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Fidel Castro Ruz | Opiniones

El prólogo que me solicitaron

EL prologo q me solicitaron EL prologo q me solicitaron portada

El hábito de cumplir los compromisos me llevó a recordar que le había prometido a Julio Camacho Aguilera, viejo y curtido luchador, escribir un prólogo al libro elaborado por su esposa Georgina Leyva Pagán, del que se imprimiría una nueva edición para la Feria del Libro en febrero de 2014, coincidiendo con el 90 aniversario de su natalicio en marzo del presente año. Gina es una mujer valiente y consagrada.

Lo peor es que no podía alegar que en el año del 55 aniversario del triunfo de la Revolución yo estaría saturado de trabajo porque, realmente, tanto Julio como Gina, me habían solicitado el prólogo hacía muchos meses. Cuando les dije que habían transcurrido más de 60 años desde el 26 de julio de 1953, me enviaron una copia editada en 2009, es decir, 56 años después. De modo que no me quedó más remedio que contar lo que recuerdo con total lealtad.

En el propio libro se muestra que éramos un pueblo pacífico que vivía en equilibrio con la naturaleza, intercambiando armoniosamente con ella. Apenas rebasábamos la cifra de ciento veinte mil habitantes.

El astuto navegante europeo que “nos descubrió” creyó realmente que había llegado a la India. Nadie sabe cuándo tomó conciencia de su error. Pese a tener la razón en torno a su teoría sobre la redondez de la Tierra, no es difícil comprobar, por el rumbo que llevaba, que no llegaría a la India, sino a China, donde ya en aquellos tiempos conocían la pólvora, la brújula, los metales duros, y disponían de ejércitos con decenas de miles de soldados de caballería, alimentos abundantes, especies y riquezas que Europa ignoraba.

Sin duda, Colón y sus marinos europeos habrían recibido un trato exquisito en China. Sus veleros cruzaban por el norte de Cuba y no lejos del actual territorio yanki, cuando los llamados indígenas hablaron de una isla mayor situada al sur. Girando hacia el suroeste llegan a nuestra Isla, toma posesión de ella y poco después, afirma: “es la tierra más hermosa que ojos humanos vieron”.

Pero, qué tendrá que ver esto con Camacho Aguilera, se preguntarán algunos. ¡Mucho! La primera acción revolucionaria de este se produce en Guantánamo, donde los yanquis poseen una gran base naval, ocupada por la fuerza, cuatrocientos diez años más tarde, una de las zonas más importantes para el desarrollo marítimo de nuestro país y que, en la actual etapa, constituye un centro de tortura donde son hacinados ciudadanos de cualquier otra nacionalidad del mundo.

Hay que ver lo que en la actualidad se publica por las agencias de información más leídas del mundo. En ellas se pueden apreciar los gravísimos peligros que amenazan la supervivencia del género humano. Hay días que apenas hablan de otros temas.

Cuando en mi modesta lucha, como la de tantos otros jóvenes cubanos, tomé conciencia de la necesidad de un cambio radical en nuestro país, sumábamos ya más de 50 veces el número de personas que habitaban nuestra Isla, hablábamos el mismo idioma y éramos capaces de albergar sentimientos similares, aunque la mayoría no supiera leer ni escribir.

Al amanecer del 26 de julio de 1953, cuando llevamos a cabo la idea de tomar la fortaleza del Moncada y el cuartel Carlos Manuel de Céspedes en Bayamo —16 meses después del golpe de Estado que llevó a Batista al poder por segunda vez el 10 de marzo de 1952, en vísperas de unas elecciones presidenciales donde sus posibilidades de triunfo se reducían a cero—, yo no tenía la menor noticia de la existencia de Camacho; él estaba igual que otros muchos jóvenes en cualquier parte del país cansados ya de soportar pobreza, desempleo, explotación e injusticia, que contrastaba con la vida privilegiada de una minoría asociada a los propietarios extranjeros. Quien no entendiera esto no entendería absolutamente nada.

