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Opiniones | Pedro de La Hoz

La actual hora de Cuba y la responsabilidad de los intelectuales y artistas

uneac

La necesidad de promover el pen­samiento antimperialista, antianexionista y anticolonialista y, a la vez, afian­zar valores éticos y cívicos im­prescindibles para el modelo de so­ciedad a la que aspiramos se presenta como una de las misiones esenciales de la vanguardia intelectual cubana en la hora actual.

Sobre esa responsabilidad conscientemente asumida desde una perspectiva crítica debatieron los participantes en la primera sesión de un foro, convocado por la Asociación de Escritores de la Uneac, que de manera sistemática abordará en meses sucesivos la interrelación entre creación, ideología, política y sociedad.

No se trata de una agenda coyuntural, aunque desde luego tendrá en cuenta el curso de los acontecimientos y las pautas que se deriven de circunstancias puntuales. El empeño responde a una proyección de trabajo aprobada por el VIII Congreso de la Uneac que apunta a la consolidación de espacios de reflexión y debate en torno a los problemas y desa­fíos de la cultura nacional.

En las intervenciones de la jornada que reseñamos poetas, narradores, ensayistas y académicos coincidieron en destacar el contexto en que se desarrolla el intercambio: el regreso a la Patria de los luchadores antiterroristas injustamente encarcelados en prisiones norteamericanas y el anuncio del restablecimiento de relaciones diplomáticas entre Cuba y Estados Unidos.

Este último elemento implica, ob­viamente, un nuevo escenario, aun cuando se trata de solo un primer paso en lo que debe ser un proceso arduo y complejo, colmado de obstáculos, entre estos la persistencia del bloqueo, cuyo entramado legal apenas fue rozado por las medidas ejecutivas aprobadas por el presidente Oba­ma en días pasados.

Pero sin lugar a dudas el hecho de que la Casa Blanca haya admitido el fracaso de una política abierta de hostilidad, que ha transitado des­de la agresión y el aliento a planes terroristas hasta el intento de estrangular económica y financieramente a la sociedad cubana, se debe, en pri­mer lugar, a la resistencia del pueblo, la fidelidad a los principios y la vocación de victoria, y a la lúcida e inteligente conducción política del liderazgo revolucionario, encabezado por Fidel y Raúl.

Ahora bien, el cambio de política de Estados Unidos no se traduce en la renuncia de los objetivos que históricamente ha perseguido la potencia imperial con relación a Cuba. En el debate se caracterizó el cambio como un ajuste táctico destinado a cumplir por otros medios con una constante: el desmantelamiento de la Revo­lu­ción y la restauración capitalista, a partir de los argumentos que se desprenden de las propias declaraciones del presidente norteamericano y el comunicado de la Casa Blanca el mismo 17 de diciembre.

A fin de cuentas esa pretensión responde a la lógica del poder im­perial que se basa en: la imposición hegemónica y la imposibilidad de aceptar que muy cerca, en un espacio geopolítico que piensan les pertenece, haya un sistema político diferente y una manera también diferente de concebir el funcionamiento democrático, las libertades, los derechos ciudadanos y los valores culturales. No caben ingenuidades: para las élites del poder norteamericanas, la normalización de relaciones no se sustrae del intento de dominación. De modo que sería una conquista lograr, al menos, lo que un estudioso del conflicto entre nuestros dos países llamó “convivencia entre adversarios”.

En el foro fueron recordadas las palabras del presidente Raúl Castro en la clausura de la última sesión de la Asamblea Nacional del Poder Popular cuando expresó: “No debe pretenderse que para mejorar las relaciones con los Estados Unidos, Cuba renuncie a las ideas por las que ha luchado durante más de un siglo, por las que su pueblo ha derramado mucha sangre y ha corrido los mayores riesgos. Es necesario comprender que Cuba es un Estado soberano cuyo pueblo, en libre referendo para aprobar la Constitución, decidió su rumbo socialista y sistema político, económico y social. De la misma forma que nunca nos hemos propuesto que los Estados Unidos cambien su sistema político, exigiremos respeto al nuestro”. También los intelectuales hicieron suya una premisa enunciada en esa ocasión por el Jefe de Estado, válida para encarar los desafíos actuales: la prevalencia de “una conducta prudente, moderada y reflexiva, pero firme”.

Este escenario exige, de una par­te, renovadas contribuciones en el orden de las ideas, y de otra, la continuidad de un esfuerzo que abra espacios al análisis y el esclarecimiento de procesos y fenómenos que operan en la cultura y la sociedad cubana de nuestros días.

Porque, al margen de las políticas insidiosas específicamente dirigidas a Cuba, nos movemos en un contexto en el que desde la visión hegemónica capitalista se trata de imponer, a nosotros y a casi todo el resto del mundo, una escala de valores que atenta contra la diversidad cultural, la memoria histórica las identidades nacionales, la racionalidad en la utilización de los recursos naturales, y el diálogo entre iguales. Es un tipo de colonización que apuesta al adocenamiento y la pérdida de valores autóctonos.

La intelectualidad cubana está en el deber de alertar a la opinión pública acerca de las manifestaciones de sumisión colonial y deslumbramiento acrítico ante los productos de la industria cultural hegemónica que se generan en nuestro en­torno.

Tendremos que hacerlo con objetividad y creatividad, en base a razones y argumentos, despojados de retóricas inútiles y esquemas extem­poráneos, y sobre todo to­man­do en cuenta en la comunicación con las audiencias la dinámica social de estos tiempos.

Contamos con una tradición que viene del pensamiento y la ex­periencia acumulados desde la for­ja de la nación hasta nuestros días y conectada con las tradiciones revolucionarias, emancipatorias, anticolonialistas y antimperialistas de América La­tina, el Ca­ribe y otras zonas del mun­do, in­cluida la de los propios Estados Uni­dos, que debe ser reivindicada en nuestras prácticas culturales.

El compromiso de la vanguardia artística e intelectual cubana no es ajeno, por demás, a la actuación de otros sectores de la sociedad civil re­presentativa de nuestro pueblo, en la formulación de  propuestas, encaminadas a ampliar y consolidar la democracia participativa y perfeccionar el funcionamiento de  nuestro sistema socialista.

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