Embajada de la República de Cuba en la República Bolivariana de Venezuela

Marina Menéndez | Opiniones

Nosotros, con voz propia

Un suceso inédito tendrá lugar los próximos días en este hemisferio. Los países latinoamericanos y caribeños se conformarán en un bloque sin que medien intereses hegemónicos externos. Esta vez, Estados Unidos (y también Canadá) queda fuera.

La certeza de que es preciso unirse sobre las bases que nos identifican, desde México hasta la más pequeña de las islas caribeñas, sin la presencia de aquellos más al Norte, constituye, pues, el principal denominador común y primer mérito de un conglomerado diverso en ideologías como el que se junta.

No hay duda de que el momento es distinto. Darse cuenta de la necesidad de sumar saberes y fuerzas representa ya una considerable toma de conciencia por parte de aquellos Gobiernos que no son propiamente antiimperialistas y mucho menos están, como se hubiera pensando en otro momento, «a la izquierda». Siendo su mayor riqueza, la diversidad constituye también su mayor reto.

Muchos consideran que habrá un antes y un después del día 5 de julio, cuando, se ha anunciado, quedará formalmente constituida la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC). Así remarcan la trascendencia de un bloque visto por no pocos como eje antagónico y que podría acercar el deceso de la decadente OEA: mientras la Organización de Estados Americanos surgió para atar a la región a los designios de Washington, por lo que ha sido inoperante hasta hoy para resolver sus problemas, la CELAC nace para propiciarnos caminar con nuestros pies, hablar con nuestra voz, y terminar de liberarnos. La posibilidad de actuar como uno solo, sin interferencias externas, marcaría también nuestra completa independencia.

No es poco lo que ello significa en medio de un mundo en crisis económica, ambiental y también moral, donde sigue prevaleciendo la ley de los más fuertes, como lo está demostrando la nueva guerra no declarada de Estados Unidos y Occidente contra Libia. Lo que está en juego para Latinoamérica y el Caribe no es solo su desarrollo ulterior sino incluso, tal vez, la sobrevivencia.

Aunque la actual administración estadounidense, midiendo los cambios experimentados por una región que ya no responde de manera uniforme al llamado de Washington, emplee mejores maneras y hasta haya reiterado su deseo de una «nueva relación» con sus vecinos del Sur, el planteo no ha pasado del intento de oxigenación contenido en el discurso de Barack Obama en la Cumbre de las Américas de Puerto España y, luego, en su más reciente gira latinoamericana.

Dinero para la subversión en las naciones con modelos sociopolíticos más radicales de cambio, ausencia de verdaderos proyectos de cooperación y profusión de bases militares en la zona, son algunos ejemplos demostrativos de que nada ha cambiado, y que se mantiene intacto el interés hegemónico sobre la región.

Muchas riquezas

No resultan elementos de poca monta que el conglomerado represente a 500 millones y medio de personas, apretadas o dispersas, según la zona, en un espacio de más de 20 millones de kilómetros cuadrados y que, según datos de la CEPAL, en 2010 su economía haya crecido un 6,1 por ciento a pesar de la crisis global, en tanto se espera que este año lo haga entre un 4 y un 4,5 por ciento.

Por demás, estamos hablando de un territorio rico en recursos naturales como el petróleo y el gas, que originan hoy agresiones de rapiña en otras regiones; o como el agua y la biodiversidad, consideradas, en un futuro no lejano, motivos de nuevas guerras.

Pero constreñir la trascendencia del ente que nace solo a su magnitud geográfica o sus potencialidades económicas, sería valorarlo bajo la mirada estrecha de quienes ven únicamente la integración como un suceso comercial.

Lo que más distingue a la CELAC, lo que la hará cualitativamente distinta frente a otros bloques, estará en los ámbitos social y político. En el primero, porque en el centro de los propósitos se ubica el bienestar del hombre reflejado en esas mayorías hacedoras, desde la lucha callejera, de los cambios de aire que traen a latinoamericanos y caribeños hasta este acontecimiento.

En lo político, porque por primera vez se podrán escuchar la voz y los genuinos intereses de la heterogeneidad de Estados aglutinados en ella, y continuar avanzando por derroteros que nos lleven a la real integración.

Materializar en tan amplio espectro los loables principios solidarios y de complementariedad que caracterizan a la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA), vanguardia del proceso integracionista de nuestros países, sería lo ideal para quienes apuestan por esos derroteros.