Por mi cuenta había reclutado ya más de mil jóvenes, militantes del Partido Ortodoxo, que odiaban los abusos y horrores del régimen militar de Batista, quien tras el Golpe de los Sargentos el 4 de septiembre de 1933 usurpó, como sargento taquígrafo del Estado Mayor, la rebelión de los soldados que culpaban a los oficiales de los crímenes del “machadato”.

Gerardo Machado, antiguo y casi desconocido oficial del Ejército Libertador se convirtió, en virtud de los manejos intervencionistas y las costumbres de los yankis, en presidente del país, donde impuso un régimen sangriento.

Camacho y Gina, tal vez hasta el 26 de julio de 1953, ni siquiera habían oído hablar de mí; estudiante que concluía sus estudios como alumno de la Escuela de Derecho, y vencía también casi la totalidad de otras asignaturas de Ciencias Políticas y Diplomáticas de nuestra Escuela. Mis notas habían sido satisfactorias y debía además autosostenerme. Pero al circular las noticias que se expandieron rápidamente aquel 26 de julio de 1953, Camacho hizo todo lo posible para comunicarse conmigo, ofreciéndome sus conocimientos sobre las experiencias campesinas en el “Realengo 18”, de las que Pablo de la Torriente Brau había escrito un brillante relato antes de marchar a España para combatir el golpe traidor de Francisco Franco, el más fiel servidor de la Alemania nazi al desatarse la guerra genocida y criminal contra la URSS, primer Estado multinacional y socialista del mundo.

Pablo de la Torriente Brau murió en una trinchera de primera línea que defendía uno de los frentes de la República española, donde más de mil compatriotas cubanos se afirma que participaron en aquella guerra. Yo había leído varios de sus escritos que ayudaron a forjar una conciencia política. ¡Qué falta me habría hecho hablar con un hombre como Pablo de la Torriente, de cuyo libro sobre las luchas en el “Realengo 18”, ubicado en la región de Guantánamo, extraje conocimientos tan útiles!

Nadie creería que Camacho se convirtió en un dolor de cabeza adicional.

Quiéralo o no es una historia larga, y tal vez sin ella carecería de sentido lo que aquí escribo.

Cuando el Granma llegó a Cuba con 82 hombres a bordo, donde podían viajar con cierta comodidad 12 tripulantes, había tardado dos días más de lo previsto y por ello, de puro milagro, no se hundió a lo largo de más de mil millas, por los “nortes” tempestuosos de la época; o a 10 o 12 millas de la costa por las cañoneras de la tiranía. Un combatiente nuestro había caído al agua estando de guardia, nadie sabe si por casualidad o por cansancio, nos ocupó dos horas como mínimo a fin de salvarlo. Era de los que atendían el rumbo de la embarcación. El navegante principal, uno de los oficiales de la marina con el grado de Comandante, desplazado por Batista, se había ofrecido gustoso para acompañarnos. El problema es que en ese momento crítico del desembarco se olvidó de los faros que indicaban la ruta exacta de la entrada por aquella zona llena de riesgos, en las proximidades del faro ubicado en el extremo suroeste de la antigua provincia de Oriente.

El Granma había dado ya 3 vueltas y el exmilitar estaba solicitando una cuarta cuando ya amanecía e iba a salir el sol. Le dije con evidente irritación ¿tú estás seguro de que esa es la costa de Cuba?, más para fastidiar porque evidentemente era nuestro país: “Enfila a toda máquina hacia ese punto hasta que penetre la proa en la orilla”. Hecho esto, un viejo compañero, René Rodríguez Cruz, delgado y bajito, sin carga alguna, descendió por la proa. Tras él y confiado desciendo yo con fusil en mano, canana repleta en la cintura, y mochila en la espalda que pesaba más de 60 libras, incluyendo una pistola-ametralladora con muchas balas y otras cosas esenciales, pero a medida que me movía las piernas se enterraban más y más hasta que estuve a punto de ahogarme. Pude al fin salir auxiliado por otros compañeros, con fusil, canana, cantimplora, la dotación correspondiente, y comienzo a caminar. Raúl permanece en la nave hasta extraer la última arma que traíamos como alijo y comenzamos de inmediato a marchar. Dos horas tardamos en cruzar aquellos pantanos. Lo increíble es que estábamos a unos cuantos metros de un muelle, perfectamente visible, si la embarcación hubiese hecho el recorrido correcto.

