Embajada de la República de Cuba en la República Bolivariana de Venezuela

Opiniones | Waldo Leyva

Festejar el triunfo de la poesía

Amigos y Amigas

Sean mis primeras palabras para dejar testimonio de mi gratitud por el reconocimiento que esta noche me otorga el CELARG y el Ministerio de Cultura de la República Bolivariana de Venezuela. Haber sido merecedor del Premio Internacional de Poesía Víctor Valera Mora es un honor que enaltece a cualquier poeta y que implica, también, un compromiso con los principios que cimentaron el surgimiento de esta prestigiosa institución y alimentaron la poesía convocante y viva del Chino Valera.

Hace algunos años, fui invitado por algunos amigos entrañables a leer en una de las salas de este Centro. Fue una experiencia inolvidable que guardo con especial cariño en mis más gratos recuerdos caraqueños. No sospechaba entonces la posible velada de esta noche, ni que aquellos versos fueran precursores de los que hoy nos reúnen para festejar, no el triunfo de un poeta, sino la vigencia de la poesía, su presencia necesaria en días donde la humanidad parece destinada a alejarse cada vez más de su verdadera esencia, empujada por la codicia de unos pocos que no solo están arruinando el paisaje natural del mundo en que vivimos, sino que pretenden devastar toda germinación del espíritu.

Recuero ahora que, cuando ya estaba en puerta este siglo XXI por el que transitamos, y convencido de que la nueva Era no sería diferente sino más voraz e irresponsable, le escribí a un amigo español reflexionando sobre la fugacidad del tiempo y le aseguraba: a lo único que no podemos renunciar es a la poesía. Esa carta la escribí en las últimas horas de una noche de agosto de 1999; dentro de unos meses, le comentaba entonces, seremos hombres de un siglo que se fue y apenas ha existido. Nosotros no nos daremos cuenta pero, en el futuro, si algún verso hemos dejado en la memoria de los otros, se nos recordará con la misma devoción con que recordamos a aquellos poetas que cargaron sobre sus hombros el tránsito de épocas anteriores.

De estas reflexiones y otros asuntos se ha alimentado mi poesía toda. Somos hombres y mujeres batallando en ese vacío laberíntico en que se ha movido la humanidad. De esa batalla han nacido nuestros sueños. En ella se ha cimentado la terquedad de nuestra esperanza. Siento a veces que vamos por el mundo como alpinistas, persiguiendo una cima que se aleja, clavando los pinchos en nuestro propio pecho. Escalamos con las uñas y, cuando estamos cerca de la luz anunciadora, volvemos a caer para reiniciar el movimiento; viejo ciclo en que todo se prolonga y se agota. Pobre del que desconozca la angustia de esas caídas y más pobre aún quien sea incapaz de levantarse y reemprender el vuelo.

Permítanme traer ante ustedes, a propósito de lo que acabo de expresar, la palabra de Lucila Velázquez, esa poeta imprescindible de Nuestra América, quien en la gestación de este Centro, en el lejano julio de 1974, dijo:

“Como artistas, como creadores, como pensadores, ustedes y nosotros estamos propuestos para una misión importante: hacer de nuestros actos de imaginación o de reflexión una conducta para los hombres, para los pueblos”.

Y el Chino Valera, desde su poesía militante, parece responder a este reclamo y nos recuerda lo temprano que fuimos “ aventados al margen de las cosas más simples”, donde se fundamentan las conquistas mayores y los riesgos más altos. Pero no importa el riesgo, nos dice el poeta, “si la muerte te señala, sigue cantando”, porque el mañana existe.

Estimados amigos y amigas: no me parece necesario confesarles que creo en la poesía, no con la fe ciega de los que desconocen y ponen en manos de alguna entidad superior el destino de sus vidas. Creo en la poesía como un alimento, como el puntal imprescindible del Ser, como la vía más completa del enriquecimiento humano, como la voz más entrañable, la poseedora de todos los registros del espíritu. Es mi sostén. Por ella y a través de ella siento que me comunico conmigo mismo, con mis semejantes, con el mundo.

Neruda nos demostró, con su obra monumental, que nada resulta extraño para la poesía, que tanto lo grandioso como lo elemental, el amor y el desamor, la política y la historia, todo es susceptible de ser expresado siempre y cuando forme parte de la sensibilidad y la experiencia vital del poeta. La poesía no está en el verso, ni en el ritmo del poema; tampoco depende de las formas estróficas o de cualquier otro soporte estructural que se use; esos no son más que medios a través de los cuales el poeta intenta atrapar lo que Guillén definió como “esa sustancia con que se amasan las estrellas”

Parafraseando a Baudelaire, puedo asegurar que la poesía es la única manifestación de las artes todas, que rebasa su forma expresiva y puede reinar prescindiendo del hecho de existir. Se ha dicho muchas veces y yo concuerdo, que un poeta no escribe sino un único poema, y ese texto solo será reconocible si posee la capacidad de trasmitir todos los tonos de su voz: desde el claro y agudo de la infancia, pasando por aquel donde cree rozar la inmortalidad, propio de la adolescencia, hasta los graves registros de un tiempo que se acaba. En ese largo e inconcluso poema uno intenta atrapar la constante obsesión que resulta el milagro de la poesía; por ello esos versos deben leerse desde las urgencias del día presente hasta el ayer más lejano, porque es la única forma en que ese día del pasado vuelva a estar aquí, a ser tocable y lo que es más importante, pueda convertirse en memoria imborrable del porvenir.

Gracias por compartir este momento, gracias por su complicidad, gracias por creer en la poesía.

* Discurso pronunciado por el poeta cubano Waldo Leyva, al recibir el Premio Internacional de Poesía Víctor Valera Mora, que otorga el Centro de Estudios Latinoamericano Rómulo Gallego (CELARG) y el Ministerio de Cultura de la República Bolivariana de Venezuela.

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