Embajada de la República de Cuba en la República Bolivariana de Venezuela

Armando Hart Dávalos | Opiniones

Un encuentro bolivariano y martiano

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No solamente porque su etapa culminante se iniciará el 28 de enero —aniversario 161 del natalicio de nuestro Apóstol— ni porque tendrá lugar en La Habana, la ciudad de Martí, merecerá la II Cumbre de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac) el justo calificativo de  encuentro martiano y, por tanto, también bolivariano, pues se sabe que para José Martí fue Simón Bolívar su inspirador, maestro y guía.

La Celac es mucho más: como señalara nuestro Presidente Raúl Castro, es la más importante concreción política e integracionista alcanzada por los pueblos de Nuestra América en sus 200 años de historia; es el resultado tras duras luchas y sacrificios incontables de una convergencia amplia y diversa, unida por el denominador común de la soberanía, el respeto mutuo, la amistad y la solidaridad como fundamentos de la paz, en medio de un mundo convulso donde los poderosos intentan imponerse.

La Celac ha sido la respuesta histórica de América Latina y el Caribe al viejo adagio imperial de «divide y vencerás», encarnando el lema redentor de «unir para vencer», que Hugo Chávez y Fidel Castro enarbolaron consecuentemente en los umbrales del siglo XXI.

Todo cubano, cuando llega a Caracas, no puede dejar de pensar en una anécdota aprendida en los primeros años escolares y es la historia del  compatriota suyo del siglo pasado que, al arribar en su tiempo a la capital venezolana, no preguntó dónde se dormía o descansaba, sino dónde estaba la estatua del Libertador para acudir allí a rendirle homenaje. Hablo, como ustedes saben, de José Martí.

Bolívar, Martí. Padre e hijo. Maestro y discípulo.  ¿No estará en la historia de estos dos gigantes la clave para entender la historia de América y para descubrir el camino futuro de nuestra Patria Grande?  Creo que sí, que solo situándolos juntos, colocándolos en el lugar que les corresponde, unidos, podremos adquirir la dimensión necesaria para comprender nuestros deberes de hoy y las rutas que nos abra el porvenir.

Bolívar fue la figura magnífica y sobresaliente de los años iniciales de nuestras epopeyas libertarias.  Bolívar inició en grande la vía todavía no concluida de la integración de América desde el Río Grande a la Patagonia como una sola patria. Él habló de que éramos un «pequeño género humano», él concibió de pronto, de las entrañas de la tierra americana, el perfil definitivo de nuestra utopía, de nuestra esperanza, de nuestra integración.

Martí abordó este mismo problema colosal en las postrimerías de aquella centuria. Bolívar enfrentó los problemas de su tiempo a la altura de su genio y dejó una lección imperecedera y un haz de pueblos libres.  En las tres últimas décadas del siglo pasado, había problemas distintos en cierta medida, a los que afrontaba Bolívar, aunque hay que decir que el Libertador con su genio los profetizó.  Dijo Simón Bolívar: «Los Estados Unidos parecen destinados por la providencia a plagar a América de miserias en nombre de la libertad».

Martí, décadas más tarde, encuentra que el imperialismo era  ya una realidad verdaderamente dramática; e iba a consagrar su vida, y así lo dijo de manera textual en diversas ocasiones, a la solución de este colosal problema.  En los días finales de su vida, en la inconclusa carta a su amigo mexicano Manuel Mercado,  dijo que el propósito de la guerra era evitar a tiempo que los Estados Unidos se apoderaran de Cuba, Puerto Rico y las Antillas y cayeran, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América.  Y dijo en otra oportunidad que esta dominación pondría en peligro el equilibrio —vacilante desde entonces— del mundo.

Bolívar y Martí.  Esos son nuestros profetas. El cubano se dedicó a trabajar porque esto no ocurriera pero la empresa era enorme, era tanto como evitar a tiempo el surgimiento del imperialismo norteamericano. ¿Y qué llevó a José Martí a esta concepción, a imponerse esto como deber, y a plantearse el problema en estos términos?  Lo recogemos de la historia de Cuba y de la historia de la cultura de nuestro país.

Para alcanzar ese nivel de comprensión de algo tan grave y para buscarle solución, Martí estudió con  minuciosidad las guerras por la independencia de América, los conflictos, las querellas, las contradicciones, los factores humanos que se movían, los avances, los retrocesos, la diversidad de problemas que se planteaban, los estudió con amor infinito y con un talento genial, y dentro de ello, desde luego, con la brújula del padre fundador Simón Bolívar.  Por otro lado,  la cultura que Martí recibió de sus maestros y, en especial, de Rafael María Mendive, tenía dos elementos claves desde el punto de vista político, y diríamos ético:  por una parte, en nuestro país influyeron las ideas más avanzadas de los enciclopedistas franceses, de las revoluciones europeas del siglo XVIII  y principios del XIX, de los grandes movimientos independentistas, como también, por ejemplo, el de Estados Unidos, y las ideas que podríamos sintetizar en la bien conocida expresión de la Revolución Francesa:  libertad, igualdad y fraternidad.  Esa fue una de las líneas que influyó.