Otro serio inconveniente fue que al producirse la sublevación de Santiago, dos días antes, los compañeros de aquella heroica ciudad no hubiesen cumplido la orden estricta de comprobar nuestra llegada a la costa antes de convocar al alzamiento, como estaba acordado y reiterado a una sola persona. Batista, que tenía sus fuerzas principales de aire, mar y tierra en La Habana, dispuso así de 48 horas para trasladar sus tropas élite a la provincia de Oriente y su aviación de combate al aeropuerto de Camagüey, desde donde tardaban apenas 20 minutos en llegar a la zona de operaciones.

Exploramos la zona más próxima al lugar donde habíamos arribado y no se habían reunido todavía todos los expedicionarios; los aviones enemigos volaban rasantes en busca nuestra. Al día siguiente, mientras marchábamos hacia el Este, fui observando bien el área, era llana a lo largo de varias decenas de kilómetros, propiedad de importantes empresarios azucareros de la alta burguesía, con caña en diversos estadios de cultivo que esperaban la próxima zafra que comenzaría en febrero. La zona cultivable estaba franqueada por una amplia faja de tierra rocosa cubierta por un bosque denso y tupido donde no podía sembrarse alimento alguno. Con anterioridad, nuestros hombres se habían ya reunido y contábamos con más de 50 fusiles con mira telescópica bien ajustados.

Las tropas élite fueron enviadas directamente a la región del desembarco y lo primero que hicieron fue ocupar la línea Niquero-Pilón con varios batallones para impedir nuestro acceso a la zona occidental de la Sierra Maestra a lo largo de la costa sur de la provincia de Oriente. A pesar de eso, el cuartel de Niquero era de madera y no habría podido resistir los disparos de 82 tiradores si hubiésemos desembarcado por el muelle que mencioné.

Tres días habíamos tardado en llegar a Alegría de Pío después que nos reagrupamos. Tras el rigor de las marchas por los terrenos pantanosos, después de un largo viaje, la fuerte tensión, el escaso alimento, y evadiendo los espacios donde la aviación podría descubrirnos y atacarnos, llegamos a un punto donde ubiqué los 82 combatientes.

Estaban tan agotados algunos compañeros que imaginé no podrían descansar en aquel terreno rocoso y decidimos ubicar la tropa en un pequeño bosque, a 100 metros aproximadamente, antes de llegar a ese punto.

De haber permanecido en el lugar escogido la noche anterior habríamos fusilado la unidad militar que nos perseguía por el rastro, pero era de noche y el enemigo no se movía a esas horas; por lo que di la instrucción de que el destacamento acampara a pocos metros de aquel lugar en un pequeño bosque de tierra cultivable, bordeada por caña.

Al día siguiente no fue inspeccionada la ubicación correcta de nuestra fuerza, y las postas en la retaguardia no estaban a la distancia correcta del resto del personal que seguía descansando. Nuestros hombres comenzaban a subestimar a un adversario demasiado cauteloso. Muchos dormían plácidamente. Nos faltaban a todos los conocimientos elementales de un sargento de pelotón.

Próximo al mediodía comenzó el juego aéreo del mando enemigo. Algunos aviones de combate pasaban por encima de nosotros a 500 metros aproximadamente, pero no disparaban. A medida que avanzaba la tarde iban volando a menos altura y aumentaban el número de vuelos. Era ya cuestión de esperar una hora más y dirigirse al bosque rocoso. No disponíamos de armas antiaéreas y, en tales circunstancias, habría sido lo más correcto introducirse en el bosque antes de que el enemigo comenzara el ataque. Pero no hubo ya tiempo, el enemigo atacó por aire y tierra tan pronto que los que nos perseguían chocaron con nuestra retaguardia, provocando una gran dispersión.