Y todo indica que no es solo un deseo. Según ha trascendido de las reuniones preparatorias que desde hace más de un año se realizan con vistas a la fundación de la CELAC, en los textos que suscribirán los jefes de Estado y de Gobierno en Caracas se incluyen, entre otros, asuntos cardinales como la lucha contra la pobreza y el analfabetismo, y proyecciones en materia de salud, cambio climático, desarrollo sostenible, protección a la biodiversidad y comercio justo, además de la necesidad de una nueva arquitectura financiera.

La integración vista únicamente desde lo comercial ha sido justamente el Talón de Aquiles de algunos de los fraccionados esquemas integracionistas por los que han transitado América Latina y el Caribe hasta hoy, aunque, de cualquier modo, estos constituyan el tejido que seguirá imbricando a muchos de sus Estados, y sobre el cual la CELAC deberá erigirse.

El MERCOSUR, originalmente fundado por Argentina, Uruguay, Brasil y Paraguay y con otros países después incorporados, ha permanecido entrampado en la imposibilidad de lograr acuerdos de peso debido a las asimetrías que originan sus distintos niveles de desarrollo, no tomados en cuenta; la Comunidad Andina de Naciones resultó golpeada en sus intereses subregionales por la firma de los Tratados de Libre Comercio que Estados Unidos logró en Colombia y en Perú, aunque el primero no esté aún en vigor; exitosas en lo comercial, la Comunidad del Caribe (CARICOM) y la Asociación de Estados del Caribe, se limitan solamente a esas islas.

Quizá el ensayo general más cercano a lo que será la CELAC esté en la UNASUR, que podría legar a la nueva entidad iniciativas indispensables para que esta ande por sí sola, tales como el Banco del Sur: ampliado, propiciaría los créditos necesarios y sin leoninos intereses que convierten en vulgar garrotero a instituciones sin prestigio como el FMI, cuyo fin último, en América Latina, ha sido la dominación política; o la ya en marcha iniciativa del SUCRE (Sistema Único de Compensación Regional), la moneda virtual gracias a la cual naciones latinoamericanas pertenecientes al ALBA ya han hecho las primeras transacciones comerciales basadas en el intercambio solidario, y sin tener que acudir al dólar.

De indudable peso que, como otras, tiene locomotora en Venezuela, PETROCARIBE es una experiencia de valor cuando se destaca la necesidad de la integración energética. «La meta —ha dicho el ministro de Energía y Petróleo de Venezuela, Rafael Ramírez— es no dejar a nadie abandonado a las leyes del mercado, con el propósito de garantizar el desarrollo socioeconómico de los pueblos».

Otro paso trascendente, que bien podría servir al conglomerado naciente, es la recién fundada Escuela de Defensa del ALBA, con sede en Santa Cruz, Bolivia. Se trata de un hito que dota a la región de su primera institución académico-militar. En el polo opuesto de la tristemente famosa Escuela de las Américas, donde los halcones yanquis enseñaron a reprimir e impusieron a los militares latinoamericanos sus tácticas intervencionistas, el centro ve la luz con una vocación de paz encaminada a salvaguardar a nuestros países de agresiones externas, y a trazar sus propias estrategias de defensa.

De Mar del Plata hasta hoy

Escasos años atrás, pocos imaginaron que un jalón como este podría tener lugar entre latinoamericanos y caribeños, al punto de convertirlos en hacedores del primer bloque geopolítico de esta naturaleza.

Hablamos de una historia reciente que no habría podido gestarse sin la derrota del Área de Libre Comercio de las Américas, el ALCA: el invento anexionista puesto sobre la mesa por Bill Clinton durante la primera Cumbre de las Américas, en Miami, en diciembre de 1994, y cuya derrota final sufrió George W. Bush en la histórica cita continental de Mar del Plata, de noviembre de 2005.

Fue una victoria estratégica sin la cual hoy América Latina sería un apéndice estadounidense, y que nos habría impedido llegar, como lo hacemos, a la CELAC.

Y claro que el ALCA no se habría derrotado sin la presencia en Mar del Plata de los Gobiernos claramente de izquierda, o sencillamente nacionalistas, llevados al poder, por los pueblos hastiados del escarnio neoliberal a que hacía 20 años los tenía sometidos ese modelo. Fue también, en alguna medida, el puntillazo final desde nuestros países a los onerosos dictados del Consenso de Washington.

A masas y liderazgos políticos en el poder, que priorizan la independencia corresponden, entonces, los primeros parabienes ante el momento trascendental que se acerca. Para muchos, el inicio en esta parte del mundo de una nueva era.

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