Embajada de la República de Cuba en la República Bolivariana de Venezuela

Ivette Fernandez | Opiniones

El Apóstol no puede morir en el año de su centenario

Fidel y Martí

En una época donde los gobernantes de Cuba preferían enterrado todo ideal de soberanía, Fidel Castro sumó a lo mejor de su generación para que no dejaran morir el legado del más universal de los cubanos. La Generación del Centenario, llamada así en honor a los cien años del natalicio de José Martí, estaba decidida a continuar la lucha defendida por el Héroe Nacional de Cuba.

Tras haber sido apresado por el asalto al Cuartel Moncada en Santiago de Cuba, dicen que fue una orden dada por un militar, y no la casualidad, la que ubicó a Fidel bajo una imagen del Apóstol. Ignoraba el militar batistiano que esta fotografía pasaría a la posteridad como un símbolo, de la misma manera que desconocía el contenido profundamente martiano de aquella acción.

Así honraba al prócer cubano el programa del Moncada: “Ante la tragedia de Cuba, contemplada con calma por líderes políticos sin honra, se alza en esta hora decisiva, arrogante y potente, la juventud del Cen­tenario del Apóstol, que no mantiene otro interés como no sea el decidido anhelo de honrar con sacrificio y triunfo, el sueño irrealizado de Martí”.

Dos meses más tarde, en su alegato de autodefensa, recogido en el documento La Historia me Absolverá, mencionaría Fidel a Martí más de una veintena de veces. No solo expondría la mísera situación de muchos cubanos, también explicaría las medidas que beneficiarían al pueblo, todo ello sin olvidar los motivos que, aprendidos del Apóstol, lo conducían a velar por el bien de su país: “El verdadero hombre no mira de qué lado se vive mejor, sino de qué lado está el deber”.

Años después reconocería que: “Sin la prédica luminosa de José Martí, no se habría concebido un 26 de Julio (…) En su prédica revolucionaria estaban el fundamento moral y la legitimidad histórica de nuestra acción armada. Por eso dijimos que fue él el Autor Intelectual del 26 de Julio”.

Con calma no pudo ver Fidel ignorados los postulados del Maestro, por eso no le dejaba morir y, a partir de entonces, su resurrección fue para siempre. No lo dejaría morir ya nunca el abogado osado e impaciente.

Muchos años atrás había descubierto Fidel a Martí. Lo hizo siendo niño. “A él le debo en realidad mis sentimientos patrióticos y el concepto profundo de que Patria es humanidad. La audacia, la belleza, el valor y la ética de su pensamiento me ayudaron a convertirme en lo que creo que soy: un revolucionario”, diría.

En la cárcel, tras su condena, siguieron los postulados martianos marcando la senda de la Revolución. En aquel período, Fidel lee incansablemente la obra del Apóstol. Entre los centenares de libros que estudió durante su permanencia en el Reclusorio Nacional para Hombres de Isla de Pinos se encontraban dos tomos de las obras completas de José Martí.

Hizo bien Fidel en no olvidar al Maestro y su gesta unificadora. Por eso con éxito conminó y logró armonizar a las diferentes fuerzas revolucionarias; por eso logró articular un movimiento que dio inicio a la lucha por la liberación definitiva de Cuba; por eso no resultó fallida la naciente revolución.

Tras la insurrección armada, pronto notó Fidel lo que ya el Apóstol le había aleccionado en uno de sus mejores discursos: “El desdén del vecino formidable (…) es el peligro mayor de nuestra América”.

Ante la joven Revolución Cubana, ese desdén se hizo patente. Y en realidad donde algunos vieron una simple confrontación, fue porque no alcanzaron a ver que se trataba de una justa y descomunal defensa. En el Aniversario 150 de su natalicio, Fidel calificaría esta resistencia frente a los ataques del imperialismo yanqui como un homenaje a Martí.

“El mayor monumento de los cubanos a su memoria es haber sabido construir y defender esta trinchera, para que nadie pudiera caer con una fuerza más sobre los pueblos de América y del mundo. De él aprendimos el infinito valor y la fuerza de las ideas. (…) de él habíamos recibido, por encima de todo, los principios éticos sin los cuales no puede siquiera concebirse una revolución. De él recibimos igualmente su inspirador patriotismo y un concepto tan alto del honor y de la dignidad humana como nadie en el mundo podría habernos enseñado.”

Fidel cimentó a Martí en Cuba. Al volver su ideario el eje de su lucha, mostró lo más auténtico del patriotismo cubano, volvió una premisa la soberanía.

La Carta Magna cubana, su Constitución, pondera en primer lugar un principio martiano: “Yo quiero que la ley primera de nuestra República sea el culto de los cubanos a la dignidad plena del hombre”. He ahí el humanismo sembrado en el espíritu mismo de la Revolución. Porque para hacer de la Patria, Humanidad, como predicara Martí, debía importar a Cuba la dignidad de los seres humanos del mundo entero.

Por ello brinda Cuba su mano solidaria, y sana, y educa, y construye donde quiera que se requiera su ayuda. Es Cuba así de martiana, de humanista.

Cerca, muy cerca de Martí descansan los restos de Fidel. Ni siquiera a la hora de su muerte quiso el pupilo apartar la mirada de su maestro. Y cuando se les ve así de cerca, vuelve a resonar su voz en todos los cubanos amantes de la justicia y la soberanía.

“Parecía que el Apóstol iba a morir en el año de su centenario, que su memoria se extinguiría para siempre, ¡tanta era la afrenta! Pero vive, no ha muerto, su pueblo es fiel a su recuerdo; hay cubanos que han caído defendiendo sus doctrinas, hay jóvenes que en magnífico desagravio vinieron a morir junto a su tumba, a darle su sangre y su vida para que él siga viviendo en el alma de la Patria. ¡Cuba, qué sería de ti si hubieras dejado morir a tu Apóstol!”

Precisamente por eso, por reivindicar al Apóstol, y aun cuando tenga que ser de la misma manera en que se mantuvo vivo a Martí, Cuba no permitirá que Fidel muera.

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