Embajada de la República de Cuba en la República Bolivariana de Venezuela

Opiniones | Waldo Leyva

Conocer el pasado garantiza el futuro

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Mucho se ha hablado, en estas últimas semanas, sobre los nuevos rumbos que se abren para Cuba con el probable restablecimiento de relaciones entre la Isla y los Estados Unidos de Norteamérica. Diversas son las tendencias que se observan; desde la visión, un tanto ingenua, de quienes piensan que con ello se resuelven nuestros problemas, hasta la de aquellos que no ven con buenos ojos tales acontecimientos y prefieren seguir atrincherados. Creo que se inicia un nuevo capítulo para ese diálogo postergado que ha caracterizado estos más de cincuenta años. Largo y difícil periodo jalonado  de enfrentamientos que le han hecho pagar al pueblo cubano los más altos precios, y que ha privado a lo mejor del pueblo norteamericano de un contacto que debe ser natural y recíprocamente solidario. Este más de medio siglo ha servido también para poner a prueba nuestra capacidad de resistencia y para hacer más sólida nuestra voluntad de independencia. Aún para los menos avisados, el momento que se abre no significa que Estados Unidos haya renunciado a su intención de poner a Cuba bajo su esfera de influencia; es solo un cambio de táctica, una nueva estrategia. Frente a esta realidad se impone encontrar, en las reservas de nuestra identidad como pueblo, las respuestas adecuadas para que el diálogo que se avecina no socave nuestra dignidad y no nos devuelva a un estado de dependencia oprobiosa.

Los mu­chos años de escasez material, ciertas debilidades en la formación de las nuevas generaciones, la pérdida de algunos valores pueden dificultar, aunque no entorpecer, la complicada cristalización de ese diálogo, sin duda necesario para la convivencia civilizada entre ambas naciones.

Cuando hablo de dificultades en la formación de las nuevas generaciones estoy pensando en la escuela y en la familia, pero sobre todo en el aula, porque es allí donde se forma la conciencia de la nación. De los colegios salen los hombres y mujeres que llevan hoy y llevarán mañana, ese otro mañana que se anuncia distinto, las riendas de la Patria. Y tenemos que reconocer que, aunque hemos hecho bastante en ese sentido, ha habido y sigue habiendo  deficiencias en la formación de nuestros niños y jóvenes. Muchos han salido de las escuelas ignorando, de manera dolorosa, hitos significativos de nuestra cultura y nuestra historia patria. Para una gran cantidad de jóvenes y de no tan jóvenes cubanos, el pasado no existe; es una mera referencia insustancial.  Peor aún, el pasado más próximo resulta muchas veces también desconocido o epidérmicamente valorado.Y sabemos, lo digo con Luis García Montero, el poeta español, que ignorar el pasado es, de algún modo, comprometer el futuro. Solo pueden dialogar, de igual a igual, sin correr el riesgo de ser sometidos, aquellos que conocen quiénes son, de dónde vienen y cuál es la responsabilidad que tienen con su destino como individuo y con el destino del país.

Pensando en esto, en la necesidad que tienen nuestros niños y jóvenes de tocar la historia y la cultura de nuestra nación, no como algo detenido en el tiempo sino como algo vivo, como una experiencia que puede llegar a ser personal en la medida en que tengan la posibilidad de sentirla palpitando en su memoria, de reconocer que le es tan indispensable como el alimento mismo para crecer; pensando en ello, repito, y en lo importante que resulta que así sea para que nos haga más fuertes en las nuevas circunstancias, recordé de pronto un hecho que me gustaría relatar ahora. Un hecho cuya moraleja es una pregunta que encontrarán al final los que sigan leyendo. Una pregunta que, desde entonces, me duele.

Cierta mañana paseaba con unos amigos mexicanos por el sitio donde hoy se levanta la Tribuna Antimperialista. Era cerca del mediodía y el sol estaba implacable como siempre. De pronto, nos encontramos con una tarja donde se daba noticia de Henry Reeve, el Inglesito. Uno de los amigos preguntó si también los ingleses habían formado parte del ejército libertador. Intenté sacarlo de la duda contándole las hazañas de aquel joven norteamericano que, a los 19 años, se enroló en una expedición para venir a Cuba y combatir junto a las tropas mambisas que luchaban por la independencia de la Isla. Como siempre me ha apasionado la vida intensa y breve de este soldado, nacido en Brooklyn, en 1850, empecé a relatar sus proezas en la manigua cubana y hablé de su travesía en el vapor Perrit, de cómo había intentado aprender español a través de las páginas de El Quijote, del azaroso desembarco un 11 de mayo de 1869, por la península de El Ramón, en la Bahía de Nipe, de su primer encuentro con el enemigo ese mismo día; de cómo el 27 de mayo, dieciséis días después de haber pisado tierra cubana, cae prisionero  y es condenado, junto a otros combatientes, a la pena de muerte por fusilamiento en masa y ejecutado. Pero las cuatro balas que recibió en el pecho no fueron suficientes para arrebatarle la vida y evitar con ello que escribiera una de las más hermosas páginas de heroísmo en la manigua mambisa.

