Embajada de la República de Cuba en la República Bolivariana de Venezuela

Ivette Fernandez | Opiniones

Mi ruta… tras Martí

La primera vez que leí Tres Héroes no sabía que era Martí quien veneraba a Bolívar. Con 8 años, la prosa del Apóstol me era difícil y tomé lo del viajero por una metáfora. Entendí, no obstante, que quien profesara tal admiración debía poseer una sensibilidad mayúscula. Cuando me preguntaron si había comprendido todo el texto, dije que sí, creyendo que de veras comprendía.

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Camino por un sendero difícil mientras recuerdo la anécdota, el mismo que recorrió Martí según dicen y me sonroja pensar que siempre encontrará la vida del Héroe Nacional de Cuba, maneras de provocarme incógnitas. ¿Pero es que no había otra ruta más fácil?, pregunto evidentemente sofocada. No existían los túneles que conectan a la Guaira con Caracas, me responden.

Claro, no existían túneles, ni carros, ni autopistas, era este el camino, me convenzo. Martí debe haber creído que después de toda esta sierra no habría ciudad que mereciera llamarse capital, pienso, pero no lo digo, sé que es una opinión nacida de mi amor por las cosas que no existían en enero de 1881. Parafraseo al Maestro para darme una lección: Cree la citadina vanidosa que toda la historia es el siglo XXI.

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Por donde empezó Martí su viaje a Caracas ahora hay cerros, personas humildes viven allí, trabajan y sueñan, miran la caravana de carros a la que llevan una década observando en estas mismas fechas. Tras una primera parada, se reanuda el viaje,  pero solo brevemente: un tronco atravesado a mitad del camino impide a mi vehículo seguir avanzando.

Sigamos a pie, dice una voz entusiasta, y su sugerencia convierte la travesía en la verdadera ruta martiana. Nubes, comenta alguien, y es cierto, la neblina nos hace parecer en las nubes. Es agotador ir siempre hacia arriba por curvas estrechas y pisando raíces y rocas. ¿Falta mucho? Recibo una sonrisa por respuesta. Falta mucho, me contesto.

Desde acá se ve el puerto, un muelle, la terminal del ferry también está allí, el que conecta a Nueva Esparta con La Guaira. Desde aquí es hermosa la vista y peligroso el paraje. Buena parte del camino se hace al borde de precipicios. ¿Sintió temor Martí como lo siento yo a ratos? “A las estrellas no se sube por caminos llanos”, murmuro, para darme ánimos.

Dijo Martí que primero calor y luego frío se sienten en la travesía, pero el clima ya no es el mismo. Un día entero estuvo en una carreta conducida por mulos, aseguran, también dicen que debió parar en las ruinas que antes fueron las paredes de la oficina de aduana, que quizás arrancó, como yo ahora, frutas de la hacienda El Guayabal. Descansó, seguro descansó a juzgar por el cansancio, en la posada La Venta. O quizá no, quizás la ansiedad por llegar no le permitió hacerlo.

Admiró la vegetación, sin duda. Forjó expectativas con respecto a su estadía en Venezuela, juzgó a sus pobladores apenas tuvo contacto con ellos, pensó en dejar constancia, como en efecto lo hizo, de sus primeras y hondas impresiones.

Un largo viaje hizo Martí. Venía de Estados Unidos, había estado por días en un barco y todavía Caracas se le resistía.

Venezuela debía despertar curiosidad, y no poca. En 1880, a juzgar por los reportes de la época, era efervescente. Antonio Guzmán Blanco, el caudillo ilustrado, estrena gobierno por segunda ocasión. El telégrafo ya se extiende por las poblaciones de Caracas, Petare, Los Teques, La Guaira, La Victoria, Maracay, Valencia, San Felipe y Puerto Cabello. Anuncian con bombos y platillos el crecimiento del principal rubro de ingresos del gobierno: “La exportación de café ronda los 700 mil sacos”. Ya en las postrimerías del año se promulga el nuevo Código Civil que suple al de 1873, y publicado al mismo tiempo que la Ley de Registro Civil.

Pero en 1881 pudo Martí leer poco sobre Venezuela. Estaba allí, podía ser él quien contara entonces. Debía ser el cronista, como lo fue antes, como lo fue después. “Quien dice Venezuela, dice América”, escribiría.

El ruido de los vehículos siendo halados por cuerdas metálicas me devuelve a la ruta. Por esa curva tan empinada no pasarán, pienso, pero lo hacen. Aún cuando algunos valientes se adelantaron, los rezagados no deberemos caminar más. La aventura se vuelve ahora más predecible, aunque no menos estimulante. Repaso el camino ya recorrido y regresa a mi mente la sabiduría martiana: “Es necesario elevarse como los montes para ser vistos de lejos”.

En auto, según dicen, pocos minutos nos faltan para alcanzar la carretera y las primeras señales de urbanización. Por la descripción de lo que queda, no me parecen tan pocos. Seguimos hasta un mirador desde el que se aprecia la anatomía de una ciudad que Martí no conoció. Sin embargo, cualquiera que hubiera sido el rostro que le viera en 1881, no le impidió calar el alma del venezolano. La tierra de Bolívar dejó noble huella en Martí y él no supo sino retribuir haciendo por ella cosas buenas.

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Nuestra próxima parada es el monumento Bolívar-Martí, próximo a un sitio conocido como La Puerta de Caracas. Allí la foto del grupo, la constancia de la hazaña de los que caminaron casi hasta allí, la evidencia de un nuevo homenaje a dos de los más grandes héroes de nuestra América.

Incluso en el siglo XXI, es dura y larga la travesía desde el puerto hasta Caracas.  Pero para el todavía veinteañero Martí, el camino tortuoso no fue más que un estímulo: “Venezuela vale bien el viaje que hay que hacer para llegar a ella”, diría.

No está anocheciendo, tampoco estamos solos frente al gran Libertador. Las similitudes de nuestra llegada con la de Martí resultaron ser otras, además del polvo que no nos hemos sacudimos. Hasta aquí, nos condujo el deseo de honrar, pero no a un prócer sino a dos. Como a Martí, nos mueve el anhelo de conocer Caracas pero, por esta ocasión, a aquella que él mismo amó. Al igual que nuestro héroe, sin pretender emularlo, estamos impelidos a sentirnos hoy, ahora, hijos dignos de Cuba y de la América toda.

 

 

 

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