Pertenezco a una generación que promovió en Cuba, hacia 1950, la lucha por la definitiva independencia de la Isla. Fue la que retomó todo el pensamiento revolucionario de Martí. Nos habíamos inspirado en la tradición latinoamericana, porque nosotros nos sentimos latinoamericanos antes de haber tenido ideas filosóficas, y antes de habernos inclinado por determinado sistema económico y político. Nosotros somos bolivarianos radicales casi desde los primeros años de nuestra vida.  Una tradición de cultura política que recogimos y está fundamentada en el principio de un humanismo para toda la población, no para una parte de ella, ni para un grupo de personas, estuvo viva en nuestro espíritu desde los tiempos más lejanos de nuestra vida.

Hoy Cuba, con estas ideas y estos sentimientos, quiere unirse cada día más a Nuestra América, con la que soñábamos desde los tiempos más lejanos de nuestra juventud, y quiere integrarse cada día más para cumplir el ideal martiano y el ideal bolivariano.  Hay que unir a estos dos hombres cada vez más estrechamente, poner un acento especial en la ética y en la moral, en las relaciones políticas, para poder enfrentar los problemas de hoy.  Porque no basta con el análisis científico de tipo económico de tal o cuál problema, debemos pensar también en la ética que suponen los derechos de todos los hombres y no de una minoría.

Martí, claramente inspirado en la herencia bolivariana, tuvo en cuenta la integración de política y ética en un proyecto que constituye, por esencia, el pilar fundamental de los desvelos cubanos de estos días.

El Héroe Nacional de la Isla concebía el bienestar popular en una real sociedad igualitaria que impidiera el predominio oligárquico, como lamentablemente sucedía en no pocos países latinoamericanos, a fines del siglo pasado. Martí, siendo un legatorio de la cultura política liberal de su época, fue, al mismo tiempo, un crítico de los modelos liberales contemporáneos a su vida. Mas no se limitó a criticar sino a contraponer un proyecto en el que actualizaba la utopía bolivariana.

Es que Martí, como Bolívar, no pertenece a un país, sino que forman parte inalienable de la cultura política y ética de toda la América Latina y el Caribe. Por eso, visto desde otro ángulo el problema, cuando se intentó segregar a Cuba del sistema latinoamericano, se le hostigó y aisló, o cuando se pretendió incluso negar su identidad y su especificidad, se trató de negar a Bolívar y a Martí. Y no se puede comprender a Nuestra América, y a Cuba incluida, en un sentido  verdaderamente moderno, sin la tradición bolivariana y  martiana.

No planteo un silogismo, sino una razón histórica objetiva. Si los gobernantes norteamericanos desean ser modernos, es decir, no quedarse en el esquema anticuado de la política de Jefferson y Monroe, lo primero sería comprender, con relación a Cuba, que el ensayo neocolonial puesto en marcha con la frustración de la independencia en 1898 y que concluyó definitivamente el 1ro. de enero de 1959, no tiene vuelta de hoja.

Este y no otro es el carácter del llamado diferendo histórico entre Estados Unidos y Cuba, y el cual solo puede resolverse, de manera útil y duradera para ambos pueblos y para la América toda, sobre el fundamento del reconocimiento real de que Cuba es un país independiente, soberano y de identidad latinoamericana y caribeña.

De este modo podrán entenderse los pueblos de Bolívar y Martí de un lado, y de Lincoln del otro. Martí escribió algo que aún hoy estremece oírlo: Dijo: «Un error en Cuba es un error en América, es un error en la humanidad moderna». Para que ese error no se consuma trabajamos los cubanos, codo a codo con los hermanos latinoamericanos y caribeños y reclamamos respeto y comprensión, tal como respetamos y comprendemos las identidades ajenas a la nuestra.

El sueño bolivariano de una América integrada y unitaria se está realizando, no es utópico, y avanza  hacia el futuro. En ese sueño, Martí es un pensamiento indispensable y un forjador esencial. Soñemos y actuemos con esa América bolivariana y martiana con los ojos abiertos de estos días definitorios, en los que se requiere derrotar todo lo que nos confunda y separe y amalgamar lo que sustantivamente nos identifique.

La Celac es parte consustancial y definitiva de esos sueños y de esas luchas.

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