguía, con la mayor atención, todas las intervenciones; y en un mapa de la península y con alfileres de colores representaba las incidencias del frente guerra, que lograba captar. Ya más crecidito se involucró con más capacidad de intervención, en la Acción Argentina; asociación que canalizaba ayudas para los aliados durante la Segunda Guerra Mundial.

Siendo adolescente se involucró en la defensa de los derechos de los obreros de la Dirección de Vialidad, pese a su condición de personal técnico, e inclusive obligó a los contratistas a repavimentar tramos carreteros fraudulentamente trabajados. Cuando era estudiante de medicina fue sometido a un exigente examen oral, durante más de hora y media, y, al comprobar la excelencia de su preparación, el jurado le colocó la calificación de “Distinguido” Durante su primer viaje por América Latina, arribaron al leprosario de San Pablo de Loreto, en el departamento de Iquitos, donde dio un trato totalmente heterodoxo a los recluidos, conviviendo sin reservas con ellos, y ganándose el afecto que todavía le guardan.

Durante su breve estadía en Caracas encontró testigos de la intervención de su padre para organizar una emisora clandestina que perifoneaba contra la satrapía venezolana, con tal éxito, que no pudieron silenciarla las radiodifusoras al servicio del régimen; las mismas que –como acotación marginal, nada ociosa, diremos- que hoy, en nuestra nación, son punta de lanza de los pregones de la denominada democracia representativa; simple mascaron de proa de la derecha internacional.

Su segundo periplo por Nuestra América tuvo un tropiezo muy grande en la patria de Miguel Ángel Asturias. Allí se identificó raigalmente con el proceso, de carácter nacionalista, que encabezaba Jacobo Árbenz y la lucha que adelantaba contra la United Fruit. Al hacerse evidente que esta transnacional estaba fraguando un golpe, en alianza con los sectores más reaccionarios de la derecha y el ejército, procuró involucrarse en una repuesta revolucionaria, pero todo fue inútil. Años más tarde, en plena Sierra Maestra, le confesó a un periodista que:”En Guatemala era necesario pelear y casi nadie peleo, era necesario resistir y casi nadie quiso hacerlo”.

El mundo incrédulo vio, una vez que triunfó la revolución cubana, a un Che que buscó –sin poses- personificar al nuevo hombre que fuese el sustento del proceso en sí. No solicitó ni aceptó gastos injustificados, ni lujos innecesarios. Era el primero en el cumplimiento de las tareas, ordinarias o extraordinarias. Donde quiera que estuviera, siempre fue como expresión del movimiento con el que se identificó de manera raigal, disciplinaria y existencialmente.

En 1964, luego de su magistral intervención en la ONU, un periodista estadounidense quiso –malintencionadamente- identificarlo como el más importante exponente de la guerra de guerrillas, ante lo que él, con mucha modestia, respondió: “Yo no soy el exponente de las guerrillas en el Hemisferio Occidental. Yo diría que ese exponente sería Fidel Castro, líder de nuestra Revolución y quien tiene el papel más importante en la dirección de la lucha revolucionaria”

En Punta del Este, 1961, luego de identificar al monopolio estadounidense sobre América Latina como el mayor responsable de las deplorables condiciones de vida en el continente y denunciar la letrinocracia como la gran propuesta de la Alianza para el Progreso; llama a las naciones a liberarse, y propone: “El pueblo que quiera ser libre, sea libre en negocios…Distribuya su negocios entre otros países igualmente fuertes”.

Siempre defendió su derecho a disentir y a ejercer la más sólida autocrítica. En la referida entrevista al canal televisivo, afirmó: “Hemos cometido grandes errores. Yo no soy el crítico. [El crítico] es Fidel Castro quien ha criticado… los errores que hemos cometido…aclarado porque los hemos cometido…y señalado como [debemos] resolverlos”.

En un artículo, ya comentado, que escribió para explicar la finalidad de la guerra revolucionaría, concluye:

”…estamos colocados en una posición en la que somos mucho más que simples factores de una nación; constituimos en este momento la esperanza de la América irredenta. Todos los ojos –los de los grandes opresores y los de los esperanzados- están fijos en nosotros: De nuestra actitud futura que presentemos, de nuestra capacidad para resolver los múltiples problemas, depende en gran medida el desarrollo de los movimientos populares de América, y cada paso que damos está vigilado por los ojos omnipresentes del gran acreedor y por los ojos optimistas de nuestros hermanos de América”.

Tal vez no sea necesario enfatizar en que hoy, como hace cincuenta y ocho años, la mirada del mundo está puesta sobre nosotros. Ayer sobre la Revolución cubana, hoy sobre la Revolución Bolivariana. El reto, para nosotros, sigue siendo el mismo. ¡Luchar, luchar, luchar!, solo así, Camaradas, como nos enseña el Che, ¡¡¡VENCEREMOS!!!

 

Muchas gracias.

 

 

Omar Hurtado Rayugsen.
Caracas, 09 de octubre de 2017.

 

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