Yo, que estaba tendido con el fusil en la mano y la canana con todas sus balas me moví unos 15 metros, al iniciarse el ametrallamiento por aire y tierra me desplazo por el cañaveral que está a mi izquierda, desde la dirección que tomé, y me detengo apuntando hacia delante, pero ningún soldado enemigo penetró desde aquella dirección. Algunos compañeros cruzaban rápido por mi lado sin detenerse. Reconozco a uno de ellos, traía un fusil y varias balas en los bolsillos y se queda allí conmigo. Poco después llega Faustino Pérez, no trae arma alguna, pero sí noticias sobre el Che que estaba atendiendo, como médico, a un compañero mortalmente herido y después se había reunido con Almeida. La dispersión era total.

Cuando cesaron los disparos del cañaveral nos trasladamos al bosque que estaba, como dije, a menos de 100 metros. Había visto desaparecer abruptamente el trabajo de años. Quedaba conmigo un hombre con fusil, sin canana y varias balas. Tenía la esperanza de explorar el bosque donde suponía podría encontrar un número de compañeros bien armados y de buen temple, dispuestos a continuar la lucha. No hablé una palabra y me tiré a dormir en la paja de caña.

Bien temprano tuve una amarguísima experiencia. Le explico a Faustino, que era capitán como jefe de una organización aliada, la idea de explorar el bosque y él, que no llevaba ni su fusil, me responde tranquilamente: “¡No!, yo pienso que debemos seguir por aquí donde está la caña”. En ese instante me indigné tan profundamente que casi no podía articular palabra. Él provenía del Movimiento Nacional Revolucionario del profesor Bárcenas. Percibí casi instintivamente la enorme fuerza del “espíritu pequeño burgués” que en general era alérgico al marxismo, el leninismo y el socialismo. Aunque no lo manifestaran en voz alta sus acciones previas y posteriores lo demostraban así, a tono con esa mentalidad que los yankis habían extendido por el mundo desde el triunfo de la Revolución de Octubre en Rusia, lo cual desde luego no le impedía a la pequeña burguesía oponerse al brutal golpe de Estado que era repudiado por el pueblo. Me apena decirlo porque Faustino era un hombre valiente, que se sentía feliz luchando en la clandestinidad. Cuánto aprendí al tener que tragar de un golpe aquella realidad.

Cuando tuvo lugar el movimiento de Paz Estenssoro en Bolivia, a raíz de la derrota del ejército boliviano por los mineros cargados de explosivos, y nosotros guardábamos prisión por los hechos del Moncada, Faustino se había convertido en barcenista, nombre derivado del apellido de un profesor de la Universidad, persona realmente sana, quien le había informado al profesor Agramonte, candidato sustituto de Eduardo Chibás en las elecciones presidenciales de 1942, que Batista realmente no estaba conspirando, porque todo marchaba bien entre los sargentos según sus noticias, pero desgraciadamente no tuvo en cuenta que esta vez la conspiración era con los capitanes y no con los sargentos.

Escribir la verdad siempre será una tarea amarga. Aquel mismo día, horas después de la acción enemiga en Alegría de Pío, lleno de indignación, hice lo que no debía mientras los aviones bombardeaban y ametrallaban el bosque, cuyas rocas de por sí a veces cortaban los zapatos de los caminantes como cuchillos afilados. Después que habíamos caminado tal vez una hora y media o dos, percibimos un avión civil de veinte o treinta pasajeros que daba vueltas en torno a nosotros que marchábamos a unos 600 metros del aparato por una caña recién sembrada. Años después yo, que recordaba la amarga experiencia, decidí observar desde un avión como aquel a esa distancia. Créanme si les afirmo que se veían hasta las gallinas y los pollitos caminando en las inmediaciones de las viviendas cercanas.

Aquella vez, 15 o 20 minutos más tarde, nos acercábamos a un punto situado aproximadamente a 25 metros, pero en este caso de un campo de caña quedada, alta y vigorosa, con una altura de no menos de tres metros, tras dos cayos de marabú, planta leguminosa pero espinosa y dura que es difícil de erradicar. Esta vez una avioneta de exploración daba vueltas en torno a nosotros, y en cuestión de segundos aparecieron varios aviones de combate de factura yanki, con cuatro ametralladoras calibre 50 en cada ala. Tres veces pasó la escuadrilla sobre nosotros cuando, tras cruzar el marabú, estábamos a pocos metros de la caña quedada. En cada ocasión yo llamaba a los otros dos compañeros para saber si estaban vivos o muertos.

