Embajada de la República de Cuba en la República Bolivariana de Venezuela

Ariel Terrero | Opiniones

Cuándo

Pocas veces un documento programático ha ofrecido tantas respuestas en tan breve espacio. Aunque se está reiterando en su debate que algún que otro sector o actividad merecería mención explícita, el Proyecto de Lineamientos de la Política Económica y Social del Partido y la Revolución plantea metas y desafíos a la nación cubana, con abundancia, síntesis y precisión simultáneas, dignas de un libro de aforismos asiáticos o de un manual militar. Pero inevitablemente genera interrogantes en proporción mayor a las propuestas que hace.

¿Cómo lograr esto o aquello? ¿Hasta dónde llegar? ¿Cuáles serán las consecuencias? ¿Cuándo se tomará una u otra decisión? ¿Cuándo saldrá el sol? ¿Cuándo? En las asambleas populares golpea, en particular, la incertidumbre ante los plazos.

El Proyecto de lineamientos define principalmente estrategias económicas: qué hacer. Los pasos y recursos tácticos para avanzar en las direcciones que finalmente apruebe el Congreso del Partido Comunista de Cuba, los irán elucubrando luego, en cada recodo del camino, los protagonistas de la economía. Es el cómo.

Más difícil es anticipar lapsos. En la introducción el documento establece el quinquenio 2011-2015 para resolver problemas severos: desde la explotación de los suelos agrícolas, las plantillas infladas y la baja productividad del trabajo, por ejemplo, hasta devolver méritos al salario. Precisa también un corto plazo para reequilibrar las finanzas y dar “respuestas a los problemas de mayor impacto inmediato en la eficiencia económica”, y un plazo más largo para soluciones que hagan sostenible el desarrollo.

En otros casos, los lineamientos son necesariamente más cautos: en el quinquenio solo se comprometen a “realizar los estudios” o avanzar hacia la eliminación de la dualidad monetaria.

Las interrogantes de los debates expresan muchas veces ansiedad de doble y opuesto signo: apuro por ver, palpar y mascar ya resultados de medidas emprendidas o anunciadas —en la agricultura o en materia de salarios, verbigracia—, y recelo frente a otros cambios, de más lenta digestión.

Después de medio siglo bajo el imperio de la bodega y el racionamiento, la piel se les eriza a muchos compatriotas cuando leen el lineamiento 162: “Implementar la eliminación ordenada de la libreta de abastecimiento, como forma de distribución normada, igualitaria y a precios subsidiados…”

Las dudas, y sobre todo las dificultades para imaginar un futuro sin la libreta, lastran el voto popular contra ella, pese a constituir un símbolo de carencias y abono del mercado negro. ¿Cómo será el consumo sin las garantías que ofrece el racionamiento?

¿Cuándo saldrá de circulación? Reiteradamente, en las asambleas brotan voces que reclaman una salida gradual, muy gradual.

En lo personal, me alegraría si desaparece mañana mismo, en tanto pienso que el entierro de la libreta ocurrirá solo como expresión de una salud económica, avances y condiciones que requerimos con urgencia: sólida ampliación en la producción y oferta de alimentos y alza rotunda de los salarios —en frecuencia con una mejoría similar de la productividad—, para que los cubanos podamos asumir la compra de la canasta básica sin la mediación de subsidios estatales.

El sistema cubano de racionamiento y subvención de alimentos protege por igual

—otra manifestación del igualitarismo paralizador— a la familia necesitada y a los ciudadanos de más ingresos; al que trabaja y al que no trabaja. Una revolución sería pasar a un mecanismo para subsidiar personas, en lugar de productos. Permitiría al Estado emplear con más puntería los onerosos gastos que hoy destina a la red de bodegas.

Por la venta de alimentos normados, el Gobierno recauda hoy solo la octava parte de los 26 mil millones de pesos del gasto total que implica. Eso significa que, sin subsidios, un consumidor adulto en la capital tendría que pagar unos 140 pesos por la cuota de un mes, en lugar de los cerca de 17 pesos que desembolsa hoy.

Si añadimos que 140 pesos constituyen alrededor de un tercio del salario medio en Cuba y la cuota actual es insuficiente para cubrir las necesidades de nutrición, entonces no puedo menos que cavilar imposible el fin de la libreta este año. El cambio hacia una distribución sin subsidios debe ir de la mano de una recuperación de la economía nacional y de transformaciones en otras áreas —la política laboral, por ejemplo— que propicien una mejoría de los salarios. Y todo eso —es una idea más del debate— tomará algún tiempo, por más que unos quieran, u otros teman, lo contrario.

www.cubaprofunda.org

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