Mientras yo relataba con la pasión que me provoca recordar la gesta de aquellos que han fundado, con su ejemplo de vida, la Patria que nos sostiene, un grupo de chiquillos que mataperreaba por la plaza, se fue acercando y, a medida que mi pintura del Inglesito se hacía más intensa, comenzaron a sentarse a nuestro alrededor. Hablé entonces para ellos, les conté cómo después de fusilado Henry Reeve deambuló por la manigua, mal herido, hasta llegar al Mijial, un sitio de la geografía del Oriente cubano, donde encontró tropas mambisas que le curaron las heridas. Les comenté, como un secreto cómplice, que al Inglesito no le gustó como operaba esa tro­pa y pidió irse al Camagüey para encontrarse con Cés­pedes y solicitarle que lo reintegrara a las filas comandadas por Thomas Jordan con quien había arribado a Cuba. Mi relato los llevó de combate en combate, de ascenso en ascenso, de herida en herida, hasta que el Inglesito, soldado en su caballo, pasó a formar parte de las filas lideradas por Ignacio Agramonte. No sé si era la pasión que la historia provoca cuando traemos a nuestros días, para que no se nos olvide de dónde venimos, la memoria de los héroes, o si eran los ojos asombrados de los niños que seguían mi relato pero de pronto eché a volar la caballería por los llanos del Camagüey, y entre esa tropa que eternizaba el polvo de la llanura, comandada por El Mayor, iba Henry Reeve con sus diecinueve años y sus primeras cicatrices, dispuesto a  rescatar de las manos enemigas al General de Brigada, Julio Sanguily. Hablé de otros combates, de nuevas heridas como la que recibió en el abdomen durante el combate de El Carmen. Llegué, acompañado ya definitivamente de los niños, a Jimaguayú, ese fatídico 11 de mayo de 1873, día en que cayera combatiendo Ignacio Agramonte, para siempre El Mayor. Curioso juego del azar, fue también un 11 de mayo, pero dos años antes, la fecha en que arribó el Inglesito a las playas cubanas. Mientras se alejaba la mañana tracé, para los niños y también para mí, la ruta combatiente de este soldado, ya definitivamente nuestro, y lo vi pasar, junto a Máximo Gómez por la extensa geografía de la Isla al mando de una División de Caballería; lo encontré como jefe de la vanguardia, cruzando la Trocha ya con su estrella de Brigadier; recordé a aquel asombrado artillero español que le disparó con su carabina, a quemarropa, provocándole la herida que le dejó inútil la pierna. Desde entonces, para poder combatir, le fijaban con correas, la pierna a la montura.

Siete años después de su llegada, cruzado de cicatrices, con una pierna más corta e inservible, el Brigadier de 26 años, Henry Reeve, llevaba a cabo una exitosa campaña en los territorios de Matanzas y Cienfuegos. Supo que en las cercanías de Yaguarama estaba el enemigo y cargó al frente de su tropa. Era el 4 de agosto de 1876, nadie marca la hora. El combate fue desigual y el Inglesito ordenó la retirada. Mientras personalmente cubría el desplazamiento de sus soldados recibió una herida en el pecho, otra en el hombro y una más en la ingle. Con su caballo muerto y él, mal herido, rechazó la nueva cabalgadura que le ofrecía su ayudante. Sabía que era inútil, que ponía en riesgo la vida de aquel soldado leal, y le ordenó que se fuera. Se defendió solo, el machete en una mano y en la otra el revólver.

Los niños me miraban expectantes y entonces, sin dramatismo inútil, con la mayor naturalidad que pude, les dije que para evitar caer prisionero de los españoles, Henry Reeve usó la última bala de su revólver para acabar con su vida. Tenía 26 años.

Después de un silencio más prolongado de lo debido, del que participaron tanto los niños como mis amigos mexicanos, uno de los muchachos se paró y  me dijo:

—Profe ¿por qué así no nos lo cuentan en la escuela?

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