Después del bombardeo, una avioneta ligera daba vueltas constantemente en torno a la caña donde nos ocultamos a pocos metros de la orilla y no podíamos movernos. Un sueño terrible me invadió en pocos minutos, fue entonces cuando coloqué la punta del cañón del fusil en la barbilla y en cuestión de minutos me dormí profundamente. No podía olvidar que después del Moncada, mientras amanecía, la patrulla de Sarría me había despertado con la punta de sus fusiles. ¿Tendría que soportar dos veces la misma escena? Había conocido ya aquella experiencia cuando tenía solo 26 años.

Todavía a estas horas no me explico por qué dejaron la avioneta vigilándonos y por qué sus soldados sedientos de sangre no registraron el lugar a pesar de las numerosas fuerzas que disponían.

Al penetrar en el bosque rocoso, Raúl, que era también capitán, se encontró con no pocos expedicionarios armados entre los cuales pudo reclutar 5 combatientes más, aumentando a 7 las armas, con las 2 que yo llevaba, el día que nos encontramos en Cinco Palmas. Entre los otros expedicionarios había excelentes combatientes, pero no habían logrado convencer a otros campesinos de creencias pacíficas, que por cuestiones de conciencia no podían acompañar a combatientes armados y, en tal caso, tomaron la decisión de esconder los fusiles y buscarlos después. En esas circunstancias llegaron sin armas a donde yo estaba; el enemigo se las había ocupado.

El adversario, dando por liquidada nuestra fuerza, se consagró a la búsqueda de nuestros restos en cualquier punto de la zona de combate. Sierra Maestra era el nombre del área occidental de aquella larga cordillera que se extiende al sur de la antigua provincia de Oriente, con alturas promedio aproximadas a mil metros, elevaciones de casi mil quinientos, e incluso de más de mil novecientos en el Pico Turquino. Varias de ellas se convirtieron en escenarios de emboscadas y reñidos combates entre las tropas de la tiranía y los jóvenes patriotas. Pero no era una cuestión de armas y recursos, era una batalla de ideas.

En aquel azaroso proceso, una tarde en la que el Che sufrió un fuerte ataque de asma, lo cual nos obligó a ocultarlo con la mayor seguridad posible y proseguir la marcha, arribamos a un punto en horas del mediodía donde era habitual escuchar las noticias en un radio de pilas que utilizaban comúnmente los campesinos. Ese día el general Tabernilla, viejo cómplice de Batista y Jefe de su Ejército, habló por radio tras la visita de Matthews, brillante y capaz periodista del New York Times que había reportado desde España noticias sobre la Guerra Civil. El grotesco mensaje del criminal jefe del ejército de Batista afirmaba: “Quedan doce y no les queda otra alternativa que rendirse o escaparse si es que pueden… Hay que darle candela al jarro hasta que suelte el fondo”. Se había encariñado con tal frase.

Pasé en ese instante la vista sobre los compañeros y estábamos 12 expedicionarios del Granma; ni uno más ni uno menos. El cínico general, que a pesar de su cargo nunca visitó a sus tropas en la Sierra Maestra, había dicho por azar la cifra exacta. En ese momento exclamé con fuerza: “¡Jamás intentaremos escapar y ninguno se rendirá nunca!”. Entre ellos estaban Raúl y Camilo.

Se comprenderá que no podemos olvidar que fue un privilegio y no un mérito haber vivido esta experiencia, que desentrañarla constituía una tarea ardua. Todos tenemos siempre una sed insaciable de comprender el sentido de la vida y cómo serán los tiempos venideros.

Gina, en su libro, me ayudó a recordar y comprender con más precisión el pensamiento que me impulsaba en aquellos intensos años que viví, aunque sí estoy consciente de que más que un prólogo estoy escribiendo un capítulo de la Historia de una gesta libertadora 1952-1958.

El-Comandante-de-la-Sierra-Maestra-Julio-Camacho-Aguilera-y-su-esposa-Georgina-Leyva-Pagán-durante-la-presentación-del-texto-en-el-Memorial-José-Martí-en-La-Habana.-FOTO-Marcelino-VáZQUEZ-HERNáNDEZ-AIN

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